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26.09.12
60° Festival de San Sebastián

60º Festival de San Sebastián – Jornada 4: Foxfire / Venuto al Mondo

Cobertura exclusiva desde San Sebastián, por David Garrido Bazán

Foxfire

Cantet Lost in Translation

En todos los festivales del cine existe el temido “día tonto”, esa jornada en la que de repente todo parece conjurarse para que las cosas salgan al revés, bien porque tienes cualquier retraso o súbito cambio de planes que destroza el delicado trabajo de ingeniería que traes estudiado de antemano para aprovechar mejor el tiempo ajeno a tu voluntad o bien porque lo que hasta ese momento estaba siendo una Sección Oficial a Competición modélica vuelve a los niveles que estamos acostumbrados. O sea, normal tirando a regulero. Esa temida jornada la hemos sufrido hoy en San Sebastián.

Y eso que la mañana se presentaba bien con Laurent Cantet. Al fin y al cabo, estamos hablando del mismo director que nos ha regalado en el pasado joyas como Recursos Humanos, El Empleo del Tiempo o La Clase (Entre Les Murs). A un tipo así conviene tomárselo en serio. Empieza Foxfire y primera sorpresa: no estamos en Francia sino en los EE.UU. de los años 50. Vale. Vemos que Cantet sigue a un grupo de adolescentes perseguidas, vejadas y menospreciadas por los varones, ya sean de su misma edad o adultos, con las consiguientes lógicas dosis de frustración y enfado por parte de las chicas. Ok. Las chicas se organizan en una especie de sociedad secreta para apoyarse entre ellas y cobrarse su venganza contra aquellos que las humillan. Bueno, dale. Pero la cosa se les va de las manos pronto: delitos menores, robos, independencia más o menos conseguida en una casa refugio, apuros económicos e inevitable escalada en los delitos para sobrevivir pervirtiendo por el camino el bonito sueño con el que todo empezó. Menos bien. De hecho, bastante mal.

Los problemas de Foxfire son varios. Para empezar es una película demasiado impersonal y más tratándose de un tipo que ha dado sobradas muestras en el pasado de todo lo contrario. Se transmite al espectador una cierta desgana, no sé muy bien si por el inevitable desconocimiento cultural de Cantet al reflejar una época y un país que no son los suyos o si por un problema estructural de guión: las chicas están bien en sus respectivos roles – en especial la líder Legs que encarna la prometedora Raven Adamson – pero algo falla en cuanto a la forma en la que se desarrolla la historia. Hay cabos sueltos, detalles que se te escapan, fallas en la profundidad de algunos personajes secundarios que los reducen a meras pinceladas. Cantet se embelesa tanto con sus chicas y su lucha que pierde pie y de repente comete un pecado imperdonable: se vuelve maniqueo. Como si quisiera de un plumazo compensar toda la misoginia no solo de aquella sociedad sino del mundo entero: no hay personajes masculinos y si los hay todos ellos son trazados desde un punto de vista casi exclusivamente maniqueo. Algo no encaja.

Cantet, eso sí, se esfuerza por trazar una fina metáfora entre el funcionamiento interno de ese grupo secreto de chicas y los totalitarismos a los que conduce el abuso de poder y el culto a la personalidad. Por ahí la cosa tiene su gracia, en esa leve lectura política. Sobre todo cuando, en un detalle que no creo nada casual, el empresario al que deciden secuestrar para sacar una pasta por el rescate resulta clavadito al candidato republicano Mitt Romney. Foxfire se convierte así en una banal y algo aburrida reflexión sobre lo imposible que resulta preservar la inocencia de algunas ideas. Termina la proyección y la pregunta sigue ahí, flotando en el aire como en uno de esos globitos de cómic ¿Qué diablos pinta Cantet en esta película?

