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12.04.10
BAFICI 12º Edición

Función de apertura

Por segundo año consecutivo, el Teatro 25 de Mayo en el barro de Villa Urquiza, sirve de asilo de la inauguración de 12º Festival Internacional de Cine Independiente de Buenos Aires (BAFICI).

Con la presencia de figuras nacionales como Fito Paez, Eugenia Tobal y Enrique Piñeyro que acapararon todos los flashes, y fueron el objetivo de cámaras y noteros de TV, el BAFICI 2010 comenzó de forma discreta.

20:10 puntual, Sergio Wolf y el Ministro de Cultura de la Ciudad, Ing. Hernán Lombardi, dieron un preciso y conciso discurso inaugural, donde las palmas de los presentes se hicieron escuchar, cuando el director artístico por tercer año consecutivo, hizo un merecido y emocionado tributo hacia Oscar Kramer, fallecido el día martes. Si bien no se puede decir que fue un director “independiente” se trató de un emblema de la producción nacional. Por lo tanto, las palabras de Wolf, llegaron a lo más profundo de cada artista allí presente.

Tras los agradecimientos habituales, entraron a escena Rafael Filippelli, Enrique Piñeyro y el resto del elenco de Secuestro y Muerte, film de apertura.

Antes de la proyección del film de profesor de la cátedra dirección de la Universidad del Cine, se mostraron los tres cortos institucionales. Este año, a cargo de Celina Murga (pretencioso y poco sustancial), Gastón Solnicki (tratando de imitar con algo de humor y una banda sonora que remite a su película Süden, el institucional que el año pasado filmó Lisandro Alonso) y de la figura de este festival, ya que además de actuar en la película de apertura, tiene un documental de su autoría en la Competencia Argentina, Enrique Piñeyro. Dicho corto institucional, poco se relaciona con el espíritu “independiente” del Festival, pero en cambio va a crear grandes expectativas en los amantes de un famoso cómic nacional, cuya adaptación cinematográfica está confirmada, pero todavía no se nombró al director definitivo que la llevaría a la pantalla grande (solo que la produciría el finado Kramer). El corto de Piñeyro, podría leerse como un teaser trailer de la película en cuestión. Realmente es muy bueno.

 

Secuestro y Muerte, de Rafael Filippelli (Argentina, 2010). Por Rodolfo Weisskirch

Este esperado film del director de Música Nocturna, se presenta como una suposición de los eventos ocurridos en junio de 1970, cuando el General Pedro Aramburu fue secuestrado y fusilado por el grupo Montonero.

El tono del film es extraño. Filippelli, junto a sus ex alumnos de la FUC, hacen un film austero. El relato en off, escrito por David Oubiña, recuerda un poco al modo en que Mariano Llinás ha utilizado el recurso en sus últimas obras. Visualmente, es prolijo, los encuadres simétricos, calculados. Como cada diálogo, cada plano y movimientos. Todo está demasiado cuidado. En vez, de hacer un film histórico accesible con la información concreta y fines didácticos, Filippelli y equipo eluden las normas y lugares comunes, para hacer un film personal. Se podría trazar un paralelo, incluso con Todos Mienten de Matías Piñeiro, ya que ambas cuentan con 5 personajes, encerrados en una casa quinta: 4 secuestradores y 1 secuestrado. Nunca se nombra quiénes son, pero tampoco hace falta. La información es precisa y nunca redundante. O sea los nombres de Aramburu, Montoneros y Perón se suprimen completamente. Lo cual es interesante. Un juego de cámara. El problema son los diálogos. La frialdad, distancia e intelectualidad de los protagonistas y sus textos, alejan completamente al espectador de las circunstancias. Casi, como si se tratara de teatro Becketiano. Las juegos de palabras, las simetrías entre los eventos que los personajes viven con la llegada del hombre a la luna, aportan interés, pero aún así la película no tiene la tensión y el suspenso suficiente para sostenerse durante apenas una hora y media.

A nivel histórico resulta atractivo, porque esta historia no fue contada por el cine nacional, pero la forma es ambigua, e incluso las conclusiones terminan siendo demasiado abiertas. Aramburu es juzgado por Montoneros y el propio Filippelli. En cambio, el director decide no tomar partido ni por el grupo, ni tampoco da un juicio de valor sobre ellos. Solamente los expone, como interrogadores, y el resto del tiempo, los muestra en rutinas cuasi adolescentes intelectuales.

Las interpretaciones solemnes y austeras de Piñeyro, Alberto Ajaka y Esteban Bigliardi (ambos vistos en la obra de Mauricio Kartún, Ala de Criados, ver sección teatro), son creíbles y soberbias. Se destaca el diseño sonoro de Jessica Suárez.

Pero la película deja con ganas de más. Aún así, es una elección indicada para la inauguración oficial. Como dijo Wolf, el BAFICI, debe ser un festival político.

¿Qué pensará de estas palabras, Mauricio Macri?

Secuestro y Muerte, de Rafael Filippelli (Argentina, 2010), por Jose Luis De Lorenzo

 

Un film no político?

Es aceptable argumentar que alguien quiera contar una historia con diversos enfoques, priorizando detalles secundarios a la acción principal, atando cabos sueltos, imaginando situaciones que puedan o no haber sucedido ante la real falta de información, plantear un tema central a partir de su entorno, pero, si hay algo que en Secuestro y Muerte escasea y es la falta de compromiso con un tema tan delicado y controversial. De dudosa intención, confunde la idea de querer realizar un film sobre el secuestro y muerte de Aramburu (Enrique Piñeyro) mientras su nombre no es mencionado, ni siquiera el de sus secuestradores o del movimiento guerrillero involucrado. El film admite como veraz los dos acontecimientos que bien conocidos son, el secuestro y el eventual asesinato, tal como el título del film infiere. Comienzo y fin.

El film inicia con el secuestro del general, gobernante de facto de la dictadura  militar que tuvo lugar en nuestro país tras el derrocamiento al general Perón, y su traslado a una casa quinta a cargo de cuatro integrantes del movimiento guerrillero Montoneros, quienes encapsulan al film entre las conversaciones imaginarias mantenidas durante la estadía e interrogatorio a modo de “juicio popular” como sería definido por la entidad, confirmando acusaciones puntuales que, una vez brindadas culminarían con el castigo propuesto.

Filippelli intenta mostrar un pantallazo de las tensiones del panorama político de la Republica Argentina en la decada del 70, sin entrar en debates de ideologías, sino en simples diálogos mantenidos entre los captores durante su estadía en el lugar, cual si fuera una reunión de amigos, conversaciones supérfluas, no hay debate político, ninguno quiere explayar su posición, esa tarea queda abastecida por el escaso y seco interrogatorio.

¿Cómo plantear un film no político sobre un tema indefectiblemente político?

 

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