03.06.14
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Cine Fest Brasil – Buenos Aires 2014

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Luego de tres años se presenta en la Argentina en su quinta edición el Cine Fest Brasil – Buenos Aires, certamen cuya casa será desde el 5 al 11 de junio el Cinemark Palermo y que nos invita a apreciar 11 cortos y 12 largometrajes inéditos que serán galardonados con el premio Lente de Cristal, de acuerdo al voto del público. Entre las propuestas más esperadas, encontramos a Ciudad de Dios – 10 Años Después.

Ciudad de Dios – 10 Años Después (Cavi Borges y Luciano Vidigal, 2013)

“Lucha y nunca sobrevivirás, corre y nunca escaparás” era la frase con la que uno de los protagonistas más importantes de Ciudad de Dios, Buscapé, intentaba dar cuenta del drama de la marginalidad, la violencia y la drogadicción a la que quedaron confinados los desheredados de la barriada marginal de favelas levantada en los años 60 en los suburbios de Río de Janeiro.

La película, que logró retratar de manera eficiente e inolvidable aquella realidad, se convirtió en poco tiempo en uno de los films más importantes del mundo y de Brasil. Nominada a cuatro Oscars, incluyendo mejor director, Ciudad de Dios marcó un antes y un después en la vida de los habitantes de la favela más peligrosa de Río. Ciudad de Dios – 10 Años Después, de Cavi Borges y Luciano Vidigal, es un intento por retratar las consecuencias que tuvo para los actores el éxito rotundo de la película.

Un travelling aéreo nos recibe y da cuenta del color, la densidad, el aroma, la velocidad y la adrenalina del lugar. Narrada en primera persona por sus propios protagonistas en forma de mini historias que se entrecruzan, el documental nos muestra la inserción de muchos de sus protagonistas en el mundo del espectáculo: teatro, cine, telenovelas e inclusive el mundo de la música. Así analiza cómo se pueden o no modificar las estructuras de las clases sociales. Qué papel juegan en esto la voluntad, la suerte, la discriminación, el dinero, la educación. O simplemente las verdaderas condiciones sociales de existencia.

Es menester resaltar el juego de luces y la fotografía, acompañados de flashbacks de la mítica película que se irán hilvanando y lograrán que el espectador se emocione al máximo capturando la dura realidad de cada uno de los protagonistas. Desde su estreno, el boom del film hizo que la favela pasara de ser una zona marginal a lograr que los vecinos se involucraran para obtener una mejor calidad de vida. La zona ha tenido en estos últimos diez años un intento real de pacificación de la mano de la instalación de clubs deportivos, teatros, escuelas, bibliotecas y asociaciones de zamba, entre otros emprendimientos. Actualmente Ciudad de Dios tiene unos 38.000 habitantes, y si bien las condiciones sociales no han mejorado del todo en estos años, sí disminuyeron las cifras concernientes a los crímenes: la tasa de homicidios cayó de 36 por cada 100 mil en 2008 a cinco por cada 100 mil en 2012.

El telón de fondo del documental es el verdadero drama, del que da cuenta Ciudad de Dios – 10 Años Después desde sus primeras imágenes: en el mercado actual de Brasil -y sobre todo en la televisión- lo que no sobran son actores negros. En palabras de una protagonista, “si sos abogada y sos negra, sos abogada negra; no sos médica, sos médica negra”. El racismo, la xenofobia y la hegemonía de la mirada europea sobre Sudamérica se expresa en estas palabras y en el hecho de que la mayoría de las películas y novelas brasileras no son protagonizadas por personas de color. Lo negro no solo no es revindicado, sino que es invizibilizado, retratado solo del lado de la marginalidad, la drogadicción y la violencia.

Todos estos estereotipos del “sentido común”, junto con las penosas condiciones de existencia, no permiten -sobre todo para los hombres- una salida real de la favela. Prueba de ello son las historias de vida de varios de sus protagonistas, que habiendo participado de una de las películas de mayor alcance mundial, aún se ganan la vida  lavando el piso de un comedor o vendiendo maní en los colectivos. No todas las historias son como las del cantante Seu Jorge o los actores Douglas Silva, Alexandre Rodrigues y Alice Braga. Algunos de ellos quedaron condenados por la historia y es aquí donde la ficción se mezcla con el documental ya que muchos de los actores terminaron viviendo su papel hasta el máximo, muriendo en manos del gatillo fácil o padeciendo la miseria en carne propia.

