14.11.18
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Crítica: Can You Ever Forgive Me?, por Juan Manuel Branda

(Estados Unidos, 2018)

Dirección: Marielle Heller. Guion: Nicola Holofcener, Jeff Whitty. Elenco: Melissa McCarthy, Richard E.Grant, Dolly Wells. Producción: Anne Carey, Amy Nauiokas, David Yarnell. Distribuidora: Fox. Duración: 106 minutos.

En Can You Ever Forgive Me? Melissa McCarthy encarna a una escritora en decadencia cuyo medido éxito (según se nos cuenta fuera de campo) fue atribuido a una serie de prolijas biogafías que, ya pasadas de moda, se encuentran -literalmente- en las mesas de rebajas de las principales librerías de una Manhattan cuya apariencia guarda reminiscencias con los films setentosos de Allen. En los primeros minutos Lee discute con su representante, quien luego de negarle la posibilidad de conseguir un adelanto de dinero para su próxima biografía le propone dos caminos: intentar simpatizar con los canales de difusión que la protagonista entiende como hipócritas o dedicarse a otra cosa.

Pese a la frágil situación económica que le impide pagar un veterinario para su gato enfermo, un fumigador para su lúgubre departamento y la deuda con el propietario de este, Lee insiste con la escritura de esta nueva biografía sobre Fannie Brice (hay un chiste interesante promediando la mitad del film en el que un personaje confunde, por desconocimiento, el nombre de esa figura, llamándola Fannie Price). En el interín de un bloqueo de escritor cuya existencia ella negará más tarde alegando pereza, Lee interviene una de las cartas de Brice, agregándole una posdata ficticia que enriquece esa correspondencia poco interesante.  Así, comienza a falsificar cartas de autores de renombre para luego venderlas a coleccionistas, cada vez con mayor empeño y con mayor retribución económica.

Es allí donde el film se nutre prolijamente de sus acontecimientos para elaborar un rico andamiaje temático: por un lado, la dualidad ética de lo correcto y lo incorrecto (sin declaraciones políticas ampulosas) en relación con lo eficiente y lo ineficiente. Por otro, la lucha entre lo auténtico y su revés; y es en este punto donde Lee enfrenta todas sus contradicciones.

Podemos entonces segmentar la película en tres: en la primera parte, nuesta protagonista debe decidir entre buscar otro trabajo -más tradicional, si se quiere- o entregarse al mercado editorial. O sea, enfrentar lo éticamente correcto al mismo tiempo en que se escribe autoralmente sobre otras personas. Lee se da cuenta rápidamente que este método no le resulta cómodo pero aún no piensa en caminos alternativos para su supervivencia. Incluso podríamos esbozar que en este punto nuestra protagonista está fuera del sistema, es una outsider involuntaria.

En la segunda parte, a medida que Lee empieza a falsificar las cartas, regresa al sistema, al (des)orden, a la estructura: lleva a su gato al veterinario, limpia de bichos su departamento y paga el alquiler. También cambia las visitas a tabernas de mala muerte (donde se reencuenta con un viejo conocido, Jack Hock, que se convertirá en su compañero de aventuras) por bares cool y restoranes donde ella paga las cuentas no importa qué. Además, su progreso en el arte de la falsificación es astronómico. Aquí se halla el segundo punto clave en la idea principal del film: si bien al margen de la ley, Lee tiene un gran desempeño disfrazándose de otros autores. Mientas tanto, una amiga le sugiere escribir sobre sí misma y la propuesta es rechazada enfáticamente. Se avecina una debacle inevitable y además, dual: mientras que comienza a entrar en una crisis autoral tras el cuestionamiento de su amiga, la protagonista es descubierta por una de las coleccionistas y más tarde por el FBI, en uno de los puntos más flojos de la trama. Luego de concebir ordenadamente sus elementos, esta se desarma con una excusa algo vaga, a saber, un problema de verosímil en las cartas junto a un llamado telefónico algo forzado. Tras este corto éxito devenido en persecución policial, Lee empieza a delegar la tarea de la venta de cartas a su amigo Jack. Amén de su  delincuencial, se convierte también en una escritora con empleados, un especie de empresaria de la literatura (su oficina sería simplemente su casa). Nos remontamos, si queremos, al principio del film, donde Lee se queja junto a su editora de que Tom Clancy recibiría tres millones de dólares por otra novela de espionaje.

Sin embargo la caída es inminente y allí llega la tercera, culminante y quizá mejor parte: Jack, el amigo-empleado, es interceptado por las fuerzas policiales y termina delatando a Lee. Tras un juicio oral en el que se desarrolla una escena catártica, algo soporífera, Lee es condenada con prisión domiciliaria. Pese a la imposición de moverse únicamente entre su casa y su trabajo comunitario obligatorio, AA y más, se reencuentra con su amigo Jack en uno de esos bares inmundos y le propone, ahora sí, escribir la historia de su(s) vida(s). Entonces el proceso se completa: Lee escribe auténticamente sobre su vida, pero está presa en su casa. Es decir, no está al margen de la sociedad ni pretende actuar de otros escritores como en instancias previas. Sobre el final se encuentra la declaración política más clara del film: después de consultar en una tienda el precio altísimo de una carta de Dorothy Parker exhibida en la vidriera, Lee pregunta por su veracidad. La coleccionista no sólo la confirma sino que también se remite a una carta de autenticidad. “¿La carta de autenticidad viene con otra carta de autenticidad?”, repregunta Lee. Tras irse del local, envía una carta falsa de una familiar de Parker a la coleccionista diciendo que aquella carta exhibida no es verdadera. La mujer decide retirar la reliquia de la vidriera aunque finalmente vacila y la deja en su lugar.

De tal modo Can You Ever Forgive Me? ha desnudado, en mayor o menor medida, cómo el mundo se sostiene bajo un complejo y autoconsciente sistema de mentiras. Un sistema de oferta y demanda, claro.

calificacion_4

 

 

© Juan Manuel Alvarez Branda, 2018 | @juanmcfly_

Permitida su reproducción total o parcial, citando la fuente.

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