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La Casa de Papel (Netflix), por Melina Cherro

El buen burgués

La serie española La Casa de Papel cuenta la historia de un grupo de asaltantes que durante unos cinco días toman la Casa de Moneda y Timbre, ubicada en Madrid. Durante esos cinco días, contados a lo largo de quince episodios, la serie narra lo que ocurre con los personajes dentro y fuera, asaltantes y rehenes, policías y detectives.

El planteo en los dos primeros capítulos es potente. La voz en off de Tokio nos hace entrar al relato construyendo un fuerte punto de vista. Es a través de ella que vamos conociendo a los otros personajes que tienen sus historias previas y que en algunas escenas muy bien resueltas, con apenas un personaje que habla, se construye un fuera de campo que opera para que nos identifiquemos con cada uno y deseemos que el robo termine bien para ellos. En este sentido, la estructura de flash back que reconstruye los días previos al robo, la forma en que van planificando y resolviendo cada situación y como se alterna con lo que ocurre dentro de la Casa de Moneda y Timbre funciona eficazmente, al menos como inicio.

El grupo de ladrones está compuesto por personajes que vienen de diferentes lugares de España –una andaluza, un madrileño, una catalana, etc– y a su vez esta idea toma cuerpo al decidir que cada uno tenga un nombre en clave, utilizando los nombre de las grandes ciudades del mundo. Así tenemos una Tokio y una Nairobi, un Moscú y un Denver, un Berlín y así.

Todos estos elementos sumados generan una expectativa alta. Alta porque son eficaces en cuanto a lo que producen en los espectadores. Nos identificamos con ellos y sentimos que hay algo que se empieza a armar más allá de la historia lineal –aunque estructurada temporalmente de manera fragmentada– , algo que va por detrás. Es decir que sentimos que hay algo simbólico que el director de la serie nos está queriendo decir. ¿Tal vez una mirada sobre España? ¿Tal vez algo respecto al mundo capitalista y liberal en el que vivimos? ¿Quiénes son estos ladrones más allá de los clásicos marginales que se deciden a robar para darse la oportunidad de un futuro mejor?

La idea del robo perfecto, de que todo está planificado gracias a la mente brillante de ese que se hace llamar el Profesor que todo lo ha pensado, que todo lo ha previsto, también genera expectativa de un algo más; de que hay un pensamiento respecto a algo que debe madurar para llevarnos hasta algún extremo.

Bien, hasta aquí, todo parece perfecto. Pero, siempre –lamentablemente– hay un pero.

Toda esta construcción naufraga a los pocos capítulos. Naufraga porque todas estas ideas no son más que bocetos de algo que no llegan a madurar. Todo queda en lo literal, en lo que estamos viendo. Y entonces la serie se vuelve plana, obvia y falta de imaginación. No hay nada más allá de la idea de unos marginales que mediante el robo perfecto se alzan con unos cuantos millones de euros para tener un buen pasar.

Es decir, no hay segunda historia. Cuando hablamos de segunda historia, hablamos de la necesidad de contar algo, más allá de la primera y muy necesaria historia que construye lo que podríamos decir el “cuentito” que junta acciones y personajes. Si no hay segunda historia, es decir una mirada política, religiosa, económica del mundo; eso que se cuenta en primer lugar queda en un estado de maqueta. Es notable así, que la secuencia de títulos transcurra durante un montaje de tomas sobre una maqueta de papel de la casa en cuestión. Casi como si lo estuvieran declarando.

Sería lo opuesto a ser alegórico. Decimos que el relato se convierte en alegórico cuando lo que contamos es esa segunda historia en primer plano. Entonces esa construcción de sentido que debe ser susurrada, se transforma en un grito que aturde y que nos deja encerrados en una sola cosa, trazada grosamente y sin posibilidad de imaginar nada. Cuando ocurre lo contrario, cuando no hay segunda historia, el relato se la pasa susurrando cosas, pero desarticuladas. Susurros que nos dejan expectantes pero que se vuelven teléfono descompuesto. Así, la brillante idea de que cada ladrón provenga de una España diferente, queda muerta en el acento con el que habla cada uno y nada más. No construye una visión de algo. Su doblez, que sería el nombre en clave de cada uno, tampoco nos arroja algo, más allá de la idea cool de esos nombre y de cierta linealidad, como que el personaje más perverso del grupo y de mente más fría se llame Berlín, porque –¡ay ,si! – los alemanes.

Pero el mayor problema de La Casa de Papel, o quizá lo que da por consecuencia de toda esta vacuidad, es el final. La serie se estira, se alarga, durante quince capítulos que se llenan de acciones sin sentido, que construyen una causa–consecuencia desordenada. Capítulos que se rellenan con escenas de sexo innecesarias, de personajes que se inflan y se desinflan, de pasados que funcionan sólo para justificar una acción aislada; para llegar a un final abrupto, que se construye como –me van a disculpar la expresión– un coito interruptus. Tanta expectativa respecto a si van a sobrevivir o no, si van a quedarse juntos los amantes y qué van a hacer con tanto dinero; para resolverlo todo tan sólo en un puñado de escenas que no llegan a sumar diez minutos de relato. Tanta ansiedad, tanta emoción, tanta espera, para nada.

Y esa nada está encarnada en el vacío de sentido del robo. ¿Para qué quieren alzarse con tanto dinero? ¿Para salvar del olvido a un pueblo? ¿Para saldar una vieja deuda familiar y rescatar así de fundirse a la pequeña empresa que tanto le llevó al tatarabuelo? ¿Para re ordenar algo de la vida personal que se vuelve universal porque pinta tu aldea y pintarás el mundo? No. Estos ladrones quieren tener plata porque quieren tener plata. Porque quieren vivir en una playa paradisíaca o tener un auto último modelo. O no lo sabemos bien, porque como dije, acaba.

Las historias de estos personajes no tienen final, como si el director no supiera bien para que llegar hasta la conclusión del robo. No es que tengan que contarnos todo, y ni siquiera necesitamos el “y vivieron felices y comieron perdices”. Después de quince capítulos siguiendo a personajes queribles, los espectadores nos merecemos algo más. Pero ese algo más no llega, porque no hay símbolo. El final de un relato es ese final en donde las ideas se cierran, las dos historias confluyen y los espectadores podemos sentir emocionalmente que hay un estadio del relato al cual podemos acceder más allá del entendimiento lineal de lo que se está contando. Y eso ocurre cuando hay una mano narradora que tiene una fuerte idea que contar.
Pero claro, al parecer, la idea de robar millones tan solo por tenerlos se ha convertido en el principal deseo de todo el mundo. Ya no hay si quiera una idea al estilo Robin Hood. Porque no hay héroes que quieran salvar nada, más allá de su propio pellejo, para demostrarle al mundo que “no soy muerto de hambre” o un pobre diablo.

Como le dice el policía a Leo Espósito –también ladrón de bancos– en Culpable, el gran film de Hugo del Carril: “Te felicito Leo, te portaste, en el fondo sos un buen burgués”.

© Melina Cherro, 2018 

Permitida su reproducción total o parcial, citando la fuente.

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