14.07.18
Internacionales _ Series

Apuntes sobre “Luis Miguel, la serie” (Netflix), por Melina Cherro

Pero hay algo más. Dentro de todos los estados de transparencia, géneros o modos anteriores al cine, aquel que le ofrece más resistencia, por su propia opacidad, es el que deviene de la condición melodramática. Como se ha dicho, el sujeto protagonista del melodrama es ese cultor de la manía ciega y el vicio absurdo que se cierra como una ostra para cultivar la perla de la propia obsesión. Si estos sujetos y protagonistas de la condición melodramática son tan cerrados, opacos –casi mudos–, qué mejor que tomarlos como los más perfectos antagonistas poseedores de esa “fuerza ciega” y de esa mudez a quienes hay que doblegar.”

Ángel Faretta, “La pasión manda”, Ed. Djaen Buenos Aires 2009.

EL PADRE

Quizá la pregunta central que recorre la serie es qué hacer con aquella persona que te salvó la vida, pero que también te la arruinó por completo. Qué hacer con esa persona que te dio todo, pero que también te lo quitó. Porque esa es la cuestión central entre padre e hijo. 

Todo relato necesita para existir de un villano que motorice las acciones y que ponga a prueba al héroe. Si no hay villano, no hay héroe, no hay relato, no hay mito. Luis Rey es el villano de esta historia; ese padre malvado, adicto,  promiscuo y mentiroso. Su comportamiento, su conducta y sus acciones son las que organizan, sobre todo, los primero capítulos de la serie. Esto está muy bien. Sin embargo, esa maldad es tan literal, tan previsible, tan evidente, que por momentos debilita el relato. Este villano no tiene, al menos al principio, ambigüedad. No tiene dudas  y tampoco demasiadas razones, más allá de su ambición desmedida. 

Para que el villano funcione como tal los espectadores debemos en un punto, y si queremos en lo más recóndito de nuestro ser, entenderlo. Entender lo que hace y aceptar que al menos desde su punto de vista algo de razón tiene. 

La cuestión es que Luis Rey es un villano que tiene deseos solamente materiales y eso pone una barrera entre el espectador y el personaje. Barrera, porque sus deseos en un principio no parecen pasionales. Y sin embargo, poco a poco eso que parece sólo material, se transforma en otra cosa. Es su furia, su arbitrariedad, su deseo de control, su manipulación, aquello que finalmente da lugar a esa pasión que al principio le faltaba. Así los espectadores finalmente aceptamos y entendemos su maldad. Y esto  quizá se deba a que lentamente aparece algo  que parece pequeño, pero es fundamental. Esas breves y perfectas escenas en donde el padre le enseña a cantar al hijo; le transmite esa pasión por la música, y la forma en que esta debe salir de su cuerpo. Porque Luis le enseña a Micky que la música no sale de la boca, sino que sale de lo más profundo de sus entrañas. Y es gracias a él, a ese padre terrible, que Luis Miguel encuentra su propia voz.

Es así que poco a poco se va construyendo uno de los grandes momentos de la serie. Decimos grandes porque alcanza a tocar los acordes de un gran melodrama. 

Ese padre malvado que hasta ahora parecía no tener más que una sola idea: la ambición de tener poder y dinero a toda costa, cueste lo que cueste, así sea la vida de su hijo o la de su esposa. Ese hombre malvado que no duda un segundo en hacer y mentir descaradamente; de pronto aparece en escena frente a su hijo –que es una gran  estrella y que además no quiere verlo– y sobre todo ante los espectadores, como ese hombre pobre y vencido que, llegado el momento final, siente que todo lo que hizo fue por amor. Por un amor desesperado a un hijo que tiene ese talento, ese don que él no tuvo. Allí, en esa escena breve pero intensa en donde confirmamos aquello que se construye por lo bajo: la cara que Luis Rey no quería mostrar, y que nos lleva sin más a apiadarnos de él. A apiadarnos de ese hombre terrible, ese padre que supo darle todo a su hijo. Supo darle la música y la carrera, pero también supo privarlo de lo que más amaba. 

Luis Rey, con una pata de jamón en la mano, casi escabulléndose en el vip del escenario para poder ver a su hijo –y sí, pedirle plata una vez más; y sí, sacar provecho; y si, volver a hacer lo que siempre hizo– es la mostración terrible de un hombre que alcanzó la cima del poder, y ahora, completamente desbarrancado mira con desesperación aquello que él mismo creó. 

La pata de jamón que podría ser un gran regalo para cualquiera, en manos de Luis Rey y frente a su hijo, es en verdad el regalo de un pobre hombre. Es la caída, es el padre que no supo ser, es la pérdida de todo. Es ese personaje del melodrama obsesionado por algo que no puede controlar, y que lo lleva sin remedio hacia el final, hacia la muerte. 

LA MADRE

Si lo que sostiene la acción dramática en campo es el conflicto entre padre e hijo; lo que sostiene la totalidad de la serie es esa pregunta que hasta hoy no tiene respuesta. Es esa madre que desapareció misteriosamente y que dejó un vacío imposible de llenar. 

