06.04.19
[21] BAFICI _ Festivales

[21] BAFICI | Crítica: Cronofobia, por Joaquín Chazarreta

(Suiza, 2018)

Dirección: Francesco Rizzi. Guion: Daniela Gambaro, Francesco Rizzi. Elenco: Vinicio Marchioni, Sabine Timoteo, Leonardo Nigro. Producción: Villi Hermann, Michela Pini. Duración: 93 minutos.

En la oscuridad de la noche, una mujer sale a correr. Desde una camioneta, un hombre la sigue de cerca. La mujer llega a un cruce ferroviario y, como planeando arrojarse a él, aguarda al tren que se aproxima, pero éste pasa y ella no salta. De repente, un grito ahogado, una desgarradora frustración que se funde con el in crescendo de la banda sonora de sintetizadores.

Además de capturar nuestra atención desde el primer momento y funcionar a la perfección como puntapié inicial, el potente comienzo de Cronofobia anticipa el tono opresivo e inminente que habitará la mayor parte de su relato y que resulta, por otra lado, perceptible al interior de cada uno de sus planos. En este sentido, podrían establecerse conexiones con 11 Minutes —una película polaca de similares características, también estrenada en el Bafici—, pero mientras aquella apelaba a la manipulación de las líneas temporales, su intercambio y yuxtaposición con el fin de estructurar y dar forma a una asfixiante narración, el film de Francesco Rizzi, en cambio, lo hace confiando pura y exclusivamente en el género.

De hecho, uno podría rastrear cierta influencia del cine de Brian De Palma en él, no sólo por la fe ciega en las posibilidades del thriller y en lo cinematográfico del punto de vista del voyeur, sino también por la impresión que uno se lleva de que ninguno de sus planos fue elegido al azar, ejecutado de manera azarosa o aleatoria. Por el contrario, y tal como la frialdad del protagonista masculino lo hace con la fragilidad del femenino, lo elusivo de la trama de Cronofobia encuentra su balance, su contraparte, en las certezas de la puesta de cámara. Es esta última la que, con gran aplomo, transmite la información, dosifica la intriga y establece la conexión entre los personajes, tal como lo demuestra el brillante plano-contraplano del humo del cigarrillo.

En efecto, los claustrofóbicos encuadres de Rizzi albergan tal confianza en sí mismos que pareciera como si ningún otro fuera posible; cualidad que —de cierto modo— hace del film una rareza: su capacidad de apostarlo todo por la narración visual, de prescindir de conversaciones triviales y diálogos expositivos (aunque, hay que decirlo, peca un poco de esto hacia el final) y de desarrollar con sutileza y precisión su historia de traumas (forjados en la pérdida y en la culpa) son méritos que, tristemente, parecieran escasear cada día más. Similarmente, su retrato de la cercanía a la muerte, esa que reúne a los protagonistas, es llevado a cabo con una elegancia y melancolía equiparables solamente a aquellas del poema de Charles Bukowski que Michael (Vinicio Marchioni) oye en un bar.

La cronofobia es el miedo al paso del tiempo, pero en este thriller psicológico de identidades suspendidas el miedo de los protagonistas no reside tanto en la percepción del inevitable devenir, sino más bien en las dificultades que se desprenden de habitar un presente atravesado por la muerte e inmerso en una insondable infelicidad; en una existencia agobiante devenida escenario de un relato hermético e imprevisible, y de una enigmática relación llena de simulaciones hitchcockianas y disfraces depalmianos. Lamentablemente, y a causa de algunas de sus resoluciones que —a diferencia del resto del film— son encaradas desde “lo actoral” y no tanto desde la forma, la potencia inicial de Cronofobia se ve un tanto diezmada hacia su conclusión: tal vez, por su indecisión al momento de clausurar la trágica historia de amor entre los personajes; probablemente, por haberse visto desprovista de las tensiones dramáticas que la encauzaron hasta dicho momento.

Afortunadamente, los minutos finales evitan que dicho traspié se vuelva caída y, retomando la sutileza narrativa previamente exhibida, ofrecen el cierre ideal para el camino recorrido por el protagonista. Lejos de tratarse de un mero acto de rebeldía, la actitud relajada de Michael en la escena final es la clara manifestación de la ruptura de cadenas que su personaje necesitaba. Asimismo, también refleja la liberación que nosotros sentimos como espectadores: oprimidos por el clima de tensión, soledad y muerte con el que Cronofobia nos envolvió durante poco más de una hora y media, finalmente —y al igual que Michael— podemos exhalar tranquilos, volver a respirar con naturalidad y llenar, una vez más, nuestros pulmones de cine.

calificacion_4

 

 

@ Joaquín Chazarreta, 2019 | @JMChazarreta

Permitida su reproducción total o parcial, citando la fuente.

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