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13.09.12
69° Festival de Venecia

69° Festival de Venecia – Balance Final

Ya concluida la 69º Mostra Internazionale d’Arte Cinematográfica de Venecia, y con la cabeza un poco más fría luego de la vorágine de películas y conferencias de prensa afrontadas en menos de diez días, es momento de realizar el correspondiente balance.

La primera sensación que deja el festival es de austeridad. Austeridad que se hizo patente en la cantidad de películas exhibidas (ya comentamos en la primera de las crónicas la importante reducción impuesta por el director Alberto Barbera) pero también en las instalaciones utilizadas e, incluso, en los medios puestos al servicio de los asistentes. Todo muy correcto pero nada de lujos o excesos. Incluso la “alfombra roja” se vio afectada. Si bien contó con personalidades locales e internacionales (desde Pierce Brosnan hasta Robert Redford, pasando por la teen Selena Gomez o las ya maduras Claudia Cardinale y Gina Lollobrigida) careció del glamour de otras épocas. Pese a que todo esto fue presentado como una opción de la dirección del festival, uno no deja de sospechar que la crisis que afronta todo el viejo continente, e Italia en particular, ha tenido mucho que ver con el recato que rodeó a la muestra cinematográfica.

En este contexto, el nivel que presentó la sección de competencia ha sido correcto. Probablemente no haya aparecido la “obra maestra” que uno siempre espera encontrar en un evento de estas características pero, en líneas generales, la mayoría de los films estuvieron a la altura. Directores como Assayas, Kitano o Bellocchio presentaron películas que, sin ser de lo mejor de su producción, se encuentran por encima de la media de lo que observamos semana a semana en las pantallas vernáculas. Podrá discutirse que el tema elegido es poco original (Assayas), que su cine se ha “(norte)americanizado” (Kitano) o que se ha vuelto más explícito y discursivo que lo habitual (Bellocchio), pero aun así se trata de obras que presentan aristas disfrutables y abiertas al debate.

Otros casos, como los de Brillante Mendoza y Harmony Korinne, han confirmado, desde distintos lugares y con diferentes temáticas, todo lo bueno que se ha dicho sobre su obra. El filipino incluso se animó a cambiar tono y estética. El estadounidense reflejó un mundo tan divertido como perturbador, a partir de imágenes que abruman, hipnotizan e incomodan y que desplazan cualquier intento de relato tradicional.

Terence Malik aportó la gran decepción con un film de mensaje new age y pretensiones de trascendencia que hicieron enojar a público y crítica por igual.

En lo que se refiere a los premios, el León de Oro a Pietà de Kim Ki-Duk (muy querido en estas tierras) parece ser un reconocimiento al renacimiento del director coreano, que ha logrado presentar su mejor película de los últimos tiempos. Lejos de la perfección, se trata de un trabajo que recupera ciertas características y temas que le permitieron granjearse el respeto de la crítica a nivel mundial. Un premio, como todo premio en este tipo de eventos, que no estará exento de polémicas.

El león de plata al mejor director fue para Paul Thomas Anderson por The Master en una decisión que no ha tenido discusiones en el mundillo de la crítica. Yo, por mi parte, mantengo los reparos que manifesté en las primeras crónicas.

Finalmente, Paradies: Glaube, de Ulrich Seidl, se llevó el premio especial del jurado y la mayor polémica del festival por una escena en la que una ferviente devota católica se masturba con un crucifijo. Se trata de un film regular que tiene sus mejores momentos cuando deja de lado cierta solemnidad para recorrer el camino de la comedia.

En la sección Orizzonti, que apostó a las operas primas, fue muy difícil encontrar algo rescatables. Al contrario de lo que se podría esperar de directores debutantes, la mayoría de las películas se interesó más en los “temas importantes” que en búsquedas estéticas o narrativas innovadoras.

Para destacar la sección Venezia Classici, que dio la oportunidad de poder disfrutar, en pantalla grande y con copias restauradas, de films como Los Caballeros las Prefieren Rubias, Stromboli o Sunset Boulevard y la posibilidad de dimensionar la grandeza de directores como Howard Hawks, Billy Wilder o Roberto Rossellini.

Para concluir, una mención especial para Manuel de Oliveira que, a los 104 años, nos deleitó con O Gebo et L’ombre en la que, economizando planos y escenarios, realiza un magistral radiografía de la condición humana.

Y así, cuando ya todos los reflectores comienzan a apuntar sobre Toronto, dejamos Venecia con la sensación de haber asistido a una correcta edición de un festival que ha comenzado una nueva etapa, que probablemente esté signada por un cine mucho más clásico en formas y contenidos y con menos lugar para la experimentación. El año próximo trataremos de estar nuevamente por estas tierras para tratar de verificarlo.

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