19.11.15
Columna _ Laura

Regresar a Casa (Cortito y al pie)

Aquí estoy, viajando de nuevo, en la ruta, volviendo de mi pueblo al que me vine a tratar de meter patriada entre varias pelotas que tenía en el aire. Debía ver a mi único ahijado, mi sobrino John, pequeño imberbe capo de la vida, baterista, piletero, futbolista eximio, que tomaba la Comunión y hacia un almuerzo con torta y lechón y la mar en coche. También cubrí cumpleaños de la suegra, visita a mis viejos, algo de sol y natación, y la filmación de algunos planitos de transición que me hacían falta para la nueva peli indie que estoy tratando de terminar. Y justamente de eso tengo ganas de hablar hoy. De los riesgos del cine. De los grandes peligros que representa hacer cine y pasarla demasiado bien.

Pero antes quiero detenerme unos segundos en París. Oler su aire, recordar su sol, palpar su piedra, la piedra más hermosa del mundo, acariciar su luz, abrazar su espíritu inquebrantable de libertad equidad y fraternidad. París “mi home town”. Mi bautizador eterno.

Al respecto de la atrocidad cometida contra el pueblo francés solo voy a decir que soy una mujer occidental de la vena al hueso y me siento orgullosa de serlo. Defiendo todo lo que el mundo libre representa, aún sus profundas contradicciones, porque la contradicción es propia del espíritu libre. Amo París y la amaré siempre. Nada más.

Ahora volvamos a la cuestión de hacer cine. Muchas veces es un proceso verdaderamente arduo, realmente extenuante, incluso llega a ser traumático para algunos. Pero otras, y eso suele depender de la manera con la que se lo encare, es una faena plena de diversión, de camaradería, de amistad, de risas, de mate, de intimidad, de comidas, de profundo espíritu de hermandad y amor. A veces ese espíritu, y sobre todo en los que como yo solo contamos historias sin jugarla de artistas, juega un papel de preponderancia que complica las cosas a la hora de terminar le película. Porque uno descubre en montaje que durante el rodaje tomó demasiado mate y se cagó demasiado de risa, y se le pasaron unos cuantos planitos necesarios por alto. Así que este fin de semana, de guerrilla prácticamente, salí con una cámara que me prestaron mi hermana y cuñado, a tratar de hacer algunas tomitas puebleras, que me ayudaran a armar mejor la peli. Pero mi redomada inutilidad, volvió toda la gestión un capítulo de Los Tres Chiflados. Yo era dos de los stooges, y el Chuchi era el restante. Andábamos por el pueblo con el trípode al hombro, hechos un par de hilachas, despeinados, transpirados; meta poner la cámara de acá y de allá. Yo no estaba segura ni de uno solo de los encuadres y no sabía ni dónde estaba el anillo de diafragmas de la cámara. Era todo prueba y error, y creo que nos traemos finalmente, más errores que aciertos. Ojalá que sirva alguno de los planos. ¡OJALÁ! Porque quiero terminar esta película y que quede bien. Ya que otra cosa a la que te ata ese maravilloso espíritu del que hablaba antes, es a que la resultante del proceso completo, le haga honor a todos los amigos que se pusieron la camiseta y llevaron adelante el proyecto. Uno quiere hacerles justicia, que se sientan orgullosos, que estén contentos de haber puesto su maravilloso laburo y confianza a favor.

La camioneta entrando, la camioneta saliendo. Pasa la camioneta por una arboleda, pasa por una calle del pueblo. Va la camioneta, vuelve la camioneta. Que si entra el farol de la calle en toma, que si no, que si encaro este ángulo, que si soy un reverendo queso. Que el trípode acá, no más allá, no, volvamos a dónde estábamos antes, no que esta casa no tiene luz. Andá de vuelta con la camioneta, volvé de vuelta con la camioneta. Todo eso, más la Comunión, más el cumpleaños de mi suegra, más mis viejos, más mis ganas de estar un rato aunque sea en agua. Porque como siempre les digo, yo soy un bicho de agua. Y si hay agua cerca, allí me encontraré tarde o temprano. Mi laburo me importa, pero el placer me importa en la misma medida jejeje…

Y qué difícil nos resulta a algunos separar la noción de cine de la de placer. Es cierto que para determinada clase de personas (las responsables) es un verdadero suplicio llevar adelante una película. He visto directores de verdad quemarse la cabeza mientras hacen lo suyo. No es mi caso. Si no me divierto, no lo hago, no lo encaro, ni me molesto. Hay por ahí demasiada gente que no puede hacer lo que le gusta. Hay demasiadas mujeres en el mundo que no pueden hacer lo que realmente quieren y las apasiona, así que a la hora de hacer cine, no me permito el dramatismo, por lo menos no detrás de la cámara, salvo algún que otro ataque de pánico o pichiruchi de vez en cuando.

Soy una mujer, directora, escritora, entretenedora, actriz, payasa, poeta advenediza, bailarina, hembra del mundo. Y a la hora de filmar, trato de concentrarme en eso y de ponderar la enorme bendición que representa. Y si hago una buena película, mejor todavía. El cine está lleno de malos y buenos filmes, así que hay que disfrutar el proceso, porque uno nunca sabe.

Lo que jamás haré es rendirme. Si hay dignidad en una cinta, la encontraré. No importa cuántas puertas tenga que abrir y cuántos agujeros tenga que tapar.

Es por eso que aunque me esté quemando la mollera a cuarenta grados (por alguna razón el Chuchi acaparó la gorra) seguiré metiendo y metiendo planos, confiando en que algo bueno resultará hasta que sea la hora de regresar a casa.

Laura Dariomerlo / @lauradariomerlo

 

COMENTAR

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Una respuesta a “Regresar a Casa (Cortito y al pie)”

  1. Any dice:

    Linda!!! La colu y vos!!!

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

COMPARTIR

© A SALA LLENA.