29.03.19
Festivales _ Les Avant Premieres 2019

Crítica: Vivir deprisa, amar despacio (Sorry Angel), por Eduardo Elechiguerra

(Francia, 2018)

Guion, dirección: Christophe Honoré. Elenco: Vincent Lacoste, Pierre Deladonchamps, Denys Podalydés, Clément Metáyer. Producción: Philippe Martin, David Thion. Duración: 132 minutos.

Como espectadores, nos parece lógico articular un discurso hablado o escrito luego de ver una película. Procedemos con naturalidad a armar uno o varios sentidos al salir de la sala de cine, sea en nuestra mente o con la persona que acompañamos a la función. Pero hay inicialmente, mientras transcurre la obra, escenas que no permiten referirlas con palabras. Las podemos describir, pero una sensación honda se escurre de los adjetivos o los gestos que aludimos. Esto también puede decirse de películas enteras. Mencionar alguna sería tentar al lector a que compare Vivir deprisa, amar despacio (2018) con esa obra en particular.

Lo cierto es que, en gran medida, hay una sensación en la película de Honoré que se escapa de la palabra. Puede ser su franqueza erótica que está a medio camino entre el erotismo y el soft porn. Sin alcanzar los niveles explícitos de 120 pulsaciones por minuto (2017), que refería sin ambages a una liberación sexual del cuerpo enfermo; los personajes de Honoré son hombres que disfrutan el sexo sin culpas, no como un escondite, sino como un descubrimiento profundo de sí. Prueba de esto es el monólogo de Arthur (Vincent Lacoste), en compañía de Jacques y Mathieu, donde celebra la sexualidad pródiga de su amante y desdeña esos hombres que manifiestan sus frustraciones infantiles después del coito. Y no es una franqueza verborreica, la desnudez masculina en la película es frontal sin necesidad de mostrar el miembro masculino o explayarse demasiado en el sexo. En este sentido, el encuentro callejero entre Arthur y un hombre desconocido parece más un ritual de intimidad con el cuerpo del otro, que un encuentro furtivo y fugaz.

Podría ser, por otro lado, el despliegue musical de la película. Ciertas escenas vienen fortalecidas con canciones que dan cuerpo a la melancolía, sin dejar a un lado la alegría de los personajes recurrentes, independientemente de que dos de ellos estén enfermos de sida. Honoré nunca cae en el “canto a la vida” ni el derrotismo. La música es una delicada combinación de tristeza y alegría, como si se estuviera componiendo una serie de mosaicos efímeros que no podemos atesorar, pero sí disfrutar mientras los vemos. Desde la fuerza emocional de “Les Gens qui Doutent” de Anne Sylvestre, hasta la taimada tristeza de “One” en la voz de Harry Nilsson; las canciones en la obra de Honoré son muestra de que la palabra de sus personajes no basta. Aquí ya no ocurre como en Chansons d’amour (2007), también de Honoré, donde los protagonistas están interpretando un musical, pero la alegría de Arthur se traduce en instantes de canciones y bailes propios que asoman lo que podría ser la felicidad para él y Jacques.

Honoré está trazando, nos damos cuenta demasiado tarde, una búsqueda por lo gay en su acepción original: la alegría más allá de una tendencia sexual, una enfermedad o un amaneramiento. Para esto no recurre a referencias directas al Hollywood clásico, donde se aludía en los diálogos al modo de vida alegre usando la palabra ‘gay’. Más bien las condiciones en las que se conocen Jacques y Arthur son en una función de la joya de los noventa La lección de piano (1993) de Jane Campion. El primero incluso le insiste que termine de verla porque la película lo vale. Un primer plano nos delatará que el film de Campion es un pivote para entender el drama entre nuestros protagonistas de ahora: tanto Ada (Holly Hunter) como Jacques (Pierre Deladonchamps) están viviendo en un entorno que los amarra al fondo de sus condiciones existenciales.

Así, la delicadeza de Honoré viene por otro lado. La alegría de sus personajes es leve, como un respiro del que no nos damos cuenta. No hay contrastes que hagan de este alivio un aviso tardío del golpe al alma que se viene. En manos de este elenco y de la historia que ha ideado Honoré, el drama y la liviandad tienen sus lugares definidos. No chocan. Conviven sin maniqueísmos, ni manipulaciones. Y por supuesto que con esa perspectiva, el golpe final es más lento y más profundo. Porque “dos es el número más solitario después del uno”. Una referencia matemática sencillísima derrumba tantas alusiones literarias previas, tantas certezas hermanas del autoengaño.

Esta anomia frente a una sensación que brinda el film puede ser, finalmente, la fluidez tan abierta de la historia. Por un lado, Jacques y Arthur son hombres que también han salido con mujeres y no por esto se plantean la vida como un viacrusis existencial. Por otro, está la manera como Honoré muestra sueños alternados con la realidad efectiva. Acá lo onírico es otra manera de despertar, nunca un engaño para evadirse. Y así la película fluye entre las etiquetas, las tiene muy claras. Tal sinceridad anímica y corporal, presente sobre todo en la pareja de enamorados, tiene más valor que su entorno aparentemente convencional.

calificacion_4

 

 

© Eduardo Alfonso Elechiguerra, 2019 | @EElechiguerra

Permitida su reproducción total o parcial, citando la fuente.

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