Venuto al Mondo

El melodramón y la pelea de Pe

En cualquier caso el resbalón de Cantet parecía casi una obra notable comparado con lo que nos hizo sufrir Sergio Castellito en el segundo plato del día, el melodrama Venuto Al Mondo (Volver a Nacer en España) al servicio de otra de las estrellas rutilantes que nos ha traido Rebordinos en este año, Penélope Cruz. Tiene un extraño fetichismo este Castellito con Pe, a la que ya afeó sobremanera en No Te Muevas para extraer de ella una poderosa interpretación en el que su rotundo físico no distrajera que le valió a la actriz un premio David de Donatello en el 2004. Aquella película, con sus idas y venidas del presente al pasado y el dramón algo culebrero de la relación entre Castellito y Cruz tenía su punto de interés, aunque se movía al borde del precipicio por cierta tendencia al exceso lacrimógeno que no siempre evitaba. En esta ocasión Castellito no se anda con disimulos: vuelve a afear sobremanera a su estrella – personalmente estoy bastante convencido que Pe no lucirá así de mal en su madurez – y se lanza en tromba por la pendiente del melodrama más desaforado con una historia sobre la maternidad (o lo desquiciante que puede llegar a ser para alguien empeñado en vivirla a toda costa y que se ve imposibilitada por la naturaleza para ello) encuadrada con calzador y con referencias algo sonrojantes por lo pueriles a la guerra de Bosnia y un baile de personajes, parejas, madres de alquiler, relaciones difíciles entre padres e hijos y algún que otro secreto en el armario que convierten a la mezcla en uno de esos experimentos culinarios que todos hemos llevado a cabo mezclando ingredientes cuando nos hemos visto solos y enfrentados al reto de cocinar un plato por vez primera: algo no solo indigerible sino también indigesto.

La pobre Pe hace lo que puede y se pelea contra todos en defensa de su personaje: contra su director Castellito que además de no saber guiarla la deja completamente desvalida con un guión imposible de salvar, contra el optimismo desaforado de su pareja de baile, un Emile Hirsch que se pasa la mayor parte de la película con tal sobredosis de optimismo y buen rollo que uno siente unas tentaciones irrefrenables de darle una paliza o pegarle un tiro, contra las dificultades de ir saltando en el tiempo de vieja a joven y de joven a vieja sin que el departamento de maquillaje y peluquería justifique el sueldo que han cobrado, frente al mismísimo hijo de Castellito al que le han plantado delante como su hijo adolescente en la ficción para ver quién de ellos grita más al espectador, frente, en fin, a una resolución repleta de diálogos surrealistas  y piruetas imposibles que, llegado ya un punto, provocaron lo peor que le puede pasar a un melodramón de estas características, que no es otra cosa que la gente se lo tome a coña y se ría abiertamente de ella. El detonante fue una desafortunada referencia a Nirvana (“¿Todavía escuchas a Nirvana?” “Kurt Cobain está muerto ¿por qué tu no?”) a partir de la cual se abrió un grifo que ya pudo volver a cerrarse hasta el final.

Uno entiende que los festivales tengan que pagar determinados peajes para traer algunas estrellas a los festivales. Ahí está sin ir más lejos el ejemplo de Julia Roberts el año pasado y ese bodrio insufrible llamado Caga, Blasfema y Folla (¿no era así el título? Pues debería haberlo sido) que fue la excusa para pasearla por el Kursaal. Pero si has de hacer esas cosas por lo menos ten la decencia de no poner a semejante película a competición, hombre por Dios. Que uno no entiende muy bien que hace este espanto bajando la media general de la sección de Competencia máxime cuando alguna película mucho más estimable como Argo de Ben Affleck está fuera de concurso. “No es culpa de Penelope” gritó Castellito en rueda de prensa  ”Toda la culpa es mía” Pues sí y no. Porque Castellito tiene más delito, si se me perdona el fácil juego de palabras y es verdad que Pe se deja tanto la piel por su personaje, que a ratos parece algo sobreactuada, uno diría que por desesperación. Pero no es menos cierto que la peli es insalvable desde el imposible guión que la sustenta. Y no olvidemos que Pe produce. De esas cosas hay que darse cuenta.

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