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23.09.12
60° Festival de San Sebastián

60º Festival de San Sebastián – Jornada 2: Argo / El Muerto y ser Feliz

Ben Affleck y Alan Arkin en conferencia de prensa del film Argo

Cobertura exclusiva desde San Sebastián, por David Garrido Bazán

El sorprendente talento de Ben Affleck y la provocación de Javier Rebollo

Argo: Mezclando géneros

Con Desapareció una Noche (Gone Baby Gone) y Atracción Peligrosa (The Town), Ben Affleck demostró sobradamente a los numerosos detractores de su faceta interpretativa que tiene por delante una carrera mucho más interesante como director: tiene buen ojo para elegir sus historias, buen dominio del pulso narrativo, sabe mucho de elegir un buen casting y cómo dirigirlo y lo que es más importante, va revelando poco a poco un cierto estilo autoral que le permite asumir nuevos riesgos con cada nueva proyecto que afronta. Siempre me ha parecido un tipo inteligente (y mejor actor de lo que la gente cree: basta ver sus trabajos en títulos tan dispares como Chasing Amy o Hollywoodland) y la película que ha proyectado aquí fuera de concurso, Argo, viene de nuevo a confirmarlo.

Argo es una de esas a menudo temibles historias que comienzan con el rótulo “Basado en Hechos Reales” que hace que uno sienta ganas de salir por la puerta antes aun de que empiece. Pero en este caso en concreto la cosa tiene su miga: durante la crisis de los rehenes norteamericanos en la embajada de EEUU en Irán – ya saben, aquella cosa que duró más de un año y medio y se llevó por el camino la presidencia de Jimmy Carter – hubo un hecho poco conocido hasta que Clinton desclasificó la historia: seis trabajadores de la embajada consiguieron escapar antes de que cayera en manos de los iraníes y se refugiaron varias semanas en la Embajada de Canadá… hasta que un especialista en rescates acudió a Teherán para tratar de conseguir que salieran del país islámico con identidades falsas. La gracia de la historia es que las identidades falsas eran un grupo de rodaje que buscaba localizaciones en Irán para rodar allí una exótica superproducción de Hollywood de ciencia ficción.

Si, yo pienso lo mismo que ustedes: menuda locura ¿no? Pues por extravagante que pueda sonar, esta historia sucedió de verdad y Affleck la ha llevado a la pantalla haciendo gala de un innegable crecimiento como director. Puede que no sea una película mejor que su impactante debut, pero de lo que no cabe la más mínima duda es que Argo es una obra sumamente arriesgada que planteaba una serie de problemas de los que Affleck, gracias en parte a un estupendo guión de Chris Terrio y en parte a su habilidad como director, ha sabido salir indemne. Para empezar no resulta nada fácil mezclar géneros y que la película no se desequilibre en un sentido o en otro. Argo comienza recreando con brillantez la época y los hechos conocidos (la toma de la embajada por la turba de islamistas enfadados) con generosas dosis de tensión y un buen sentido del pulso narrativo. Es cuando la película se centra en los seis refugiados y en el plan para sacarles de allí cuando entra en un giro interesante:  nos habla sobre la capacidad de Hollywood para generar  esa tapadera, o sea, las mentiras y sueños que vendernos a todos. Y de la conciencia de los veteranos del negocio sobre cómo hay que hacer estas cosas. Unos inconmensurables Alan Arkin y John Goodman se adueñan entonces de la función y lo que hasta entonces era un thriller político setentero se convierte en una cínica y socarrona visión de Hollywood con multitud de impagables líneas de diálogo afiladas como una cuchilla. Affleck se mueve con soltura entre ambos géneros y cuando vuelve de nuevo a Irán, al suspense y al drama, lo hace con una naturalidad desconcertante.

Argo es una película inteligente y muy bien construida. Tiene algunos excesos en la parte final que afean el conjunto pero que uno puede soslayar como parte del juego que está proponiendo y lo cierto es que en términos generales deja un muy buen sabor de boca pese a que se eche en falta una más profunda construcción de algunos personajes. Pero no deja de seguir siendo sorprendente la habilidad del extraño señor Affleck para desconcertar a sus detractores: se le pueden poner pegas, pero éste es un tipo que sabe muy bien lo que se hace.

El caso de Javier Rebollo es parecido pero muy distinto. Responsable de títulos encumbrados en San Sebastián como Lo Que Sé de Lola o La Mujer Sin Piano, Rebollo pertenece, como Jaime Rosales, Pedro Aguilera o Isaki Lacuesta entre otros, a ese tipo de directores que experimentan con el lenguaje narrativo y fuerzan los límites de la representación consiguiendo por un lado que los festivales y los críticos más sesudos les adoren y por otro que la mayor parte del público no entienda nada de lo que hacen y les dé la espalda. Unas veces con razón y otras sin ella. Son esos autores (así con negrita y subrayado) que gritan desde la pantalla que lo son – o que aspiran a serlo, aun por la via más dura – para los que el clasicismo narrativo es poco menos que un anatema y que provocan encendidas polémicas entre defensores y detractores allá por donde pasan.

Me parecen saludables muy necesarios este tipo de autores para el cine español, lo he escrito en varias ocasiones – véase en esta misma revista mi reseña de Los Pasos Dobles, la sorprendente Concha de Oro del pasado año y toda la polémica que desató – y eso a pesar de que hay muchas, demasiadas ocasiones en las que estos experimentos me crispen los nervios y me provoquen ganas de gritarle a la pantalla. Pero entiendo igualmente que hay una parte de provocación en estos trabajos, un nada disimulado intento de epatar que, intuyo, seguro que a más de uno de estos autores les lleva a descojonarse en la intimidad de su casa con los intentos de interpretación y encendidos elogios que le dedican sus propios apologetas.

Dicho esto, El Muerto y Ser Feliz, extraña historia en la que Pepe Sacristán interpreta a un asesino que ya es incapaz de matar más que, a punto de fallecer por un cáncer inoperable se embarca en un extraño viaje a ninguna parte por la Argentina profunda en compañía de una mujer, Roxana Blanco, que también carga con sus propios problemas me pareció una película fallida y a ratos exasperante, pero que también contiene algunos destellos brillantes no solo en el terreno de ese humor surrealista y un punto absurdo que caracteriza a Rebollo, sino a nivel narrativo. La película es dominada por una omnipresente voz en off que, como si de una obra patrocinada por la ONCE (Organización Nacional de Ciegos) se tratara, va describiendo al espectador no solo los pensamientos de los personajes sino anticipando a veces aquello que va a suceder. Que luego vemos. No es nada nuevo. De hecho, Elisa K llevó a cabo un experimento narrativo muy similar aquí en Donostia hace unos años. Pero sigue siendo igual de desconcertante. Y las más de las veces, innecesario.

Uno puede quedarse con los buenos trabajos interpretativos (Sacristán y Blanco cumplen con lo que se espera de ellos incluso con cierto entusiasmo), con puntuales momentos de humor, con algún toque curioso que emparenta la peli con algunos otros insignes directores de la cuadra del productor Luis Miñarro (ojo a ese momento Apichatpong casi al final del relato) o con las reiteradas apariciones del crítico Jorge Jellinek (¿recuerdan La Vida Útil?) como un guiño cinéfilo, en general el resultado deja bastante que desear, uno se remueve en el asiento incómodo, se aburre de tanta reiteración inútil y de tanta impostura. Insisto: este cine también me parece necesario y fundamental para el cine español. Solo que a veces me parece un auténtico coñazo.

Argo


El Muerto y ser Feliz

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