22.12.18
Internacionales _ Series

Crítica: Homecoming, por Alberto Tricarico

Creada por Micah Bloomberg, Eli Horowitz y Sam Esmail. Dirección: Sam Esmail. Elenco: Julia Roberts, Bobby Cannavale, Stephan James, Shea Whigham, Sissy Spacek, Marianne Jean-Baptiste. Producción original: Amazon Prime Video.

Doble vida

Homecoming es una historia narrada en dos tiempos acerca de un centro privado de rehabilitación (Homecoming) para ex combatientes en Estados Unidos, que supone preparar a los soldados recién llegados de oriente para la vida civil, aunque en realidad guarda un fin del todo perverso. En el pasado, Heidi (Julia Roberts), era la responsable del centro en cuestión, en el presente ha perdido la memoria y no recuerda absolutamente nada de lo sucedido hace un tiempo. Los dos tiempos están contados en dos formatos de pantalla distintos que se unificarán cerca del final. El presente está recortado mediante un formato cuadrado –la falta de memoria de Heidi– y el pasado está contado a pantalla completa. Cuando la protagonista recupera la memoria, el formato termina unificándose en su forma normal.

La serie parte de tres formidables estimulantes anteriores: Psycho (Hitchcock, 1960), La Conversación (Coppola, 1974), y La furia (De Palma, 1978). La manipulación, el control, el usufructo humano desmedido y horror desatado recorren las venas de Homecoming. El automatismo espiritual, lo informe, la fragilidad de mundo son los temas que el relato pone en escena de una manera satisfactoria.

La música de la serie, los planos cenitales, la asfixia por momentos, los planos secuencia, y las curvas escaleras a modo de laberinto, nos recuerdan el cine de estos autores nombrados. Sobre todo a Brian De Palma. El simulacro fabricado de antemano – el cine mismo – puesto al servicio de un engaño que enmascara otra cosa es moneda corriente, lo mismo que la inocencia que algunos personajes expresan ante el mundo representado. “Yo escribí el guion” dice Heidi promediando el capítulo ocho, dando cuenta del armado previo que resultó ser el centro de rehabilitación. Lo falso, la imitación tramposa, la mentira, es lo que estructura la historia. Pero hay un orden: la inocencia de Walter y su sinceridad, por un lado, y la limitada investigación de Thomas Carrasco buscando a cada paso la verdad.

Todos tenemos nuestras trampas privadas” le dice Norman Bates a Marion Crane en Psyco; “Todos tenemos pensamientos que nos incomodan” le dice Heidi a Walter, en un sentido similar al film del maestro. Ese mal, tan complejo que puede llegar a salvarnos – o al menos darnos una oportunidad – es también la oportunidad de una vida distinta, y a la vez la posibilidad de otra existencia. La madre de Norman se refleja aquí en la madre de Walter. Ya que es la madre –y no el padre como en el caso de La Furia– quien intenta rescatar al hijo enmarañado en un complejo de intereses perversos.

Lo informe, lo que se diluye y se escapa está representado todo el tiempo por el agua. El agua es el eje de la construcción simbólica de la serie, y todo aquello que tiene que ver con este elemento. La pecera en la oficina de Heidi, los diversos peces que decoran los pasillos, el bar en la costa, el río que atraviesa el edificio de departamentos donde vive la protagonista, la hermosa escena en el lavadero, el chiste sobre otra versión de Titanic que cuenta Walter a Heidi, la fuente en la que es arrojado Colin.

En esta permanente imitación, Homecoming parece tener claro el lugar de la modernidad en la cuestión, como así también el lugar del cine. Por un lado, el mundo moderno fabrica simulacros, imita a la vida, parodia, con fines repugnantes; por otro lado, el cine crea simulacros para desmontar aquéllos, y utiliza la vida cotidiana para saltar hacia otra vida. El mundo moderno alegoriza, mientras que el cine –y el arte todo– simboliza. Tal es la función de la credulidad de Walter reconvertida en fe, como el mirar más allá del personaje de Thomas, y sobre todo el ya nombrado tema de la memoria. Lo mismo ocurre con los recuerdos de Heidi. Éstos empiezan a aparecer en la mente de la protagonista a medida que se hace cargo de su situación pasada, que la acepta y reconoce su amor por Walter. Heidi pasa de: “Estoy dispuesta a poner cuerpo y alma en este trabajo” –la despersonalización que observamos en los primeros capítulos– a seguir a Walter, desprendida de todo ese pasado, hasta el fin del mundo.

