27.11.18
Internacionales _ Series

Crítica: She-Ra y las princesas del poder (Netflix), por Alejandro Turdó

La diversidad como superpoder.

Pocas propiedades intelectuales profundamente arraigadas a la cultura pop de los 80s son tan celadas por sus fans como He-Man y She-Ra. El universo animado creado por Filmation, que nació como un simple móvil para vender las figuras de acción producidas por el monstruo juguetero Mattel, marcó a fuego a la última generación que no se crió con Internet como un derecho innato. Aquella que dedicó buena parte de su infancia a seguir las aventuras de personajes coloridos en la pantalla chica, en una época en la que el contenido on demand sonaba más a relato de ciencia ficción que a esa realidad tan propia de nuestra actual cotidianeidad. Teniendo esto en consideración, era esperable que una nueva reinterpretación de la Princesa de Etheria dividiese aguas entre los seguidores. Desde aquel abril de 2016 en que la showrunner Noelle Stevenson anunció que había presentado a Netlifx la idea de una nueva versión de She-Ra las redes comenzaron a explotar con argumentos a favor y en contra. Ya en 2018, tras varios teasers y trailers, She-Ra y las princesas del poder (She-Ra and the Princesess of Power, 2018) se estrenó en la plataforma del gigante rojo a principios de Noviembre.

Producida por Dreamworks y distribuida a través de Netflix, la nueva versión se despoja de la mejor manera posible del tono rígidamente moral de la serie original, adaptando la historia de Adora/She-Ra a los tiempos que corren, reforzando la importancia de los vínculos y poniendo el acento sobre la diversidad étnica, cultural y, por sobre todo, de género. Por si fuese necesario refrescar conceptos, Adora (posteriormente devenida en She-Ra) es una joven huérfana que desde pequeña fue criada por La Horda, el régimen cuasi-totalitario liderado con puño de hierro por el malvado Hordak. Nuestra heroína ignora la acción violenta y represiva de La Horda, hasta que un hecho fortuito la hace ver las cosas como realmente son, al mismo tiempo que descubre que gracias a la llamada “Espada del Poder” puede convertirse en She-Ra, una poderosa afrodita sinónimo de fuerza y destreza. Decide unirse a la facción rebelde y al resto de las princesas para luchar contra la misma fuerza malvada que poco tiempo atrás consideraba su hogar.

Con una sucesión de capítulos que desarrolla un arco narrativo, a comparación de la serie original compuesta por episodios autoconclusivos, She-Ra y las princesas del poder marca sus diferencias con el material original desde el principio, dotando a su protagonista de impulso propio. En la versión previa, era el mismísimo He-Man el que liberaba a Adora de las garras de La Horda y le entregaba la espada del poder, como nos muestra el largometraje animado El secreto de la espada (The Secret of the Sword, 1985), crossover que sirvió para introducir ante el público a la hermana perdida del coloso de Eternia. Pero ahora es la propia Adora quien encuentra la espada, en una secuencia con reminiscencias del mito de Excalibur y el Rey Arturo. Es ella quien, azar de por medio, inicia el camino del autodescubrimiento, sin necesidad de que ningún hombre fuerte y musculoso le quite la venda de los ojos.

Los trece capítulos que componen esta temporada debut versan sobre el mencionado autodescubrimiento de Adora/She-ra mientras ella intenta reunir a las princesas de Etheria para formar un frente de batalla que termine con el régimen de terror de La Horda. Así como en el pasado las princesas eran mujeres semi-adultas con cuerpos esculturales, vestidos cortos y tacos imposibles, el cambio de milenio llegó para demostrar que las heroínas pueden venir en todas las formas y tamaños. Lo que previamente fue una combinación de estética “Barbie” y economía de animación para adaptar los diseños a múltiples personajes, en nuestro presente es reemplazado por una multiplicidad de figuras que se aleja de aquellos estándares imposibles y propone aceptar la belleza del cuerpo femenino en todas sus formas. Si bien Adora sigue siendo la clásica chica rubia de tez blanca, la princesa Glimmer es petisa y caderona, Entrapta tiene un costado geekie que choca contra el canon más rígido, Mermista es morena y maneja un nivel de sarcasmo propio de cualquier adolescente de nuestro mundo, y así cada princesa de cada reino presenta una variedad de características que, curiosamente, las vuelve mucho más terrenales, alejándolas de estereotipos que en la segunda década del nuevo milenio hace rato empezaron a atrasar. No resulta un detalle menor que el equipo de guionistas esté compuesto exclusivamente por mujeres.

Hablando de estereotipos, la propia Stevenson había dejado en claro desde el principio que su nueva visión iba a tener una fuerte representación del colectivo LGBT. Es así como la serie presenta personajes que, sin la necesidad de refregarlo en la cara de los espectadores, dan ciertos indicios sobre sus inclinaciones. Pero la cuestión está tratada con una naturalidad tal que lo meramente sexual no tiene la necesidad de tomar el centro de la escena, es algo que simplemente se da mientras el relato avanza, mientras sus personajes están preocupados por otras cuestiones, que no vuelven necesaria una reflexión sobre sus preferencias personales. A contramano de la sobresexualización implícita en la versión ’85, el modelo 2018 presenta un ensamble de personajes con una sexualidad conscientemente indefinida que no parece ser una carga.

Producida con animación tradicional y apenas algo de CGI en momentos ínfimos, la nueva propuesta debe mucho de su estética a otros éxitos animados del siglo veintiuno como El último maestro del aire (Avatar: The Last Airbender, 2005) y Ben 10 (2007), así como también ciertas influencias traídas del mundo del animé. Desde lo estrictamente temático, amén del bagaje de la obra original, pueden detectarse fácilmente ciertos puntos de conexión con Steven Universe (2013), la serie animada de Cartoon Network que cuenta la historia de un personaje mitad chico/mitad gema mágica, que es protegido por un grupo de alienígenas mientras descubre cómo manejar sus poderes. Siguiendo los pasos del reboot animado de He-Man del 2002, esta nueva encarnación propone una diferencia marcada entre el aspecto de Adora y su contracara. Una vez convertida en She-Ra la adolescente aumenta de tamaño (chiste recurrente en el relato), luce una larga cabellera rubia que parece flotar en el aire y sus ojos son de un celeste profundo. Bastante alejada de la versión de Filmation, cuyo limitado presupuesto de animación no permitía este tipo de licencias.

Con una intro musical tan pegadiza que nos hace sentir culpables de utilizar la opción “omitir intro”, She-Ra y las princesas del poder es un producto que tiene la audacia suficiente para tomar un objeto tan querido por la cultura pop de los 80s y despojarlo de todo aquello que lo volvía anacrónico, olvidándose del moralismo propio de la era reaganista y haciendo lugar a la diversidad de género desde una postura no combativa. Reformulando el tono a través de un relato que actualiza su mitología de base, la serie se vuelve una celebración de esa posición de poder por la cual las mujeres se ven obligadas a luchar día a día. Codo a codo y avanzando centímetro a centímetro… por todas, todos y todes.

© Alejandro Turdó, 2018 | @AleTurdo

Permitida su reproducción total o parcial, citando la fuente.

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