17.11.18
33º Festival Internacional de Cine de Mar del Plata _ Festivales

Crítica: Entre dos aguas, por Griselda Soriano

(España, 2018)

Dirección: Isaki Lacuesta. Guion: Fran Araújo, Isaki Lacuesta, Isa Campo. Elenco: Israel Gómez Romero, Óscar Rodriguez, Francisco José López Romero. Duración: 136 minutos.

Entre dos aguas se abre con una secuencia que nos invita a creer en las imágenes: un parto que se muestra en detalle y que nos ubica en un registro que podemos suponer documental. Sin embargo, poco después, algo en el modo en que el relato se va engarzando nos hace ver que se trata de otra cosa: documental y ficción se diluyen para construir un tercer territorio en el que esas categorías dejan de tener sentido.

En su última película, Lacuesta se reencuentra con uno de los protagonistas de La leyenda del tiempo (2006): Israel, un muchacho gitano marcado por un contexto difícil y una tragedia familiar. Entre dos aguas comienza con el nacimiento de una de sus hijas, como decíamos, pero segundos después la secuencia da un vuelco y el protagonista es conducido del quirófano a la cárcel. Israel, el verdadero, el que existe fuera de la pantalla, nunca ha estado preso, pero sus experiencias, sus miedos y su mundo alimentan la historia y le dan a la película una densidad que sería imposible de construir de otra manera. El Isra que existe en la pantalla, decíamos entonces, vuelve a la cárcel después del nacimiento de su hija, pero poco después lo veremos salir, cumplida su condena. Lo que vendrá después será el conflicto de un hombre que, se supone, recupera la libertad, pero queda atrapado por un contexto social y económico muchísimo más difícil de dejar atrás que las rejas de una prisión.

Lacuesta retrata un mundo triste: el de esa España que no entra en las postales. Un mundo en el que el desempleo es feroz, donde cada uno carga con sus estigmas y en el que la vida parece reducirse a la mera supervivencia. Ahí, ante la desazón casi absoluta, la delincuencia aparenta ser la única salida, una salida “fácil” entre todas las comillas posibles, porque, como discuten los protagonistas, nada es fácil cuando uno sale de su casa todos los días sin saber si va a volver. En ese marco, Isra se constituye como un protagonista desgarrado que intenta resistir, como puede, al determinismo. Es, sobre todo, un personaje complejo: oscuro y siempre al límite, pero también sensible, frágil y absolutamente adorable. Esta complejidad se construye en parte gracias a la mirada de Lacuesta, por supuesto, pero también y principalmente por la increíble interpretación de Israel Gómez Romero, quien se llevó el merecidísimo Astor de Plata a Mejor Actor.

A Isra lo acompaña una serie de personajes que pintan distintas posibilidades frente a ese marco desalentador: su hermano que encontró una vida mejor pero terrible como panadero de la Marina; sus compañeros de trabajo y de delitos; sus hermosas hijas que casi no lo reconocen; su mujer, que lo rechaza y no cree que pueda cambiar… Todos ellos constituyen un universo narrativo que está firmemente enraizado en la realidad de sus actores pero se despega de ella y, de la mano de la ficción, va mucho más allá.

En un contexto donde lo que está en disputa es la posibilidad de un futuro, Lacuesta también recurre al pasado para ampliar su retrato: así, ciertos planos de La leyenda del tiempo irrumpen en el relato para recordarnos quiénes fueron esos personajes y hacer que nos preguntemos, nuevamente, quiénes podrían llegar a ser.

 Lacuesta se sumerge en este mundo que resiste desde los márgenes y encuentra la distancia justa para acompañar sin juzgar. Entre dos aguas es una película llena de momentos íntimos: con esta cercanía, director y personajes nos invitan a asomarnos a un universo a la vez subjetivo y social. La mirada cercana y compasiva pero jamás condescendiente de Lacuesta se ubica en las antípodas de la sordidez y el golpe bajo. En manos de alguno de esos directores afectos a un cine de la crueldad, este material podría haberse usado para horrorizar al público y luego dejarlo ir a casa con un “qué barbaridad” y la conciencia tranquila, porque el mundo es horrible y no hay nada que hacer al respecto. Pero Lacuesta, en cambio, en un gesto no solo estético sino también profundamente político, toma el camino diametralmente opuesto y nos recuerda que el cine existe también para enseñarnos a ponernos en el lugar del otro. No es un gesto menor, tampoco, que esta haya sido la película ganadora del mayor premio del festival.

© Griselda Soriano, 2018 | @GriSoriano

Permitida su reproducción total o parcial, citando la fuente.

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