28.05.19
Columna _ Laura

El muñeco de Nieve

Siguiendo con el análisis de personajes de GOT, y habiendo visto ya el detrás de escena de la última temporada proyectado en forma de homenaje, vamos a meternos hoy con nuestra amada y vapuleada Canción de Hielo y Fuego in the flesh: Jon Snow.

Ayer, mientras veía su despedida del show, su última escena y toma, y como rompió en un llanto conmovedor y fervoroso cuando lo despidieron, dando un discurso sentido, emotivo, me pregunto: ¿dónde estuvo ese hombre sensible todo este tiempo?

Es que hace varias temporadas que, ya sea por elecciones de interpretación o por búsquedas de dirección, el personaje encarnado por Kit Harignton parece haber congelado sus emociones, conteniéndolas contra natura y ahogándolas escena tras escena. Poco quedó en las últimas temporadas de ese muchacho enérgico, decidido, algo resentido y cándido de las primeras. Un hombre casi ilegible, hosco y rígido lo reemplazó de manera un tanto decepcionante. La pregunta, por supuesto, es por qué.

Adentrémonos un poco en la psiquis de este personaje que, si bien parece a priori menos sofisticada que las de sus coprotagonistas, es sin dudas mucho más entreverada de lo que deja verse. Arranquemos por lo que ya sabemos: Jon no ama, o no ama lo suficiente. Y tratemos de desarrollar la noción y sus ramificaciones.

Cuando aseveramos que Jon no ama, decimos que Jon no ama por encima del deber. Y nadie que no ama por encima del deber ama realmente. En el último episodio nos lo pasaron en limpio incluso en palabras. Tyrion, el narrador por antonomasia de la historia, tal vez los ojos del autor en los libros y en el show, lo enuncia de manera inequívoca y subrayada. Y lo hace aún cuando no era necesario. Nunca, jamás en todo el desarrollo de la serie, nada que Jon hiciera nos engañó como para distraernos y creer que se desviaría de su propósito inicial. Incluso morir. Ni su amistad con Mance Rayder, ni su lazo fraterno con Tormud, ni su amor por Ygritte, ni su odio por Casaca de Matraca, ni su enemistad y rencor manifiesto por Allister Thorne. Y mas que nada, jamás dudamos acerca de que iba a hace lo que tuviera que hacer con Daenerys Targaryen. Hasta matarla.

¿Y por qué nos pasa todo esto? Porque Jon es un bastardo. El bastardo de Ned Stark a los ojos de todo el mundo. Y el encono con el que Catelyn Stark lo crió inoculó el más paralizante de los venenos.

Ya sea por honor, soberbia o estupidez, Ned Stark jamás le dijo a su esposa que Jon no era el fruto de una infidelidad suya, si no el hijo de su hermana muy amada. La dejó vivir en la deshonra y la humillación, y eso desató una vertiente de rechazo, desprecio y furia, liberada por la mujer, contra el pobre e inocente vástago. Recordemos que Catelyn ni siquiera permitía que Jon comiera con ellos, a duras penas dejó que se despidiera de Bran cuando partió rumbo al Muro. Es por eso que en el show, la muerte de Rob Stark y la caída de Bran son, de alguna manera, el castigo divino contra Katelyn. La madre impiadosa, incapaz de perdonar, de los jóvenes lobos.

Castigada y todo, Catelyn le hizo un lindo numerito a Jon para toda la cosecha. Y se le metió de manera profunda bajo la piel. Lo convenció de que no era digno y jamás lo sería. Y lo que vemos en el arco de Jon como una constante casi irritante, es su necesidad de probarse digno.

Jon viste el negro de joven para atender a una tradición. Corre al muro a donde era más que los delincuentes que llegaban, pero menos que los lores que lo comandaban. Allí podía probar su valía y equiparárseles, incluso liderar. Cerca de Benjen, el tío que siempre lo quiso, y guardando el Norte, la tierra de su supuesto padre, que lo miraría lleno de júbilo y admiración, si no fuera por el hecho de que su cabeza ya estaba en una lanza.

Aún sabiendo que era el legítimo rey, Jon sigue sintiéndose indigno y prefiera ungir a una reina usurpadora, que verse en el trono. Y en esa paradoja de desamor y desamparo, cumple una vez más con su deber, matando a la mujer que amaba. Por supuesto jamás nos creímos que lo hiciera. Nunca lo vimos, nunca se lo permitió. Dobló la rodilla, le hizo el amor en la escena más incomoda de todo GOT y después la defendió sin demasiado convencimiento de sus dos hermanas, de Varys y de Tyrion. Se negó desganadamente a sentarse en el trono y finalmente la acuchilló. Y lo movió a hacerlo la amenaza sobre el Norte, la tierra del padre al que todavía le grita que es digno, que merece un lugar, que su sangre bastarda está limpia y no hay nada que temer. Que no se corromperá, que no traicionará, que no torcerá los designios y mandatos bajo los que fue criado. Y no lo hace, ni siquiera ante la prueba flagrante de que el mundo es mucho más vasto de lo que Ned esgrimía, mucho más complejo y matizado. Jon todo lo ve por los ojos de su padre y aún cuando esos ojos eran bastante limitados, en su búsqueda de probarse valioso, Jon elige seguir mirando a través de ellos. Y esto lo congela en un deseo que obtura sus emociones y le restringe la pasión.

Sabiéndose hijo de Rhaegar Targaryen, ni por un solo momento se pregunta quién era, qué quería, cómo y cuánto lo había amado su verdadero padre. No se hace preguntas acerca de su madre y su sufrimiento, acerca de las condiciones en las que fue concebido y parido. Lo único con lo que choca es con la verdad aplastante de que Ned no es su padre. “El hombre más honorable que he conocido”, dice. El hombre a quien toda la vida quiso probársele digno, el hombre cuya vindicación busca desde que tiene memoria. Y entonces ahora: ¿dónde mete ese deseo, esa conquista infructuosa?

¿Se han preguntado por qué Jon no quiere reinar aún cuando sabe que es el legítimo heredero? Muy simple: reinar sería aceptar que no es el hijo, aunque fuera bastardo, de Ned Stark. Y entonces ya no habría con quién seguir probándose. Entonces ya no habría motivos para seguir buscando, dejando atrás, abandonando. Ya podría quedarse quieto.

Jon jamás fue libre y es por eso que el final le hace justicia. Se reencuentra con su lobo, el lobo que su padre le regaló, el que prueba que es parte de la manada y huye al Norte. Mucho más al Norte, mucho más rumbo a Ned Stark. Se va con los Salvajes y desaparece. Desaparece en un plano tan maravilloso, como triste.

 Porque si no es hijo de Ned Stark, no es nadie.

© Laura Dariomerlo, 2019 | @lauradariomerlo

Permitida su reproducción total o parcial, citando la fuente.

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Una respuesta a “El muñeco de Nieve”

  1. Marcelo dice:

    Me encantó!!!!

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