Ciudad de Dios – 10 Años Después constituye un logro por intentar retratar la verdadera realidad detrás de una de las favelas más grandes, peligrosas e importantes de Río de Janeiro y las verdaderas condiciones de vida en las que se encuentran inmersos todos los actores que han protagonizado la película y las nuevas generaciones por venir. Así se teje entre retazos un hilo de esperanza en el que muchos intérpretes escaparon de este universo desvalorizado y convirtieron todas sus penurias en sueños hechos realidad, al igual que Buscapé, teniendo como únicos recursos su fe y su cámara.

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Por Sofía Lara Gómez Pisa

Una década después del estreno de Ciudad de Dios, de Fernando Meirelles, los documentalistas Cavi Borges y Luciano Vidigal rastrearon a los actores de la película, muchos de ellos residentes de las favelas, para mostrar sus condiciones actuales y reconstruir sus trayectorias. El resultado puede verse y entenderse en soledad, pero el film original es ineludible, incluso desde el mismo título: Ciudad de Dios – 10 Años Después.

Los documentalistas repasan distintos factores sociales y económicos, y hasta permiten que uno de sus entrevistados, Rubens Sabino (Neguinho en la película), cuestione los objetivos del proyecto. ¿Qué es lo que buscan? ¿Morbo? ¿Lucro? Otros, en cambio, critican el film de Meirelles o la industria audiovisual brasileña. ¿Por qué aparecen tan pocos actores negros en la televisión? Y cuando lo hacen, ¿por qué tan a menudo encarnan a criminales o traficantes? (Obviamente, Ciudad de Dios contribuyó a reforzar este estereotipo.) Una mujer hasta insinúa que el rol de su hijo en la película, como pequeño pandillero, lo llevó a convertirse en un verdadero delincuente (aunque no le echa la culpa a Meirelles). “No supo diferenciar entre la realidad y la fantasía”, se lamenta.

Algunos miembros del elenco, como Sabino y Alexandre Rodrigues (Buscapé), recuerdan con amargura el relativamente escaso dinero que cobraron por sus participaciones, y Leandro Firmino (Zé Pequeno, el más sanguinario de la trama) habla de Ciudad de Dios como de una vida pasada mientras pasea por calles polvorientas. Pocos de sus colegas alcanzaron el éxito: entre ellos, Alice Braga (Angélica), como actriz de Hollywood, y Seu Jorge (Mané Galinha), como actor y cantante. Pero igual los invade el pesimismo: Seu, con desgano, declara que los negros en Brasil no obtienen conquistas sociales.

La relación entre la película de 2002 y este documental es de dependencia, no de complementariedad. Quienes nunca hayan visto la primera, ignorarán parte del sentido del segundo. Incluso, el proyecto de Borges y Vidigal podría funcionar como contenido adicional para una edición en DVD o Blu Ray de Ciudad de Dios. Algo que, por el momento, no es el caso: se exhibe como obra individual, en el marco del 5° Cine Fest Brasil – Buenos Aires.

Sin embargo, es un documental medianamente ambicioso. Es cierto que dispara muchas ideas sin profundizar en ninguna: la espectacularización de la pobreza, el racismo institucionalizado, la arbitrariedad del destino, la lógica del negocio cinematográfico mundial, la inclusión social. Pero al menos resulta válido como punto de partida, aunque el terreno que explora es demasiado amplio como para abordarlo en setenta minutos.

Borges y Vidigal contemplan Ciudad de Dios como a un animal suelto. Es un objeto de conversación, un catalizador de debates, un repositorio de esperanzas. Quienes están afuera de las favelas usan la película como instrumento aleccionador. Y quienes están adentro la emplean como barómetro, para medir cómo la sociedad reacciona, o no, ante una representación de su cotidiana pobreza. En ambos casos, el film opera como una ventana a través de la cual ambos sectores se miran pero no se tocan.

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Por Guido Pellegrini

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