07.03.16
Columna _ Laura

¿Blend o single malt?

Tercera columna escrita en el lapso de una semana y media. Con ninguna de las dos anteriores se han encontrado ustedes. La primera la iba de mi estancia en Punta del Este durante el Festival Internacional de Cine. Una experiencia remarcable, dado que se estrenaba allí la primera película que protagonicé. Les hablaba del mar, del hotel en el que estaba, del estreno, de lo cálida que es la gente del festi, de hacer nudismo, de sexo, de lo bien que me veo en la pantalla (modestia aparte), de la comida, del amor, de las películas… Era entretenida, divertida, pero no la envié, no sé por qué.

Más tarde escribí la columna obvia por estos días: los premios Oscar. Allí me metía con el premio para Leo, con la tristeza por Sly, un poco de fashion pólice, algunos chistes, algunos pataleos, no pocos comentarios sobre el racismo de la noche, le daba a Will Smith su cachimbazo y, otra vez, era todo divertido, entretenido y, sin ir muy lejos, bastante delirante. Pero esa tampoco la envié, algo en mí hacía ruido y, paradójicamente, las dos se parecían bastante. No en el estilo, lo que sería obvio, si no en un cierto grado de levedad, de burbuja. Claro que yo no tengo nada contra las burbujas, de hecho me fascinan, pero por estos días me encuentro más afín a la malta. Me he apasionado con el universo del whisky y ando de acá para allá probando blends y leyendo libros; anotándome en eventos y gastando lo que no tengo en experiencias que todavía ni siquiera entiendo del todo. Pero algo en mi garganta se llena de goce cada vez que agarro una botella y pruebo algo nuevo, algo ahumado, algo denso, fuerte, meloso, cremoso, dorado, “game changing”… Sí, por estos días se me ha dado por el whisky, ¡y con ganas!

Como quien dice, la cosa se está poniendo más fuerte. Tal vez sea la edad, tal vez sean los miedos que han reverdecido, tal vez sea el terror permanente de perderlo todo. De perder esta paz maravillosa que hay en mi hogar. Porque mi mente no es de la que están en paz, pero mi casa sí. Mi casa es un oasis de amor, paz, calor, tibieza, refugio… Y no sé si es por el whisky, o por el temor a la vejez o, simplemente por el hecho de no desperdiciar una oportunidad más de amar, que adoptamos otro gato. Y toda la casa es una cruel batalla campal. Y yo estoy acá, renegando de mí misma y creyendo que he arruinado a mi familia, por haberle traído otro integrante. Todo eso y hablamos de un gato, ¡no de un niño! Dios, ¿puede ser mi vida tan absurda?

Estoy en el living, junto a mi gata Cocó que es la minina más feroz sobre la faz de la Tierra y nos está pegando a todos un pesto infernal mientras trata de acostumbrarse al recién llegado. Ella es la madre tierra encarnada en su ferocidad, su salvajismo, su fertilidad y su amor. Estamos juntas escuchando a los Stones, acuciadas por la amenaza del dengue y el cáncer, y yo no puedo más que pensar en la tranquilidad de mi hogar como una especie de paraíso perdido. Estábamos tranquilos y tuvimos que mover el avispero trayendo a casa al nuevo bebé: Leono Leo Dicaprio Bowie Pepouni es su nombre completo, o su falta. Y aunque hasta ayer no vivía con nosotros, ahora parece que no vamos a poder concebir nuestra familia sin él. Pero mis gatos eran un clan y ahora están todos locos, sufriendo, peleando y tratando de abrirse paso en esta situación que los ha tomado por sorpresa, luego de vivir solos por casi diez años.

¿Soy acaso una destructora de hogares? ¿Me robé esa única y dorada paz que obtenía en mi hogar, o me estoy dando la oportunidad de no envejecer tan rápido y de que mi familia tampoco lo haga? ¿Estoy ensanchando nuestros corazones, o traje la desgracia a la casa? Me siento angustiada y esperanzada a la vez. Y todo es muy, pero muy raro. La vida patas peludas para arriba.

Pensaba en los puntos de no retorno. Los puntos límite. Cuando ya no podemos no saber lo que sabemos, o deshacer lo que hicimos, o reconstruir lo que aniquilamos. ¿Es siempre para peor? ¿Cabe la esperanza de que todo sea para mejor? ¿Qué precio se paga por subvertir los órdenes establecidos en busca de más? ¿Lanzarse a eso es valentía, o suicidio?

Me siento más vulnerable que nunca y le veo a todo el mundo los hilos de manera brutal, espantosa y violenta. ¿Qué diablos estoy haciendo con mi vida y con la vida de los que amo? Y parece que no puedo encontrar tranquilidad en este derrotero de autocompasión, arrepentimiento, esperanza, amor, orgullo, apoltronamiento, guerra pelada, y dulzura. Y entonces, mientras Cocó se decide a dormir, reinando sola en el living, yo encuentro alguna película en el cable y todo vuelve a ser pacífico.

Otra vez el cine como bálsamo, como refugio para acallar las angustias de la existencia común. Allí está otra vez el faro dulce de mi vida. Allí viene al rescate. Ustedes estarán hartos de que me haga estas preguntas, pero la realidad es que el cine siempre me las responde. Y para dar por inaugurado este año de columnas, ya es marzo y es oficial, déjenme contarles esta pequeña historieta que acabo de protagonizar.

 Como les decía, estaba en el living junto a Cocó, escuchando a los Rolling Stones, y para hacerlo más loco todavía sonaba “Old Habits die Hard”. Yo estaba por ponerme a escribir esta columna, para desahogar mi compungido espíritu. Mi mente se deshacía en la zozobra de la duda. Todo estaba silencioso. Leo estaba en el cuarto de huéspedes, aislado, Oberón encontró refugio en uno de los placares del pasillo y no asomó más el hocico, y Leia y Cerebro dormían la siesta con el Chuchi. Todo distinto, todo diferente porque siempre estamos juntos los domingos, metidos en la cama. Y hoy eso no era posible, por lo menos no si no queríamos que Cocó nos arrancara la cabeza. Y por supuesto, yo me regodeaba en la inconducencia del lamento. Todo el tiempo con ganas de llorar, pensando en lo mucho que hace ya que estábamos los seis, felices, que nada cambiaba, que estábamos tranquilos, lleno de alegría, de paz y de tranquilidad. Pensaba en cómo dormíamos todos juntos, en cómo confiábamos los unos en los otros, y yo ahora había violado esa confianza, trayendo un extraño a la casa, esperando que se hiciera parte la familia. ¿Por qué no me apegué a lo conocido, si ya todo estaba funcionando perfectamente? ¿Por qué no seguí esta tradición de calma y confort, en vez de remover el avispero y poner todo de cabeza? Y fue allí en que levanté la vista y todo sucedió. Había dejado puesta Un Príncipe en Nueva York, de Landis. En la pantalla la sonrisa extralarge de Eddie Murphy destellaba cegadoramente. Yo levanté la cabeza y Eddie, mirándome directamente a los ojos, me respondió: “También es tradición que las cosas cambien”. ¡Chupate esa mandarina, baby! Para Delfos que lo mira por TV.

 Así que aquí estoy, viendo qué carajo trae esta nueva situación a mi casa. Ojalá que sea para más felicidad. Como siempre ha sido, cada vez que tomé riesgo con algo.

 Y mientras me sirvo un whiscacho antes del partido les digo ¡salud, y que vivan los blends!

Laura Dariomerlo / @lauradariomerlo

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