28.10.16
Columna _ Laura

Un espejo indomable, un arte inmortal

¿Cómo reconocen la oscuridad en ustedes? ¿Cómo la miden? ¿Se sienten oscuros, pueden ver el mal en ustedes? ¿Cómo lo procesan? 

¿Todavía pueden ver su alma y estar orgullosos de ella? ¿Qué hacen cuando la oscuridad toma el control, cuando no importa cuánto se esfuercen, ese miedo, esa furia, ese odio no puede ser controlado? ¿Se castigan, rezan, van a terapia, se asumen, se aceptan? ¿Creen en el infierno, creen en el karma, creen en los castigos sobrenaturales, en fantasmas que vuelven a cobrar sus deudas? ¿Qué pasa cuando no importa cuánto luchemos contra algo, eso sigue allí? ¿Es pecado lo que se siente y no puede controlarse?

El miedo, la envidia, la rabia, la amargura, los celos, la impotencia. El impulso homicida reprimido una y otra vez.

¿Qué constituye un buen corazón? ¿Qué es lo que conforma, arma, define a una buena persona: sus actos o sus emociones?

Gandhi decía que si había violencia en nuestros corazones, era mejor ser violento que cubrirse con el manto de la no violencia para esconder la impotencia. Pero qué pasa cuando no queremos ser malos, pero nuestras emociones secretas, nuestras pasiones, nuestras luchas internas, nuestras violencias bien escondidas, nos subyugan la conciencia. ¿Acaso la voluntad de no ser malvados nos redime? ¿Son la lucha y el tormento la expiación en sí misma, o el castigo es inevitable? Y finalmente, ¿qué es lo que nos sana, la consecuencia entre nuestras emociones y nuestros actos, o la voluntad de hacer el bien en los actos, no importa qué se esconda en nuestro corazón?

¿Se han mirado al espejo sintiéndose malos?

 Las buenas películas generalmente nos confrontan con nuestra naturaleza, con nuestros rincones escondidos. No importa a qué género pertenezcan, no importa cuán en serio tomemos sus líneas argumentativas, nos interpelan y nos persiguen. Nos hacen reflexionar sobre quiénes somos realmente. Siempre que un material sea fiel a la naturaleza humana y entienda su sufrimiento, allí habrá algo valioso para sanar y para encontrar respuestas.

El Exorcista (The Exorcist, 1093) sea quizás, para mí, la obra maestra de terror de todos los tiempos. Nada, pero nada me dio más miedo que esa película, cuando vi hace unos cuantos años el corte del director. Era algo que uno veía en el cine y después se quedaba en la mente, como una garrapata. Tengo una copia de esa edición, pero jamás la he visto en casa, casi como una especie de superstición.

Y hace unos días, cuando vi La Bruja (The Witch, 2016), otra obra maestra, me pasó lo mismo.

No puede terminar de verla, me pareció terrible, tuve que sacarla a la mitad. Aún cuando el guión era perfecto, las actuaciones magníficas y la fotografía algo como no se veía desde Barry Lyndon (1975) no me atreví a continuar. Porque entendí desde el vamos, que encararse con esa película y apreciar toda su belleza, era también acceder a tener terror por días y analizar y re analizar mis miserias una y otra vez por Dios sabe cuánto tiempo. Aun así, es casi imposible no ponerse a reflexionar sobre el sufrimiento, la maldad, la miseria y el miedo con el que los seres humanos venimos peleando desde que estamos en el mundo.

¿Por qué estamos en el mundo?

Si, como decía Freud, para ser feliz uno debía actuar como idiota o, de plano, ser idiota, ¿tener oscuridad es equivalente a no estar idiotizado? ¿La única manera de ser bueno es ser idiota?

Sabemos que la única manera de alcanzar algo de felicidad en la vida es amando y el amor verdadero nos hace buenos. Pero qué pasa con lo que no es amor en nosotros. Lo que, a la larga o a la corta, se vuelve lo desconocido. En La Bruja, la incapacidad de una familia entera de amarse aún en la duda, la vuelve presa sangrienta de una bruja de los bosques.

Una familia religiosa fanática, aunque amorosa para la época, es echada de su comunidad y compelida a vivir en una granja frente a un bosque vasto. Y allí se desata el horror, el asesinato y la posesión demoníaca. Pero lo que más claro se ve es el miedo y cómo este lleva a la ausencia del amor.

El miedo es, sin dudas, la emoción más peligrosa de todas.

¿Se puede pedir ayuda, se puede rezar, se escuchan nuestros ruegos? El padre de la familia en la película ruega y ruega, se arrodilla, pide y pide. Nadie parece escuchar; nada. No es ayudado ni recompensado en su fe. Entonces, ¿seguimos empeñados en no ser malos o nos quitamos el manto de la impotencia? Frente a lo que pretende someternos, castigarnos, humillarnos, ¿qué es lo que debemos desatar de nosotros? ¿No somos acaso criaturas a merced del destino, a merced de fuerzas que no podemos entender? Si no tenemos poder real, ¿por qué se nos pide tanto?

 Ver una buena película es siempre un viaje catártico.

 Ver una buena película es siempre recomenzar el interrogatorio fatigoso del autoconocimiento.

El cine sigue siendo, así, un espejo indomable y un arte inmortal.

Si se animan vean la peli. Si no llegan al final, no se preocupen, está en Wikipedia.

Laura Dariomerlo / @lauradariomerlo

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2 respuestas a “Un espejo indomable, un arte inmortal”

  1. Any dice:

    La columna…muy buena, la peli…no la ví y no creo que lo vaya a hacer.

  2. Marlowe dice:

    Laura, siempre te leo y tus palabras, como bien decís, siempre llegan y quedan, invitan a la reflexión, como una buena peli, como un buen libro. Amar es ciertamente el camino a encontrar algo de felicidad, y amar no solo a una persona necesariamente, si no también amar una labor, un emprendimiento en el que pongamos todo el corazón; eso también puede ayudar a encontrar un atisbo de alegría en este mundo de locura y barbarie. Vi la peli hace tiempo y comparto exactamente tu mismo sentimiento. El miedo es sin dudas una emoción peligrosa, porque invita sí a la duda y a la ausencia del amor, pero también puede ser el motor para impulsarnos a tratar de superar eso mismo que nos condiciona y superar cualquier obstáculo. El miedo, como dijo Rocky mejor que nadie, es como un fuego que nos quema por dentro, y aprender a controlarlo puede marcar la diferencia entre rendirse o seguir adelante. Salute, Lau.

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