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26.09.12
60° Festival de San Sebastián

60º Festival de San Sebastián – Jornada 3: Dans la Maison / El Artista y la Modelo

Cobertura exclusiva desde San Sebastián, por David Garrido Bazán

Que a François Ozon es un tipo al que le gustan los juegos es algo que ha quedado sobradamente demostrado a lo largo de su desigual filmografía. Tanto si se trata de experimentar hasta desdibujarlas con las fronteras de los géneros como de desconcertar al espectador con diversos juegos de espejos, Ozon es uno de esos directores que se complace en jugar al despiste: tan pronto ves una obra suya que te parece una maravilla como te resulta absolutamente indiferente e impropia de un tipo de su talento la siguiente. Como si estuvieran hechas por tipos diferentes o por un esquizofrénico brillante que a ratos se olvidara de tomar su medicación.

Por suerte para todos, en San Sebastián nos ha tocado disfrutar del mejor Ozon que hemos tenido en años y acaso el mejor de toda su filmografía. Dans La Maison es una obra brillante que aprovecha con muchísima habilidad un punto de partida no especialmente novedoso: un profesor de literatura descubre entre la pandilla de lerdos adolescentes incapaces de escribir dos frases seguidas inteligibles – al parecer en los institutos de Francia también abundan en estos especímenes y no solo en los nuestros – a un joven singular capaz, con la sola fuerza de sus palabras, de construir una narración absorbente y altamente adictiva sobre su proceso de intrusión, aparentemente real, en la familia típicamente de clase media de uno de sus compañeros de clase, que ejerce sobre el aspirante a escritor una fascinación que tiene mucho que ver con sus propias carencias por un lado y con el deseo que le inspira una Emmanuelle Seigneur convertida aquí en toda una MILF de lo más deseable. Como si se tratara del joven de Teorema – Ozon, consciente del parecido, hasta se permite un gag sobre el tema  – el escritorzuelo en ciernes alimenta el interés de su profesor de literatura (un Fabrice Luchini que no puede estar mejor) y el de su aburrida esposa (Kristin Scott Thomas, tan bien como acostumbra) mientras narra por capítulos esa intrusión en vidas ajenas.

Lo mejor de Dans La Maison no es el planteamiento, que ya de por sí da para bastante juego, sino la forma en la que Ozon construye su relato: consciente del poder de fascinación y evocación que tiene la ficción, ya sea con palabras o imágenes, su película navega de forma continua entre varios planos, con una voz en off omnipresente pero que lejor de perturbar lo más mínimo funciona a la perfección y unos protagonistas que saltan como acróbatas por el interior del relato, entrando y saliendo de él como si de personajes del mismo se trataran… que en el fondo es lo que vienen a ser, hasta culminar un juego entre realidad y ficción de lo más suculento. Ozon trufa su relato de soluciones imaginativas de puesta en escena y lo vitaminiza con un guión inteligentísimo capaz de hacerte reír a carcajadas con el comportamiento obsesivo de sus criaturas, que van de lo profundo a lo ridículo con una facilidad pasmosa.

No hay que dejarse engañar por la aparente, solo aparente, ligereza de la propuesta. Ozon tira con bala y lleva casi a las últimas consecuencias el juego de representación y los distintos intercambios de roles que se van sucediendo en el carrusel del último tramo hasta desembocar en una resolución quizás inesperada pero, como bien argumenta la propia película, la que tenía que ser justo para ese tipo de película. Continuará, si el Jurado lo permite, en el Palmarés.

Si una película como Dans La Maison, francesa pero basada libremente en una novela del español Juan Mayorga, resulta algo difícil de imaginar en el contexto del cine español, a la última película de Fernando Trueba, El Artista y la Modelo, le pasa justo lo contrario: será una producción española, pero de tan francesa que parece, ni siquiera llama la atención especialmente que esté hablada en su mayor parte en francés. Ésta se la van a apropiar nuestros vecinos con mayor rapidez y presteza aun si cabe que una de Almodóvar. Bromas aparte, lo cierto es que esta película que reflexiona sobre el poder de fascinación de la belleza, la necesidad de encontrar una idea, el proceso de atrapar esa inspiración huidiza y convertirla en algo físico y tangible, sobre la naturaleza misma del arte y, en fin, el tortuoso acto de crear es con mucho lo mejor que ha rodado Trueba en muchos años.

Cuenta con varias armas muy poderosas el director para hacer de su película un obra de lo más disfrutable. En primer lugar tiene a su disposición, entregada con la misma fruición que su personaje, generosa en su desnudez física y emocional, a una actriz estupenda en el que quizás sea el mejor trabajo de su aún corta carrera, Aida Folch. Sobre ella, o mejor dicho sobre la hermosa rotundidad de sus formas y el deseo y la fascinación que su belleza supone para el viejo artista – y para el espectador de paso – construye Trueba una película de premisa sencilla pero infinita capacidad de sugerencia. Acompañamos al escultor en su viaje tal y como hemos hecho otras veces de la mano de Rivette o de Erice, paso a paso, despacio, paladeando cada etapa del proceso, delectándonos con las pequeñas cosas, con cada nueva conquista, con cada nuevo aprendizaje. Consigue Trueba que nos impliquemos del todo, casi que creamos que podemos crear junto al artista en sus últimos días al que encarna con notable convicción Jean Rochefort, tan absorto en la contemplación de la belleza de Folch como en su momento lo estuvo de la de Anna Galiena.

Cuando la película alcanza su punto máximo de sugerencia, cuando la conexión entre artista y modelo pasa de la fascinación incluso a un deseo incapaz de verse satisfecho – no se pierdan la maravillosa forma en la que Trueba narra ese momento, de una delicadeza y una sensibilidad a prueba de cualquier ramalazo de cursilería – el espectador no puede sino sentir un estremecimiento quizás cercano al que experimentan en su complicidad artista y modelo, modelo y artista, unidos de una forma quizás mucho más sólida que en otras relaciones más tradicionales

Por eso es una lástima que Trueba no depure aun su película y la libere de todo aquello que lastra su genialidad. En cuanto su obra sale del reducido espacio y universo de creación que componen artista y modelo, la película se pierde y pierde gran parte de su fuerza. A uno no le interesan nada las cuitas de los maquis, las inquietudes sentimentales, el coronel alemán que se pasea por allí, los niños en sus paseos con el cura, las chanzas de Chus lampreave o incluso si me apuran, la comprensión infinita de una recuperada Claudia Cardinale a la que Trueba rinde aquí hermoso homenaje. Lo único que el espectador quiere en todo momento es volver a ser voyeur privilegiado de ese universo, participar sin ser visto todo el proceso de creación y sentirse parte de él. Cuando salimos fuera solo añoramos volver a ese espacio donde de la mano firme de Trueba, Rochefort y Folch, Aida y Jean, crean y recrean el arte como forma de embellecer la vida. Todo lo demás es accesorio.

Dans la Maison


El Artista y la Modelo

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