Columna _ Laura

Reflexiones sobre el miedo

Son casi las dos de la mañana y estoy reflexionando sobre Stranger Things. Tengo los auriculares puestos y mi teléfono pasa música. La casa está sumergida en luz abandonada. Mi casa siempre tiene luces prendidas. Odio la oscuridad, no la soporto.

Cuando era chica en el pueblo, solían castigarnos tormentas de los mil demonios. Terribles. Se llevaban techos, derrumbaban paredones, arrancaban árboles desde la raíz. Por supuesto, también destrozaban cables de electricidad. Mi madre me cuenta que, apenas la luz se cortaba, yo despertaba del más profundo de los sueños en un solo grito. Era como si tuviera un radar para detectar la oscuridad. En cuanto la madrugada fundía a negro, yo abría los ojos en una ceguera artificial y aterradora. Todo el mundo se asustaba con mis alaridos.

Es una noche de reflexiones de todo tipo. Tengo un nudo en el estómago. ¿Acaso ya estoy vieja?

Esta temporada de Stranger… me está afectando mucho más que la anterior. Es más oscura, más aterradora, más evocativa. De hecho tengo que racionar los capítulos. Si bien es cierto que la novedad está adormecida, esta segunda vuelta es tanto más descarnada y adulta, que tengo que tomarla de a poco y con cierto grado de cautela.

Hasta él capítulo siete, que es en el que apagué el televisor, la serie es una enorme metáfora del miedo. Del miedo absoluto. Will, el chiquito que ha quedado hecho puente entre las dos dimensiones, una de ellas infernal, vuelve a ser el centro de la trama. Esta vez, el monstruo se le mete en la mente y el cuerpo como un virus letal. Espía a través de él y complota su horrible depredación.

El Monstruo de Sombra se asoma a la vida de su víctima en una invasión paulatina, pero sin cuartel. Y entonces la metáfora del miedo se hace clarísima y desesperante. Una criatura sombría que comienza de a poco a devorarlo todo.

Síntomas clarísimos de pánico, físicos y mentales. El cuerpo y la mente en alerta inalterable, exhaustiva, extenuante. Y entonces la vida, que se retira de los ámbitos normales y crea para nosotros nuevos escenarios de terror.

El miedo como parásito destructor de todo lo que nos hace humanos.

Claro que aquí hay Demogorgons que se comen a la gente, y niñitas que alteran los metales y las mentes. Pero Will, su madre y su mejor amigo, pelean la guerra contra el parásito de los mil brazos oscuros. El Shadow Monster que amenaza con la pérdida total de la identidad de este inocente.

Will, dominado por el monstruo, llega a orquestar una masacre despiadada, sangrienta, sin miramientos. Si eso no es un espejo claro de lo terribles que podemos ser, dominados por el miedo, no sé qué es. Y la compasión que siento por esa criatura que padece una y otra vez en el show, es difícil de dominar. No me ayuda en nada la interpretación formidable de Noah Schanpp, que se frota las piernas sin parar, siente calor y tiene su cuerpo helado y las pupilas dilatadas. No puede dormir sin miedo, sin sobresalto, sin vigilancia. Espasmos de dolor, llanto de terror.

Me remueve escombros y más escombros emocionales. “¿Dónde te duele?”, preguntan la madre, los psicólogos, los médicos. “¡En todas partes!” grita.

La historia de Eleven, devenida en Jane, importa poco y engancha menos. El triángulo de adolescentes: bien gracias, por el camino previsible. La banda de amigos concentra el interés y lo atenaza. Pero es Will y su derrotero lo que nos interpela de manera despiadada. Will y su soledad, Will y su madre desesperada, Will y su pequeña fuerza para enfrentarse al horror.

Esta noche me quedé pensando. Me lo quedé ponderando. ¿Podemos derrotar al monstruo o estamos perpetuamente condenados a ser un puente entre el infierno y la luz? Todos los expedicionarios quedan, generalmente, marcados. Frodo, Jason, Ripley, Ulises, Van Helsing… parece que quien está en contacto con el miedo y su aliado casi incondicional, el mal, queda marcado para siempre.

¿Hay esperanza?

La busco desesperadamente. Pero todavía no terminé la temporada, así que no tengo la respuesta.

© Laura Dariomerlo, 2017 | @lauradariomerlo

Permitida su reproducción total o parcial, citando la fuente.

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