30.09.15
Columna _ Laura

Una historia placentera

El jueves pasado, hace ya una semana, fui a ver Pasante de Moda y quedé rumiándola todo este tiempo. Me he estado haciendo algunas preguntas, que tienen no solo que ver con la experiencia de ver cine, sino también con la intención de hacerlo, con el motor detrás de una película.

 Tal vez porque me crié con la noción de que el arte y el proceso creativo debía tener algo de tortuoso –equivocadamente, por supuesto- es que me cuesta concebir la idea de hacer una película solo para contar una historia placentera.

 Supongo que se sentirán desconcertados porque desde este espacio siempre he hecho una defensa clara del entretenimiento como fin legítimo del cine, y no me malentiendan, sigo haciéndola a capa y espada. Lo que sí todavía me cuesta entender es el proceso creativo de alguien que se sienta a una máquina a escribir una anécdota que el espectador disfrutará pero olvidará rápidamente. Y no es una crítica, todo lo contrario; me parece llamativo y profundamente humilde encarar un proyecto sin la intención de que quede en los anales de absolutamente nada. Y se me ocurre todo eso como profundamente liberador y feliz.

 Uno como escritor, o cineasta o lo que sea, siempre quiere que algo suceda con lo que hace. Que algo cambie en el espectador. Que se sienta interpelado de alguna manera, que se aburra, que se enoje, que se masturbe, que se pregunte cosas, que se ponga loco, que tema, que reflexione… Y siempre esa intención está dotada, cuando no de una gran y profunda soberbia, de un narcisismo robustísimo. Jamás nos preguntamos por qué a alguien le interesaría saber cuál es nuestra visión del mundo. Nacemos queriendo que lo sepan, y punto. Claro que después se pagan caros precios por esto, pero aun así, estamos plantados en la tierra, profundamente, pensando que hay algo especial en nosotros que nos morimos por compartir y que, también moriremos, de no hacerlo. Es por eso quizás que me resulta tan extranjero, tan foráneo el batacazo del tipo que se sienta a una máquina a escribir un guion y piensa: ¡Hey, hoy voy a dar a luz una historia linda, dulce, que nadie recordará jamás!

 ¿Cuánto coraje hay que tener para hacer esto? Ustedes me dirán que el coraje lo insufla el cheque gordo que se suele cobrar por ese tipo de historias. Pero, aun así, no se puede escapar a lo personal del proceso creativo. A lo comprometido, a lo humano y amoroso que es. Y, en esas instancias, ¿cómo se enfrenta la hoja en blanco sin la intención de dejar una mínima huella? ¿Es eso posible, o absolutamente todo lo que hacemos está teñido indefectiblemente de nuestra sangre tengamos la intención o no?

 Tal vez me estoy equivocando en el enfoque… Más que tal vez, seguramente. Pero aun así, no puedo huir las preguntas. He generado contenidos de entretenimiento, a los que he adoptado y amado como si fueran mis hijos. Y a veces los apapacho, y los cuido mucho más que a los que generé pensando que revolucionaría el mundo que me circunda. No puedo y jamás podré ponderarlos objetivamente.

 Quería ver Pasante de Moda porque esperaba que fuera una película para chusmear, justamente, algo de moda. Que fuera Anne Hathaway la protagonista linkeaba directamente con El Diablo viste a la Moda y a mí, que el tema me enloquece, me parecía una promesa jugosa. Pensé que la cosa iba a ir de De Niro intentando capear ese mundo que, a priori, se le antojaría infranqueable. Lo imaginé pegando manotazos entre stilettos, carteras de Prada y chaquetas de Chanel.

 Saqué dos entradas y esperé que llegara el Chuchi a los cines de la Recoleta. Comimos unas hamburguesas y después entramos en la sala con todo y pochoclos. Nos sentamos bien arrinconados, como a mí me gusta, en la última fila de la porción central.

 El Chuchi pensó que iba a hacerme la gamba y que se fumaría un Chick Flick, pero rápidamente quedó claro que el temita iba a ir por otro lado.

 El guion y la dirección de Nancy Meyers (a quien ADORO, somos re amigas, toma el té todas las tardes en casa) se articulan suavemente, y emprenden un viaje colorido, pero en bicicleta con rueditas de entrenamiento. Es decir, los riesgos que toma son escasos y no representan un verdadero reto. Aun así, la mina tiene una calidez y una cancha para construir personajes de carnadura, que te deja con la boca abierta. ¡Por fin alguien sacó al viejo Bobby De Niro del piloto automático en el que venía seteado! Fue muy lindo verlo distinto, verlo fuera de su zona gánster de confort. Enamorándose, haciendo las veces de padre sustituto, siendo viejo, vulnerable, teniendo esperanza, confrontando emociones más sutiles, menos explosivas y un poco más complejas. Recordé Frankie y Johnny.

 Es verdad que, tal vez, a Meyers se le dan mejor las mujeres. Sus personajes femeninos tienden a ser mucho más ricos y peculiares. Pero con De Niro, vuelve a sacar ese as en la manga que también usó con Nicholsson. Y hace que este personaje se vuelva querible, sensible, humano y auténtico. Lo saca de la pulsión permanente del gran actor americano, de repetirse y salvarse.

 En un momento, que me sorprendió mucho y me conmovió, el Chuchi se dio vuelta y me dijo al oído que estaba disfrutando mucho de la peli. Mi hombre siempre se conmueve con lo que es entrañable, tiene una debilidad por eso. Y esta cinta es, sobre todo, entrañable. El guion, que es más bien una especie de enumeración de anécdotas, no hace verdadero hincapié en el plot sino en los personajes. Así, las gestiones son escuetas y se deslizan en una cronología natural, sin complejidades dramáticas. Es como si un buen narrador te contara una extracción de la vida de alguien, de manera amena y tibia. También pasaron por mi mente cintas como Mi Gran Casamiento Griego y Larry Crowne. Films que depositan enteramente su valor en el colorido de sus personajes y se apoyan en ellos para llegar a buen puerto, embutidos en historias llevaderas, leves y fundamentalmente entretenidas.

 Siempre me ha gustado la comedia ligera, pero aun así, cada vez que intento generar algo que se le parezca remotamente, termino metiéndole algún tipo de filo que no le conviene, y el guion se va al re carajo y se malogra insalvablemente. Pero es en esta columna, que encuentro lo maravilloso del entretenimiento, como camino honesto. Nada más noble que llevar alegría, nada más limpio que llevar verdad. Y Pasante de Moda hace exactamente eso. Y esa alegría no solo es obsequiada al espectador. Se nota claramente que las interpretaciones están embebidas en ella y en el brillo natural del goce.

 Y es por eso que me atrevo a recomendar que la vean.

 Y sí, chicas, quédense tranquilas: los outfits de Ann les van a llenar el ojo de lo lindo…

 

Laura Dariomerlo / @lauradariomerlo

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