A Sala Llena

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Defendiendo al Calvito Dorado

Defendiendo al Calvito Dorado

Qué fin de semana, eh…

Y finalmente pasaron los Oscar y ya estamos aquí agarrándonos de las mechas. Mucha gente pululando en las redes sociales, quejándose de la premiación y, como todos los años, emprendiéndola otra vez contra el premio y volviendo a los consabidos entredichos acerca de su valor artístico. Esta columnista defenderá siempre al calvito dorado, como el más democrático de todos. Miles de tipos votando, miles de tipos que laburan de lo que votan y eligen lo que más les gusta. Es verdad, hay loby y es potente, pero al final, el chabonsito mete el voto y está solo con su gusto, su preferencia y su conciencia. Y eso se multiplica por unidades de mil. Y el que diga que en festivales como Cannes, Rotterdam o Mar del Plata la cosa es igual de democrática, está rematadamente loco. No es lo mismo limitarse al gusto de cuatro o cinco personas que componen un jurado, que la elección que hacen más de seis mil tipos emitiendo un voto. Lo único que falta es que los traten de choripaneros y ahí la tenemos completita.

Es cierto que todos los años mucha gente queda descontenta. Este año me indigné con lo de Birdman, e inclusive twiteé unas cuantas barbaridades haciendo lascivas y desubicadas alusiones acerca de los favores sexuales que Iñárritu debió ofrecer para alzarse con la estatuilla. Eso fue en el fragor del momento y porque había películas que me gustaban muchísimo más. Pero, a la vuelta del frenesí cuasi futbolero que me embargó, no tuve más cosa que hacer que ponderar el proceso y aceptar que hay mucha, pero mucha gente, que adoró la película.

Todos los años engrano por algo. El año pasado fue porque no se lo dieron a Leonardo, el anterior porque Ben Afleck no estaba nominado como director de Argo, por la inclusión de la impresentable Life of Pi, y así sucesivamente. Pero aun ante todo eso, aun ante la desilusión de que no se lo trajera Relatos Salvajes (yo me re había envalentonado en este último tiempo conque lo traíamos) no dejo de creer que sigue siendo el premio más importante que una película puede recibir.

Así y todo, la ceremonia de este año fue la que menos disfruté en toda mi vida. Y sí, incluyendo la que James Franco condujo completamente fumado. Por lo menos en esa, el pibe dio la nota y me cagué un rato de risa viendo cómo los ojos se le iban achicando más y más, a medida que la noche transcurría.

Soy muy fan de HIMYM y he visto a Neil Patrick Harris conducir otras entregas, por lo que de verdad estaba contenta con que él fuera el anfitrión de la noche. Esperaba mucho, pero mucho de este tremendo showman, que ya ha probado y re probado que es un talentoso. Ahora, el domingo, no sé qué fue lo que le pasó, pero estaba absolutamente fuera de tempo. Y sí, esto es en relación a uno de los pocos chistes efectivos que hizo en toda la noche, refiriéndose a Whiplash. Neil se veía como un pez fuera del agua, su maravilloso timing de comedia parecía haberse desvanecido entre la solemnidad de su rostro, la falta de brillo escénico y los nervios que lo traicionaban a cada momento. Faltó efectismo, faltó glamour, faltó el brillo rutilante que hace de la ceremonia un show con todas las letras. En la entrega de los Oscar se puede ser cualquier cosa, menos sutil. Había arrancado muy bien en la presentación, y el chiste musical con Ana Kendrick y Jack Black nos dejó un placentero sabor de boca, que fue esfumándose conforme se consumía la velada.

No, Neil, no funcionó y de verdad lo lamento. Me encantaría que te dieran otra chance, tal vez compartiendo el escenario con el gigantesco Hugh Jackman o con la súper carismática Ellen Degeneres. Ojo, en una de esas estabas un poquito verde para salir al ruedo solo, o quizás, solo quizás, estabas con una diarrea fulminante y no pelaste el cien por ciento de tus capacidades.

Los premios de la Academia siempre están sujetos al debate y el escarnio popular. Pero aun así, no pierden ni su vigencia, ni su magnificencia. Entiendo la voluntad del artista, de establecerse más allá de los galardones. Creo que es sano que no se deje definir por ellos. Pero, así y todo, ganarse un Oscar es mucho, muchísimo menos que moco de pavo. Así fue, así es y así será, por lo menos hasta donde termina mi nariz, que ya es mucho decir.

En cuanto a la moda, la entrega fue de las más parejitas. Nadie hizo ningún papelón relevante entre las chicas que revestían importancia en la jornada. Y ahí sí hay que anotarle un gran poroto a Harris, que se vio deslumbrante en cada uno de sus outfits, incluso en calzoncillos. Hay que llenar ese sleep blanco muchachos, eh…

Por lo demás, salvo Michael Keaton que se la pasó mascando chicle como un frenético, nadie se engrasó demasiado. Pobre Michael, fue triste verlo meterse el discurso en el bolsillo, aun sabiendo que no se lo merecía frente Eddie Redmayne. Michael es una leyenda y un pedazo de mi corazón quería que se lo llevara, aunque fuera de canuto.

No sé qué les habrá parecido a ustedes, pero me encantaría que opinaran. Despáchense con toda la artillería con la que cuenten, no se queden con nada. Espero sus comentarios y prometo que si hay polémica, esta vuelta, me re trenzo.

Para finalizar y con todo mi espíritu cinemaníaco, los insto a que no dejen pasar esta semana sin ir a ver Kingsman: El Servicio Secreto. Es MARAVILLOSA. No se la pierdan y no se pierdan nunca la oportunidad de ir al cine.

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