15.05.19
Columna _ Laura

Canción de Hielo y Fuego

Esta columna estará llena de spoilers, así que los que todavía tienen la mollera abierta y creen que la ficción es solo disfrutable si sorprende, paren en seco aquí y no continúen la lectura de esta obra maestra del análisis si todavía no vieron el capítulo 5.

Hoy atacaremos varios puntos, todos ligados a los arcos dramáticos y de personajes. Arcos que han generado sendas y acaloradas discusiones entre la muchachada fanática.

Tacleemos de entrada y sin tapujos el más polémico de todos: Daenerys Targaryen. La madre de Dragones, la que no arde, reina de los ándalos, rompedora de cadenas, blá, blá, blá… Y es que, no poca gente, está sintiendo algo forzado su derrotero de transformación y lloriqueando como niños caprichosos, levantando el puño en alto, exigiendo que les devuelvan el dinero.

Vamos, amigues… tienen que aceptar que los mojones de su gen aeryco fueron puestos acá y allá desde la temporada número uno. Quienes hemos leído los libros y accedimos a los pensamientos, a la voz en off, a la conciencia de Daeneys sabíamos que esto tarde o temprano podía suceder. Y, si bien desde mi punto de vista hay sembrada información suficiente, es en ese orden en el que el show elige depositar demasiada confianza en la capacidad de análisis de sus espectadores. En la serie nunca la hemos escuchado pensar, nunca supimos hasta qué punto odia Daenerys, cuánto sigue llorando la pérdida de Drogo y cuánto trauma infantil no resuelto carga en sus hombros. Es por eso que, tal vez, a algunos de los seguidores no les cayó la moneda con la suficiente contundencia.

Martin guió a los escritores de la serie hacia el fin del relato con su verdad en la mano. Hay que confiar en esa mano. Las facetas de esta mujer que viene luchando con demonios literalmente desde que salió del vientre materno, fundamentan rigurosamente todas sus acciones. Y les digo a quienes no atestiguaron su cambio que estaban bastante cortos de vista. Daenerys hizo suya una causa ajena, una causa que jamás le perteneció, solo por venganza contra Robert. Cuando Robert envía emisarios para que la asesinen, Drogo declara la guerra a Poniente y ella se le suma. No lo decide, no lo ha deseado desde siempre, se apropia de un deseo ajeno. Adquiere un móvil heredado de su inútil hermano Viserys primero, y de su fervoroso y bestial marido Dothraki, después. Los motivos primigenios de Daenerys jamás fueron libertarios, fueron transformándose mientras crecía y aprendía sobre el dolor y la crueldad del mundo. Mientras era violada, vendida, humillada, engañada, amada, rota y vuelta a armar. Solo una vez muerto Drogo, anidó en ella la sed de dominio y la venganza. Solo allí avanzó, conquistó, subyugó y también liberó.

Ahora, pensemos, ¿estamos seguros de que lo que está haciendo está mal?

“Yo voy a romper la rueda”, decía. ¿Y qué es esto si no romper la rueda? Destruir la rueda significa subvertir el sistema de poder de Poniente. Acabar con los señorazgos, acabar con la monarquía, buscar un gobierno del pueblo. ¿Puede hacerse esto sin fuego sobre la generación que lo permitió? Es una pregunta válida. ¿Puede llevarse a cabo sin eliminar al heredero legítimo del trono, que puede restaurar este sistema mediante la fe de un pueblo que jamás se reveló? Todavía no podemos predecir los siguientes movimientos de la Reina Dragón. Pero, si bien se veía venir su locura, sus nobles acciones pasadas ofrecen también terreno fértil para un volantazo final. Y toda esta complejidad es posible gracias a un trabajo de construcción de personaje que se ha fundado con profundidad, con minuciosidad, y gran humanidad, digan lo que digan los charlatanes.

Punto número dos (y mi favorito): Jaime Lannister.

¿Qué diablos han estado viendo los que afirman que el arco de Jaime ha sido tirado por la arcada de la torre? ¿Acaso no vieron la serie, acaso no presenciaron el amor irrenunciable que siempre sintió por Cersei? Me dan ganas de arrancarme los pelos pero, tranquilamente y calmados, hablemos un poco de las millas que este hombre ha recorrido y cómo lo han ayudado a definir el sentido de su vida. A ver si así entienden algo ustedes, vulgo omnipresente en redes, autobuses, panaderías, depiladoras, almohada contigua a la mía y en la calle.

Jaime Lannister no es más bueno ni más malo que nadie en Poniente. Sus muertes no son más horribles ni menos redimibles que las de ningún poderoso del show. Matar por la espalda no lo hace un cobarde. De hecho él era letal antes de perder la mano y bien podía matar y rematar de frente. Ned Stark lo sabía mejor que ninguno, y aún así en su magnífica y redomada hipocresía, lo ponía por debajo como si tuviera derecho. Bien degollado fue, maldito puritano intransigente.

Jaime no necesitaba expiar pecado por Bran, las cosas que él hizo por amor estaban ampliamente justificadas. El arco de Jaime no fue hacia la redención, no fue de malo a bueno, fue hacia la afirmación de sí mismo. Es por eso que cuando Brienne le dice que él es un buen hombre, que merece ser feliz, él le da la espalda. Él ya sabe todo eso, ya lo sabe de sobra. Lo sufre hace años.

