21.01.20
Internacionales _ Series

Crítica: Drácula (Netflix), por Joaquín Chazarreta

Sangre baja en calorías

La actualización del mito —esto es: su reelaboración desde una mirada contemporánea y, más explícitamente, el traslado espacio-temporal de la narración al presente— funcionó en buena medida para la miniserie británica Sherlock. Sin embargo, en la nueva producción de sus creadores, la operación no sólo se siente forzada, como si estuviese motivada por un ineludible y caprichoso impulso creativo, sino que tampoco termina de funcionar. Incómoda tanto en el lugar de adaptación fiel del libro de Bram Stoker como en el de relectura moderna del mismo, Drácula (2020) resulta un híbrido bastante poco acabado, conformado por una estructura clásica de tres actos en la que dos de ellos quedan reducidos a un mero y extenso preámbulo del último, en el cual se devela el verdadero interés narrativo del dúo de guionistas, y en el que  —no tan casualmente— más distancia toman respecto del texto original.

Tanto en la miniserie documental A History of Horror with Mark Gatiss como en el telefilm Horror Europa with Mark Gatiss (ambos para la BBC y disponibles en YouTube), el guionista y productor inglés ha demostrado poseer un amplio conocimiento y una profunda admiración por el cine de terror y las películas de vampiros —particularmente aquellas de la Hammer—. Teniendo en cuenta tales antecedentes, uno no puede evitar sorprenderse sobremanera al descubrir que su proyecto más reciente es una adaptación que exhibe nimio afecto por su material de base y que, en cambio, se obsesiona por ser lo más “canchera” posible. En efecto, la operación que Gatiss emprende junto a Moffat —su intento de deconstrucción, puesta en jaque, crítica y reformulación del mito— busca vestirse de ingeniosa, dinámica y novedosa, pero nunca logra ocultar su verdadera naturaleza: una transposición esquizofrénica, superficial y a la que menos le importa la integridad de la obra en que está basada que el explorar las posibilidades narrativas que su actualización acarrea. Algo similar sucedía en Sherlock, pero allí donde la serie inspirada por el personaje de Conan Doyle encontraba un escenario auspicioso para traspolar los casos de su detective y aggionarlos, Drácula se topa con un callejón sin salida que lo único que parece proveerle es fuente de chistes bastantes zonzos en torno a la anacronía del protagonista.

Incluso podría argumentarse que la única sobreviviente de dicha antecesora es su actitud socarrona; ese humor autoconsciente y cínico que atraviesa la narración y que hasta se inmiscuye en la caracterización de los protagonistas. Es cierto, a Benedict Cumberbatch le calzó como anillo al dedo para su encarnación de Sherlock Holmes; pero la figura romántica, solemne y apesadumbrada del Conde se presta bastante poco a ese mismo molde. Aún así, el Drácula de Gatiss-Moffat lo abraza y se percibe, en consecuencia, más como una tirada de orejas al mítico personaje de Stoker que como una inédita y valiosa incorporación a su vasto legado de representaciones. Una desafortunada decisión que probablemente pese más sobre los hombros de Claes Bang que sobre los del resto de los involucrados: el intérprete danés es, sin dudas, el más comprometido con la causa e incluso la enaltece en varias de sus escenas. Todo un mérito teniendo en cuenta los vergonzosos juegos de palabras que se ve obligado a recitar y el hecho de que se encuentra asfixiado por una narración menos interesada en llevar adelante un relato coherente, sintético y entretenido que en desperdigar decenas de pequeños guiños, homenajes y citas, en saciar la compulsión de sus autores por incorporar tramas detectivescas que llevan a ningún lado (y que poco tienen que ver con la tragedia del Empalador de Rumania) y, finalmente, en resolver cualquier bache inesperado de su guión con giros argumentales dignos de una telenovela, anulando reglas previamente establecidas o, por qué no, mediante una elipsis temporal de más de un siglo.

Lamentablemente, cuesta mucho tomar en serio a este nuevo Drácula. Pese a la labor de su intérprete iluminado y a su elogiable apuesta por el gore, la nueva miniserie de Gatiss-Moffat no logra escaparse del gesto masturbatorio de sus creadores, quienes —en lugar de encarar a conciencia la intrincada tarea de retratar a una de las figuras más populares y emblemáticas del cine y la literatura— se conformaron con volverla, una vez más, un juego; ese mismo que ya habían probado en Sherlock, con la diferencia de que allí emprendieron un abordaje menos arbitrario y se apoyaron en un material más propicio al desarrollo de una lógica lúdica (los procesos deductivos del detective, sus múltiples enfrentamientos con Moriarty y varias de sus líneas narrativas contribuyeron en este sentido). Por el contrario, un texto profundamente gótico y melancólico como el de Drácula no es tan permeable a tales libertades en su transposición. Es precisamente por ello que el resultado final, con sus innumerables referencias intertextuales, no hace más que recordarnos, en primer lugar, que esta adaptación no es más que el eco distante y apagado de otras tantas (mucho mejores) que la antecedieron; y, en segundo, que por más fresca que efectivamente sea su sangre —así lo promete su slogan—, ello no significa que también sea agradable al paladar, rica en nutrientes o, por lo menos, fácil de digerir.

 

 

@ Joaquín Chazarreta, 2020 | @JMChazarreta

Permitida su reproducción total o parcial, citando la fuente.

(Reino Unido, 2020)

Creadores: Mark Gatiss, Steven Moffat.

COMENTAR

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Una respuesta a “Crítica: Drácula (Netflix), por Joaquín Chazarreta”

  1. Ferkpo dice:

    Es una serie muy pobre,dan vergüenza.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

COMPARTIR

© A SALA LLENA.