29.03.19
Festivales _ Les Avant Premieres 2019

Crítica: Doubles Vies, por Carla Leonardi

(Francia, 2018)

Guion, dirección: Olivier Assayas. Elenco: Juliette Binoche, Guillaume Canet, Vincent Macaigne, Christa Théret. Producción: Charles Gillibert. Distribuidora: CDI Films. Duración: 108 minutos.

Vivir en tiempos de internet:

Dos hombres en sus cuarentas conversan sobre lo desconectados que están del presente, de los cambios que impone la era digital. La dificultad de ambos para adaptarse a la tecnología ocurre en paralelo a la crisis en sus respectivas parejas, donde el paso del tiempo vuelve un desafío mantener el deseo. Los hombres frente a frente son Alain (Guillaume Canet), el director de una editorial, y Leonard Spiegel (Vincent Macaigne), un escritor cuyos libros ha publicado la editorial de Alain. Leonard le ha presentado el manuscrito de su última novela y Alain esta vez le comunica que no va a publicarlo. Leonard continua escribiendo sobre sus romances y este tema a Alain le resulta anticuado, planteándose en este momento incursionar en la edición digital. A raíz del auge exitoso del e-book por su bajo precio al eliminar los intermediarios de la imprenta, la distribución, etc; Alain contrata a la talentosa y joven Laure (Christa Théret), con quien mantiene una aventura, para realizar el salto a la transición de sus contenidos a formato digital. Mientras tanto, su esposa Selena (Juliette Binoche), quien mantiene una aventura con Leonard, intentará convencerlo de que publique su última novela, ya que está persuadida de que es la mejor de sus obras.

Dobles vidas (Doubles Vies, 2019), la última película del realizador francés Olivier Assayas,  nos introduce así en el submundo editorial, donde los encuentros que irán manteniendo los protagonistas en ese entorno serán la excusa para debatir sobre la  manera en que Internet modificó nuestras vidas, produciendo cambios tanto en el modo de relacionarnos como en nuestros hábitos de consumo. De esta manera se discute si se escribe más o menos que antes en la era de los tweets, suerte de haikus posmodernos; sobre si se lee más o menos que antes a partir de los resúmenes en sitios o blogs digitales, sobre si lo que se publica en Internet es literatura o catarsis emocional, sobre si realmente elegimos lo que leemos o nos lo impone el algoritmo en base a nuestros trazos dejados en los sitios por los cuales navegamos y también sobre la democratización que supondría Internet en el acceso a la cultura, en detrimento de la calidad de la escritura e impulsando la decadencia del lugar del autor.

Contrasta el tema abordado, la revolución tecnológica de Internet, con la escasa interacción de las personas a través de computadoras o celulares y la extensión de los encuentros en presencia, donde se conversa bastante y se debaten ideas. La reiteración de estas tertulias intelectuales puede producir un cierto tedio en el espectador, que el director intenta equilibrar con momentos de comedia más o menos logrados. El interlocutor que se impone en el tratamiento que Assayas realiza del tema propuesto es el cine de Woody Allen, con sus devaneos intelectuales o psicoanalíticos en el contexto neoyorkino. Esta relación la permite incluso la interrogación acerca de los límites entre la ficción y la autobiografía;  entre lo público y lo íntimo que se expresa en el hecho de que Leonard solo puede escribir a partir de sus experiencias románticas concretas, y a pesar de que lo intente no siempre logra “borrar sus huellas” (como él dice), sin que las mujeres de su vida no se reconozcan en los supuestos personajes. Esta temática también la abordó Woody Allen en Los secretos de Harry.

Otro tema que aborda la película es aquello que el filosofo Byung Chul Han denominó “La sociedad del cansancio” para referirse al fenómeno generalizado en la época hipermoderna, donde la sobreabundancia de oferta de mercancías y el ilimitado acceso online produce sujetos agotados, porque hasta el ocio mismo devino una mercancía por la que hay que pagar, como lo demuestra por ejemplo el éxito de los libros de mandalas o la música producida especialmente “para relajarse”.

La película interpela también el lugar del crítico como formador de tendencias, cuyo papel se vería borrado por las sugerencias del algoritmo. Además, si bien se centra en el mundo editorial, no deja de interrogar las transformaciones en los hábitos de consumo de cine a partir de las plataformas online, presentando a Selena como una actriz aburrida de sus roless de siempre.

Aquí las dobles vidas del título hacen referencia a los romances paralelos de Selena y Alain, estancados en un matrimonio rutinario donde ya no circula el deseo, pero a la vez conscientes de que  después de veinte años de matrimonio, hay cosas que es preferible dejar implícitas, pero no por conformismo sino a sabiendas de que puede tratarse de una fase a partir de la cual relanzar el deseo, más que romper un lazo que se sostiene en el amor. A la vez, las dobles vidas son aquellas que transitan entre la ficción literaria y la realidad, así como aquella vida que damos a ver mediante imágenes en las redes sociales respecto de la íntima o la vida anónima de los mails y los mensajes en contraposición a aquella que vivimos en presencia de otros.

Cada vez que aparece una nueva tecnología, se pregona la muerte de lo anterior. Pasó con la fotografía y la pintura, con la radio y la televisión; y también podríamos estar tentados a predecirlo respecto del cine y las series o películas en streaming, o con el e-book y los libros. Lo cierto es que a medida que avanza el film, Alain cae en la cuenta de que, pese al gran consumo de e-books, a la gente le siguen gustando los libros. La  clara intención de Assayas no es demonizar Internet sino problematizar el modo en que nos relacionamos con sus contenidos. El director apuntaría a que podamos reflexionar y realizar un uso de internet menos compulsivo y naturalizado, en pos de que, habilitando la posibilidad de un intervalo de pensamiento, podamos recuperar nuestra dignidad como sujetos.

Dobles vidas es una película interesante al proponer la reflexión y el debate sobre el lugar y la función que le damos a internet en nuestras vidas, así como sobre nuestras posibilidades y dificultades a la hora de adaptarnos a los cambios que nos impone. La decisión de Assayas dar cuenta de ello mediante el formato de tertulias bastantes extensas y reiteradas, puede volverse redundante y soporífera para el espectador. La película funciona mejor en su tramo final, cuando logra abandonar el sesgo intelectualizado y apuesta más directamente por la comedia de enredos.

 

 

© Carla Leonardi, 2019 

Permitida su reproducción total o parcial, citando la fuente.

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