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25.05.13
66° Festival de Cannes

66° Festival de Cannes – Diario N°5

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Cobertura
exclusiva desde Cannes por Cecilia Martinez

Martes
21 de mayo

SELECCIÓN OFICIAL:

Only God
Forgives
, de Nicolas Winding Refn

Nicolas Winding Refn casi lo
hizo de nuevo. Con Drive logró
engatusarnos -a algunos-, pero con Only
God Forgives
derrapa de manera vergonzosa.

Una trama carente de todo
tipo de estructura narrativa y desarrollo de personajes. El único objetivo, el
máximo propósito del cine de Winding Refn es la estilización absoluta e inútil
de la violencia; no busquen más porque no van a encontrar nada. En Drive, por lo menos, había una historia
de amor, personajes que interactuaban, un hilo narrativo. En Only God Forgives no hay nada, solo
venganzas y más venganzas, muy estilizadas. Acá no hay una historia que contar;
la historia está relegada a un segundo plano en pos de la estética.

Y, dado que no hay historia,
los personajes son títeres, como Ryan Gosling, una especie de muñeco que solo
recibe insultos y trompadas, al igual que Kristin Scott Thomas.

Nuevamente, el uso de la música
extradiegética es desmedido, pero en este caso ni siquiera llega a manipular al
espectador, porque resulta tan exagerada que le quita todo efecto dramático. La
iluminación excesivamente rojiza también contribuye con esta sensación de que
lo que estamos viendo es, en realidad, tremendo bluff. Y ni hablar de los
ralentis constantes, las miradas con expresión de solemnidad asquerosa, los
primeros planos y los planos generales, los planos fijos, todo con música
electrónica característica del cineasta, efectos sonoros exagerados al extremo
y esa estética berreta de colores y fondos estridentes. También están los
pasillos, los eternos pasillos que comprimen la acción y que parecieran traducir
el estilo de la película: llano y obtuso.

Nada que rescatar del último
film de Winding Refn.

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UN CERTAIN REGARD

En Competencia:

Miele, de Valeria Golino

La actriz italiana
Valeria Golino nos trae la historia de una joven cuya profesión es practicar
eutanasia a enfermos terminales, ocupación devenida en ritual para ella, y es así
como la practica, con pautas estrictas (no acepta como clientes a los suicidas,
por ejemplo) y pasos que involucran música de fondo, determinado vocabulario,
cierto tipo de contención hacia el paciente y, por supuesto, los psicofármacos
correspondientes.

Miele (su nickname profesional) es una chica
solitaria, que no comparte con nadie lo que hace de su vida, recluida, tímida,
no del todo satisfecha con su vida.

Pero todo cambia
cuando conoce a un hombre que requiere sus servicios pero que goza de perfecta
salud; según él, no solo los que tienen el cuerpo enfermo tienen derecho a
elegir cuándo morir, los que tienen la mente enferma también deberían poder hacerlo.
Y así, crece entre ambos una relación un tanto particular que, por supuesto, como
siempre ocurre en estos casos, los modificará, y ya no serán los mismos que al principio.

El acento de la
narración no está puesto tanto en la práctica de la eutanasia en sí misma y la
mirada social sobre el tema –como si ocurría, por ejemplo, en You Don’t Know Jack– sino más bien en
la lucha interna de Miele, defensora activista de la eutanasia pero con
cuestionamientos ético-morales propios que se van acrecentando conforme avanza
el metraje.

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