Es el acierto de los autores que encontraron en la estructura temporal de montaje alterno –no son flashbacks porque no responden al recuerdo del personaje, sino más bien a la sucesión y alternancia de hechos– un hilo de sentido que construye un fuera de campo muy poderoso. Esas idas y vueltas sobre dos líneas temporales que en la medida en que avanzan tienden a unirse porque en realidad son una; son las que van armando esa otra trama familiar que se teje capítulo a capítulo. Es esa estructura doble la que permite ir construyendo la trama del melodrama con todas las letras. Es decir la pasión de los personajes, la busca desesperada, la incógnita de la ausencia, el deseo por el otro; todo esto que es en realidad la experiencia de lo sagrado, de lo ominoso, de lo secreto y que es la razón primordial del melodrama. 

Digamos aquí que tal como enseña el maestro Ángel Faretta, cuanto más desbordada y desmesurada, prohibida y secreta es la pasión, da lugar más operativamente a lo sagrado, convirtiendo así, al relato pasional en símbolo de otra cosa. 

Y sin embargo, a pesar de todo lo dicho, hay momentos en donde echamos en falta esa pasión, y quizá esto se deba al principal defecto –por llamarlo de alguna manera– que tiene la serie. Es que existe una permanente tensión entre esa propuesta de narrar la vida del cantante basada en hechos reales; con la necesidad que la ficción tiene de apropiarse de esos hechos reales y transformarlos en otra cosa. Si bien los hechos narrados están basados en testimonios del propio Luis Miguel, quién evidentemente contó su punto de vista de la historia y decidió quién es quién en el tablero de los personajes; la ficción y el melodrama, cuando afloran, hacen lo suyo más allá de la “realidad”. 

Esa pasión, ese melodrama, aflora inevitablemente con la presencia de Marcela. Es que en cada escena en que ella participa, en la línea temporal de la niñez de Luis Miguel,  no hace más que re activar su ausencia en la línea temporal de la juventud del cantante; y así la pregunta sobre su destino se vuelve cada vez más potente. 

Si Luis Rey es el villano, es el mal en esta historia; Marcela, la madre, es sin duda alguna, una santa. Su origen católico e italiano, su acento extraño, su mirada, el pelo rubio; toda ella es la que atrae esa presencia extraterrena. Esa otredad que la trama necesita. Esa figura femenina que carga consigo la expresión de lo sagrado, fundamental para que el melodrama se ponga en marcha.

Si Luis Rey lo quiere todo, y es su ambición aquello que lo mueve; Marcela es el sacrificio. Ella es la entrega absoluta, su alma, su cuerpo, están puesto al servicio de su hijo y también, lamentablemente, de su marido. 

De esta manera, ese viaje a Italia promediando la serie, no es más que un viaje al origen, a lo raigal. Porque el joven Micky se encuentra allí no sólo con su abuelo, sino con una forma de ser y estar; con la posibilidad de unir ambas partes suyas, lo italiano y lo latinoamericano. Es decir, lo latino en sí mismo. Lo esencial. Eso que tiene tan sólo aquellos días de infancia, para perderlo y luego buscarlo el resto de su vida.

Es por eso más que simbólico, y entendido por los autores así, aquél legendario recital en el Luna Park en donde Luis Miguel le cantó esa serenata a su madre, “Marcela”. Esa escena es, en simetría, especular con la mencionada más arriba de Luis Rey, otro de los grandes momentos de la serie. Si a ella, a su santa madre, le supo dar su amor cantándole en el escenario, mirándose y amándose a través de la música; a ese padre, quién fuera el que le enseñó a cantar, pero también el que le quitó a su madre, le tiene destinado ese margen, ese no lugar. Ese afuera para siempre de su vida. 

De este modo, el arco dramático y simbólico de la serie es perfecto. Construido desde afuera –estructura temporal de montaje alterno–  y hacia adentro, porque en cada ida y vuelta, esta simetría entre ambos, entre padre y madre, se construye sutil y perfectamente. 

MICKY

Finalmente, debemos detenernos brevemente en el protagonista; que se va construyendo lenta y pausadamente. Su pasión es sutil. Es pequeña. Por momentos sin presencia. Y eso se echa en falta. ¿Qué lo apasiona a este joven? Quisiéramos que sea la música, ese plus, eso extra que él tiene y que lo hace diferente a todos. Esa capacidad de cantar que lo vuelve, a los ojos de sus fans, un Adonis o un Orfeo. Pero no. El relato no se sumerge en esa capacidad extraterrena que tiene este joven que desde tan pequeño supo encantar. Quizá, esta negativa de la trama sea porque es aquello que todos sabemos; viéndolo de esta manera, tal vez sea otro acierto. ¿Y entonces? ¿Cuál es su pasión? 

El periplo de Micky reside en que la serie narra un relato de maduración. No por nada eligen que la historia comience a principios de los ochenta y finalice a principios de los noventa. Ese arco que abarca su niñez y juventud cuentan sin más ese pasaje de la infancia a la adultez. Y si el episodio de la filmación del video clip, en las instalaciones aeronáuticas del ejército mejicano, es un momento central en cuanto a esta transformación del personaje; el arco es completo hacia el final –que es en realidad el comienzo– en donde el ya más que exitoso cantante decide ignorar la enfermedad e inminente muerte de su padre. 

Ese arco que es narrativo, que está sostenido una vez más por esa impecable estructura temporal, es la verdadera pasión del personaje. Esa necesidad de ser él mismo, de ser dueño de su música, de su casa y hasta de una mujer; es decir de liberarse de su padre y así también de su infancia. Y es esa pasión la que lo obligará a realizar ese periplo de maduración que lo llevará primero a la caída, para luego, poder sí renacer.

© Melina Cherro, 2018 

Permitida su reproducción total o parcial, citando la fuente.

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