La serie plantea una simetría central que articula todo el relato: la lapicera y la obsesión de Heidi de mantenerla derecha en su escritorio. Walter es quien rompe con ese esquema rígido de Heidi. El falso orden del simulacro perverso. Dos veces le mueve la lapicera de lugar, llamándole la atención, para finalmente moviendo el tenedor de la cafetería darnos la certeza del reconocimiento, del encuentro, del orden posible: del otro orden. Tenedor que menta, a su vez, uno de los aspectos centrales de Spellbound (Hitchcock, 1945).

Hay otra simetría que construye el relato: los zapatos. En el primer capítulo, Craig realiza con los soldados el simulacro de que cada uno de ellos va a pedir trabajo a una zapatería. Craig es el hipotético dueño de la misma, y cada uno de los veteranos pasa a intentar conseguir el trabajo. En el capítulo tres, Walter y Shrier huyen de Homecoming y se topan con un pequeño pueblo en la que hallan una zapatería, ésta verdadera. En ese mismo tercer capítulo, Colin ordena cuidadosamente los zapatos de los niños que descalzos corretean en el cumpleaños de su hija. Finalmente, en el capítulo ocho, Thomas cae por las escaleras del abandonado edificio –que otrora fue el centro Homecoming– tropezando con unas cajas de zapatos, en su intento de alcanzar a Colin y Heidi. Los zapatos representan los pies sobre la tierra. Pies que encuentran la tierra, recién al final. Eso sí, la tierra del desierto.

Justamente Thomas es el personaje caído. Aquel que no manda y es mandado, que el destino lo ha apartado y sólo puede llevar a cabo su tarea en las sombras, sin importarles a los demás. Todos, de una manera u otra abusan de Thomas, todos se burlan de él, su poder es limitado. Eso lo rebela al punto de arriesgar su trabajo para demostrar –sobre todo a sí mismo– que puede torcer el destino, y hacer de una simple denuncia anónima, todo un revuelo de intereses que tocarán severamente al grupo Geist, encargado del proyecto Homecoming. Thomas es quien da lugar al hermoso final de la serie. Final que por ahora vemos como provisorio, ya que hay una segunda temporada haciéndose a modo de continuación, y porque la historia deja dos o tres cabos sueltos para retomar seguramente en la temporada siguiente.

Los dos tiempos, que alternativamente pueblan la ficción, refuerza esta idea del doble procedente de lo aparente y lo real que la serie relata. Las citas –a veces excesivas– a films como La conversación, mediante la música del final del capítulo siete de la serie; Vestida para matar (De Palma, 1980), la música de gran parte del capítulo tres; Christine (Carpenter, 1983), Doble de cuerpo (De Palma, 1984), Demente (De Palma, 1992) en el plano final del capítulo seis, entre otras, dan cuenta de la misma idea, de la misma raíz. El personaje de la madre de Heidi es interpretado por Sissy Spacek, la protagonista de Carrie (De Palma, 1976).

Ambos protagonistas –Heidi y Walter– tienen un nuevo nacimiento: el 15 de mayo de 2018, el día que por diferentes motivos y medios se fueron del centro de rehabilitación Homecoming. Ambos, separados, parten hacia esa promesa que se hicieron a mitad de la serie: ese viaje, ese recorrido que los saque de lo informe, de lo simulado, de lo tramposo. Viaje que intenta positivar la negatividad de Psycho, pero a su vez se encuentra con su límite trágico: El lugar del encuentro final se da allí donde termina carretera, y no se puede seguir. Agregamos: donde termina el mundo.

© Alberto Tricarico, 2018 

Permitida su reproducción total o parcial, citando la fuente.

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