29.03.19
Festivales _ Les Avant Premieres 2019

Crítica: La bruma (Dans la Brume), por Carla Leonardi

(Francia, Canada, 2018)

Dirección: Daniel Roby. Guion: Guillaume Lemans, Jimmy Bemon, Mathieu Delozier. Elenco: Romain Duris, Olga Kurylenko, Fantine Harduin, Michel Robin. Producción: Guillaume Colboc, Nicolas Dulval Adassovsky. Duración: 89 minutos.

Una bruma poco espesa:

Un padre de familia regresa de viaje a París. El contexto histórico es la actualidad o un futuro cercano al presente.  A poco de llegar, cruza la calle al edificio de enfrente al cual vive para visitar a su hija. Ya en la puerta de calle, un anciano vecino que se moviliza con un tubo de oxigeno se queja ante él del cambiante clima, que lo hace pasar del calor al frío. Al llegar al departamento, su esposa trabaja en la computadora y atiende un llamado laboral (es una científica especialista en física) y lo aguarda su hija adolescente, que padece una extraña enfermedad congénita por la cual la afecta el aire y vive encerrada en una suerte de capsula espacial que filtra el aire permitiéndole seguir viviendo. La pecera de su habitación es su acotado mundo.  La joven, privada del acceso al mundo exterior, sólo mantiene desde su burbuja vínculos de tipo virtual con  amigos que padecen su misma enfermedad y a los cuales conoció mientras recibió tratamiento en el hospital, y puede alcanzar el afuera a través de imágenes en realidad virtual, como aquellas montañas rocallosas que su padre filmó durante su viaje a Canadá, y también mediante comunicaciones a distancia con sus padres a través de celulares y/o walkie talkies. El matrimonio, pese a estar separado, encuentra su punto de encuentro en la hija en común, y de hecho el padre hablará con la madre del verdadero motivo de su viaje, que no fue una posibilidad laboral, sino un nuevo protocolo de tratamiento que se está desarrollando en Canadá, el cual le permitiría  a su hija vivir una vida en libertad. Poco después, se siente un terremoto que según informa la radio avanza desde Suecia y Dinamarca y se cortará la electricidad, lo cual lleva al padre de regreso a la casa de su hija para chequear si funciona el sistema de emergencia con baterías suplementarias. La gente corre desesperada por las calles, mientras se divisa una bruma gaseosa de color gris y tóxica que avanza sobre París. Este es el contexto de inicio de La bruma (Dans la Brume, 2018), película de ciencia ficción del realizador canadiense Daniel Roby, coproducción entre Francia y Canadá. Aquí ya se anticipa que la amenaza catastrófica que acecha a la familia nuclear burguesa, lejos de ser una fuerza que implicaría su disolución, es un motivo que impulsará a la unión de los padres en pos de salvar a la hija, resguardada de la bruma en el encierro en la burbuja, pero a la vez inmovilizada en su traslado.

La bruma asciende rápidamente por las calles parisinas, de manera que solo se está a salvo  por encima de ella, lo cual motiva a Mathieu (Romain Duris), a llevar a su esposa Anna (Olga Kurylenko) al departamento del piso superior del edificio, que habita una pareja de ancianos.  Pero la entidad gaseosa va subiendo más rápido de lo que suponían, y las baterías de las cuales depende Sarah (Fantine Harduin) tiene un límite de horas de carga, por lo cual no podrán estar seguros demasiado tiempo ahí. Esta situación obliga a los protagonistas a salir, a afrontar la bruma, munidos al comienzo del tanque de oxigeno del vecino anciano y luego de aquellos provistos por el ejército (que lleva a los sobrevivientes a pie hasta Montmartre, el punto más alto de la ciudad) para buscar una manera de que su hija enferma pueda desplazarse también. La trama, manteniendo el pulso del suspenso, girará entonces en relación a cómo padre y madre se las arreglan para alcanzar este objetivo, atravesando diversos imprevistos e inconvenientes que deberán sortear en pos de la supervivencia.

Llegados a punto se vuelve inevitable la comparación con La niebla (The Mist, 2007) del director nacido en Francia pero radicado en Estados Unidos Frank Darabont y adaptación de la novela homónima de Stephen King. En ambas la causa concreta de la catástrofe no queda esclarecida totalmente, en La niebla se supone producto de un experimento militar y en La bruma como efecto de cambios ambientales por contaminación humana. La niebla se desarrolla en el contexto de un pueblo rural, y aquí se trata de una catástrofe urbana. En ambos casos, el desastre se avalanza y pone en jaque a la familia nuclear burguesa. Pero donde La niebla resultaba efectiva; La bruma fracasa. Aquella tenía un guión acertado que desarrollaba y utilizaba los recursos del suspenso y del terror al servicio de poner a cielo abierto los aspectos más negativos de la condición humana, como las luchas de poder y el egoísmo, que la debilitan ante una entidad diferente, difusa y despiadada. En La bruma, la amenaza del desastre externo es el catalizador que hace surgir la unión y la solidaridad afectiva, y ella en sí misma está poco desarrollada como para alcanzar un carácter de personaje o de entidad simbólica. Esta diferencia de pulsiones en juego marca la diferencia de carácter los respectivos finales. Si La niebla rompía con las convenciones del género porque el desastre no prometía ninguna recomposición del tejido familiar, sino más bien su devastación y un clima de angustia desolada; La bruma en cambio es fiel a las convenciones del género de las distopías, donde tras la catástrofe hay una recomposición social, un futuro posible que aquí queda en manos de las nuevas generaciones, esas que harán de la enfermedad una mutación posible para vivir en el nuevo contexto climático.

Por otro lado, si bien tanto bruma como niebla son sinónimos, el matiz etimológico de la primera, que refiere a “breve”, resulta más suave que la segunda en su carácter de velo pesado, ese que no deja ver la terrorífica realidad inhumana que está detrás. Por eso, La bruma es una suerte de niebla light, que mata ella en sí misma al ser inhalada y que no tiene la espesura capaz de producir el efecto de lo siniestro allí donde lo familiar de una neblina podría volverse lo desconocido, la alteridad más radical y, en este punto, la metáfora de las crueles pulsiones humanas ignoradas por cada uno.

La película se sostiene principalmente en la interpretación de Romain Duris y en el impacto visual que genera la recreación escenográfica y fotográfica de una París sumergida enteramente bajo la capa gaseosa; pero su efecto se disipa pronto. A pesar de las buenas intenciones de Daniel Roby por incursionar en un género poco transitado en las propuestas cinematográficas francesas, la sensación deja sabor a poco porque, en pos de preservar los lazos amorosos de familia, no aprovecha ni explota profundamente los recursos del género.

 

 

© Carla Leonardi, 2019 

Permitida su reproducción total o parcial, citando la fuente.

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