31.05.16
Columna _ Laura

Joven y bella

Hay que sacarlo todo afuera, como la primavera…”, dicen, y yo vivo sacando todo afuera. Vivo poniendo en palabras lo que me sucede, lo que siento, lo que voy a atravesando. Pero últimamente siento que sacar todo afuera no es suficiente. No soy quien quiero ser, no me conozco, no me encuentro por ningún lado. Comienzo a convertirme en un enigma total, y no para los otros, si no para mí misma. Me siento opaca, oscura, amargada, desmotivada, desconectada del mundo. Puedo estar presente en muy pocos lugares; me escondo, mi conciencia huye e intuyo enfermedades acechándome, aguardando, esperando a ver cómo capeo esto que me está sucediendo. Recurro a amigos o parientes y me despacho. Todos me dan consejos y yo los tomo como el culo, porque no hay nada que me digan que ya no haya pensado por las mías y que no pueda o no quiera llevar a cabo. Sé que el problema no es el mundo, sé que el problema soy yo, pero igual la emprendo contra el mundo, porque a veces lo odio y con él a todos los que están adentro. Me siento amargada, descreída y cínica. Estoy a un paso de ser una mina de mierda y no consigo sacar amor  de adentro de mí. Miro todo y todo me da risa y rabia. Parece que jamás me hubiera ido de los dieciséis años, porque la furia es la misma y, a la vez, siento que lo único que hago es esperar la muerte. ¿Esta es mi vida, esto es lo que he logrado, esto es lo que soy? ¿Dónde puedo encontrar otra vez el placer? ¿Cuándo voy a volver a reír como solo yo sé?

No sé quién soy y, a la vez, extraño todo de mí misma.

Hay píldoras aconsejadas para lo que tengo, pero no tengo ganas de tomarlas; hay terapia aconsejada para lo que tengo, pero ya estoy hasta el copete de terapeutas. Todos me han ayudado mucho, pero hasta cierto punto. Al final, algunos mostraron su humanidad con el mayor desparpajo y la más absoluta de las imbecilidades, lo que me hace descreer y desconfiar. Me analizo desde los seis o los cuatro años, por hache o por be. Pero ahora no encuentro mi rush… No lo encuentro. Y me aterra pensar que esto es lo que seré, que esto es lo que me queda por ser.

Este fin de semana me topé con varias películas excelentes que me hicieron reflexionar. Maggie de Henry Hobson; Amigos con Dinero; de Nicole Holofcener; y Joven y Bella, de Françoise Ozon. En todas encontré preguntas, provocaciones, interpelaciones.

Maggie, la obra maestra que presenta el drama de una adolescente infectada con un virus irreversible que la convierte en zombi, y su padre que no se resigna a dejar que se la lleven en cuarentena hasta que muera, me puso frente a las preguntas del amor y la muerte. Amar a un ser que está muriendo, enfrentar su extinción, su lenta conversión, su salida, su huida. Y los peligros de que su enfermedad también nos enferme, si no de lo mismo, de dolor, de miedo, de flagelo, de castigo, de resentimiento, de llanto. Amar a alguien profunda y verdaderamente, y presentir su falta desesperadamente. Hobson logra que Arnold Schwarzenegger la rompa en cuatro mil pedazos, como el padre de una chica dulce y maravillosa (Abigail Breslin), que de apoco va transformándose en carne muerta caníbal. ¿Cuánto sufrimiento somos capaces de soportar los seres humanos? ¿Cuánta falta? Y estoy acá preguntándome si la vida será eso de ahora en más: pérdida, muerte, llanto, cinismo y carnecomecarne.

En Amigos con Dinero, una muy amargada Frances McDormand se pregunta eso de otra manera: “¿Es esta mi fabulosa vida?” le confiesa que piensa al marido mientras éste la increpa acerca de que no se ha lavado el pelo en meses. Y no tiene nada que ver con lo que tenemos, o con nuestra capacidad de ponderarlo y agradecerlo, es otra sensación. Es una oscuridad que sube por nosotros y va poblando nuestros pensamientos, nuestro estado de ánimo, nuestra gracia. Y no es que no queramos seguir viviendo, es que no esperamos, no anhelamos con la misma fuerza, con el mismo ímpetu arrollador que antes y eso, para los soñadores, es DEVASTADOR. Y yo me siento devastada. Y veo y reconozco mi estado, y lo abrazo, y lo asumo.

Sé que es hora de cambiar. Sé que es hora de VOLVER a cambiar. Porque la memoria falla en este estado y me hace creer que nunca antes he cambiado y que es este el primer cambio que voy a enfrentar. Y no es así. He cambiado muchas veces, muchas. Pero el miedo de no poder volver a hacerlo es fuerte, aunque sepa que las otras veces también debió serlo.

Joven y Bella, de Ozon, nos muestra a Isabelle, una chica arrolladoramente bella de 17 años, de una familia burguesa francesa, que después de su primera y decepcionante experiencia sexual, comienza a prostituirse por placer. Un placer oculto de motivación misteriosa. Bellísima, con una familia armoniosa y con dinero, Isabelle tiene una opacidad profunda, llena de enigma. Un alma extraña, exótica, intuitiva de la desazón del mundo a pesar de su juventud. Y allí va la hermosa, cogiéndose viejos, dando felaciones en autos, yendo a hoteles con la blusa gris de su madre y cobrando mucho dinero por venderse, sin jamás, ni una sola vez, darse de alguna manera. Nadie puede conocerla, porque ella misma no sabe quién es, no lo entiende. Lo único que comprende es el poder de su belleza y de su juventud y abusa de ella de la manera más salvaje, impudorosa y desprejuiciada. La vi unas dos o tres veces el fin de semana porque me maravilló. Y extrañé mi belleza y su poder. Extrañé la sensación incomparable de ser joven y me pregunté si había sentido alguna vez aquello que añoraba tanto. Y no di con la respuesta.

Las tres películas son maravillosas y siempre se puede recurrir a ellas, no en busca de respuestas, si no de buenas preguntas.

Es tiempo de volver a cambiar.

Esa decisión está tomada pero, ¿por dónde empezar?

Laura Dariomerlo / @lauradariomerlo

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