A Sala Llena

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Logan

Logan

Ahora que ya pasó el frenesí de los Oscar, ahora que ya quedó atrás todo ese asunto del error y el bochorno. Ahora que ya podemos resignarnos a que La La Land (2016) no haya tenido el galardón que se merecía por afano; y después de especular con todo tipo de teorías, desde el error senil, hasta el boicot de Trump, podemos hablar tranquilos de otras cosas. De nuevas cosas, de nuevas pelis. 

Y, por supuesto, si vamos a hablar de nuevas películas, tenemos que hablar de la mejor película de súper héroes de los últimos tiempos y que, coincidentemente, está en cartel justamente ahora: Logan: Wolverine (Logan, 2017).

James Mangold es un enorme director de perfil bajo. Sin la parafernalia que sigue a los directores considerados “autores”. La gente, entre la que me cuento, suele ser fan de varias de sus películas sin necesariamente saber que son de él. Así, largometrajes como Copland (1997, TREMENDA), Kate & Leopold (2001), Encuentro Explosivo (Knight and Day, 2010, DELICIOSA), o Inocencia Interrumpida (Girl Interrupted, 1999), pasan por nuestra vida dejando una huella distintiva, pero sin marcarnos el nombre del director a fuego.

Bueno, mis queridos chichipíos: después de Logan no olvidaremos el nombre de este tipo, ni a los noventa pirulos cuando nos declaren el Alzheimer.

Logan es todo lo que está bien con un film.

Con plantilla de western, esta historia descarnada, trágica y violenta, se vuelve de una hondura emocional tal y una carnalidad tan portentosa, que la verdad atrapada dentro es innegable, furiosa, triste, dulce y maravillosa. Aun cuando lloré a lágrima viva con el final, cuando me sentí espantosamente desolada, avejentada, angustiada y temerosa del futuro. Cuando me broté contemplando el hecho de que al ver la primera X-Men todavía era una estudiante de cine, y relacioné sin discriminación a Logan con Jackman y lloré por los dos, ni bien aparecieron los créditos aplaudí como una enajenada.

En Logan conviven miles de influencias que la vuelven perfecta. No sé si Mangold pensó en ellas cuando la realizó, pero a mí me las recordó a todas. Hitazos como Shane: El Desconocido (Shane, 1953) (obviamente, hay alusiones claras y denotadas dentro de la narrativa), Temple de Acero (True Grit, 1969), El Perfecto Asesino (Léon: The Professional, 1994), Un Mundo Perfecto (A Perfect World, 1993), Fugitivos (The Defiant Ones, 1958), Halcón (Over the Top, 1987) y, por qué no, algunas reminiscencias “MadMaxescas”. Aún así, Logan es única. Una verdadera gema que excede al género que habita primariamente y se vuelve brillante como obra singular.

Lo que hace de esta película algo remarcable, sin lugar a dudas, es el elenco inmaculado. Jackman es un animal de cine, una bestia de proporciones descomunales. En mi rating está en rango Tom Hanks, lo que para mí es como Gardel, Messi o Baryshnikov. Y el viejo Patrick Stewart tiene un ángel, una pinta, un timing de comedia y una inocencia senil tan virtuosa, que el contrapunto entre los dos no hace más que volverse exquisito escena tras escena. ¡Claro que los efectos son perfectos, claro que el sountrack es genial, y claro que toda la técnica se parte! Pero lo mejor de la película es el intercambio humano. La sensibilidad, la tragedia y la esperanza.

Hugh Jackman vuelve a Logan tan real que parece que va a salir de la pantalla a clavarnos sus garras o, solo en mi caso, a plantarnos un francés en la jeta.

Un párrafo aparte se merece la niña “Laura”(ya eso me emocionó) que permanece sin hablar las dos terceras partes de la acción, y que se desarrolla por eso como personaje ferozmente. La elección de casting también en este caso, redobla la calidad de toda la factura volviéndola impagable.

No pueden perdérsela. Recién arranca el año y ya tenemos semejante pedazo de cine en cartel. ¡Saquémosle provecho!

¡Logan, Logan, Logan, Logan, Logan!

Laura Dariomerlo | @lauradariomerlo

Todas las columnas de Laura.

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