22.04.18
BAFICI 2018 _ Festivales

Crítica: Román, por Pedro Seva

(Argentina, 2018)

Dirección: Majo Staffolani. Elenco: Carlo Argento, Gastón Cocchiarale, Gabriela Izcovich, Lara Crespo, Sebastián Villacorta. Producción: Joaquín Villafañe, Majo Staffolani, Alan Ramírez. Duración: 73 minutos.

Teniendo en cuenta lo señalado (1), Román pertenecería a la segunda vertiente posterior -y en este caso, tal vez superadora- al cine queer. Ya que esta no es una película sobre caracteres, retratos minoritarios o dilemas sociales injustificados; ni siquiera es una película de amor, como parecería primeramente. Román es ante todo, un film sobre una mutación; un cambio tan repentino como pertinaz.

El film se divide en dos partes -o trayectos, para ser más exactos-. Uno incial, que nos presenta a Román con su familia, a Román con su trabajo; a Román con su vida. La aliteración es el marco de este pasaje, una repetición constante y sucesiva. Todo eso cambia cuando él empieza una relación amorosa con Lucas -no cuando lo conoce per se; en cambio, cuando Román se nos identifica como otro-.

Si el trayecto inicial era constante -y hasta perpetuo-, el segundo es discontinuo y fugaz. Román acompaña a Lucas al trabajo nocturno de este, como proyeccionista en un viejo cine. La secuencia pasa del cuartito del proyector a la sala del cine, para luego volver al cuartito. Mientras Lucas prepara la cinta, Román se asoma a ver la proyección (por la pequeña rendija que va del proyector a la pantalla), y se maravilla de “¡Que bien se ve!“; una mirada a distancia, de un espectáculo que le es lejano y remoto, a continuación Lucas lo invita: “¿Querés bajar a ver?”. Ya en la sala, Lucas empieza a acercarse a Román, este no pone impedimento, luciendo inexperto a los paulatinos avances de Lucas. De vuelta en el cuartito, ambos se besan apasionadamente justo antes de tener sexo, mientras Román está -ahora- de espaldas a la proyección, a la pantalla y a la salita de cine. Esta secuencia resulta vital -no solo por ser el quiebre entre los dos trayectos- sino, que en sí, resume todo el film. Resume el gran motivo de la mutación, del pasaje a una nueva forma; el cambio de lo sosegado a lo rápido e intempestivo, de la lejanía a la intimidad, y, de la mera observación al más vivo accionar.

De todas formas, a continuación, se nos ofrece una imagen guía, remarcando lo anterior y llevándonos al tema que señalamos: La mutación. No es casualidad que la escena inmediatamente siguiente nos muestre (observese la fotografía que ilustra esta nota) a Román duchándose; el agua -el pasaje por agua-, resulta una signatura fundamental para expresar el cambio, la metamorfosis, la evolución y la mutación (2). Si bien es -inicialmente- la limpieza post coito, eso no impide que la imagen sea utilizada como una inscripción simbólica: El encuentro de una nueva (otra) condición.

El segundo trayecto tiene algo de momentáneo y vacuo. Vemos a Román proceder en su mutación; empieza a oler diferente, a lucir diferente y a moverse diferente, mientras continua su relación con Lucas con ciertos altibajos. Nunca se genera -ni se busca generar- una intriga con respecto al devenir de su familia, ni al de su sexualidad (3). Su destino laboral queda en segundo plano, hasta que el film culmina en un exabrupto; se nos deja, en una apurada elipsis, con un Román equidistante del que era en un principio, tanto como del que parecía conducir su cambio.

De hecho, el final, que transcurre en una discoteca gay, resulta una desmesurada cacofonía de sonidos rimbombantes y de colores tan chillones como intempestivos. Esta conclusión recuerda a una escena del comienzo, cuando Román va a ver el ensayo de la -supuesta- obra de teatro que su hija se encuentra preparando. Aquí, lo único que de mise-en-scène vemos, es a dos chicas moviendo los glúteos al -inexistente- ritmo de ruidos sollozantes y luces tan rojas como saturadas.
Primero pensé que esta escena -en directa comparación con la que transcurre en la proyección/sala/proyección de cine- era una suerte de toma de distancia por parte de la mirada torva de Román, para con aquello que lo rodeaba (4); pero ese final en la discoteca -tan similar a la escena del teatro-, nos deja más con una metamorfosis truncada, y confinada a un sub-mundo sectorial, que con la liberación de un nuevo punto de vista superador.

 

© Pedro Seva, 2018 

Permitida su reproducción total o parcial, citando la fuente.

(1) Seva, P. (2018). Las hijas del fuego (online) Disponible: http://www.asalallena.com.ar/festivales-all/critica-las-hijas-del-fuego-pedro-seva/

(2) Siguiendo este hilo, véase el comentario de Ángel Faretta con respecto a la signatura agnóstica en Hawks.
Faretta, Á. (2013) La cosa en cine. Producción y significación en el último Hawks (pp. 59-77) Buenos Aires: Djaen.

(3) Eso correspondería a la primera vertiente, no a la segunda. cf. Nota: (1)

(4) Además de una respuesta polémica entre la superación ontológica -la salita de cine-, y el menjunje nihilista de la supuesta obra de teatro.

COMENTAR

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

COMPARTIR

Share on Facebook5Tweet about this on Twitter0Google+0Pin on Pinterest0
tlc-300

© A SALA LLENA.