Se granjeó a pulso el conocimiento de sí mismo presenciando el parto de hijos que no podía criar como propios, escuchando al rey humillar a su hermana, abofeteándola delante de amantes, prostitutas y viejos amigos norteños con honor de naftalina. Salvando a una mujer ridiculizada y vituperada de la lucha contra un oso, defendiendo a su hermano enano, salvándolo de la muerte permitiéndole escapar de su cautiverio. Devolviéndole las hijas a Catelyn Stark. Ofreciéndole piedad a Olenna Tyrel. Perdonando a Cersei todas sus infidelidades aún cuando él se mantuvo solo disponible para ella casi hasta el final de su vida.

 ¿Y aún creen que Jaime no era honorable al principio? ¿Por qué, solo porque lo decía el soberbio de Ned Stark?

Tyrion llega a una de las escenas más memorable del show a confirmar esta noción: “Tú eres la razón por la que sobreviví a mi infancia… Sí, te importan los inocentes”. Y lo deja escapar poniendo a un lado el rencor que siente hacia Cersei. Orquestando un salvoconducto para que ambos huyan y puedan criar a su hijo en paz. Tyrion ratifica a Jaime, sabe que su cinismo es la fachada que eligió siempre para lidiar con el juicio del mundo que se erguía sobre él. Un juicio que le pesaba porque tenía más honor que muchos empolvados norteños. El desvío con Brienne fue una muestra de cariño hacia la otra persona que lo vio como en verdad es. La única mujer con la que durmió en su vida aparte de Cersei. Y solo le sirvió para reafirmar que la verdadera amada, la total, la eterna era su hermana, su melliza, su compañera de útero, la madre de sus hijos muertos, su amor más grande y absoluto, su perdición y su felicidad.

Jaime Lannister es el más hombre de todos los hombres de Poniente.

Al diablo con Ned y sus maneras machirulas, por las que sacrificó a su familia cegado en una mala interpretación del honor. Interpretación adusta, dura, machista, incapaz de fluir con la verdad, con el amor y con la compasión.

Al diablo con Jon que jamás amó nada lo suficiente, ni siquiera a su alma gemela, el lobo que lo acompañó toda su vida. Al diablo con Tyrion que jamás pudo superar el desamor de daddy. Jaime es el hombre que se conoce a sí mismo. Es el hombre que sabe lo que ama, por qué lo hace y a pesar de qué. Jaime Lannister es una ventana al alma humana en su máxima expresión. Elige amar con los ojos abiertos, y morir mirándole a la amada la parte del alma que solo él ve: la de una mujer desesperada frente a todo el mal que le han hecho. Sin duda alguna la historia de amor más grande y verdadera de Westeros. ¡Gloria absoluta a estos dos magníficos personajes!

Y, finalmente, el punto tres de hoy, más tranquilo, desapasionado y meditado: La canción de Hielo y Fuego, Jon Snow.

Ya sabemos hace rato que La Canción de Hielo y Fuego es Jon Snow. En él conviven la sangre congelada de los Stark y la fueguina de los Targaryen. Si asumimos correctamente que el título original de los libros de Martin remite a él, la lógica prácticamente nos obliga a creer que es él quien debe sentarse en el Trono de Hierro, en el caso de que Daenerys no llame a elecciones libres y se haya vuelto piruchoide del todo. Ahora bien, la ceguera de Jon frente a ella no nos habla favorablemente de su capacidad previsora, aún estando al unísono con algunas mentes bastante brillantes como la de Tyrion. Tampoco ayuda a la causa de Jon su falta de amor. De un amor real, duradero y firme. Jon, en el fondo de su corazón, sigue siendo un bastardo. Y gusta de dejar atrás hogares, como la más nómada de las almas. Dejó Winterfell, dejó y traicionó al Pueblo Libre, dejó Castle Black, dejó a pie a quienes lo nombraron Rey en el Norte. Daenerys tiene razón acerca de que es amado y ella no, el problema es que es él quien no ama, o no ama lo suficiente.

Su desarraigo, su crianza segregada, discriminada, humillada, siguen haciendo mella dentro de él y lo fustigan. Creo que la única razón legítima, aparte de ser el hijo de Rhaegar, que puede convertirlo en el rey, es el hecho de que no quiere el trono. Y esa razón tiene su origen en su incapacidad para amar lo suficiente. Lo que provoca una paradoja casi insoportable. Se le exige al monarca que ame su reino, que sea su madre y padre, a la vez que sea justo al punto de ser capaz de abandonarlo. Jon entra en esa categoría por la puerta grande. Alguien podría argüir que sea porque se yergue por sobre el apego del amor siendo así el más adecuado y tendría algo de sentido. Pero para que me vendan esa fruta, el capítulo que viene tendrá que ser inmortal.

Más allá de todo, la verdad va develándose indomable y sin concesiones. Y aunque algunos pataleen, va a ser difícil empardar la pasión, el compromiso y la devoción que este show a sembrado en los corazones de una generación entera.

Disfruten o sufran, de todas formas:

¡Dracarys bitches!

© Laura Dariomerlo, 2019 | @lauradariomerlo

Permitida su reproducción total o parcial, citando la fuente.

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