26.02.18
Críticas _ Teatro

Crítica: Bardo, un lugar entre nosotros, por Jonathan Sassón

 

“En su propio Bardo, estado que los tibetanos describen como el momento entre la muerte y el próximo nacimiento, un escritor escribe por su vida, y sus personajes viven como él, entre el vacío y el vértigo…”

Es probable que antes que al significado tibetano el título remita al lunfardo, de todas formas existe una relación, ya que “bardear” significa provocar, sin duda esta obra provoca varias sensaciones, por lo menos diversión, emoción y asombro.

Ese lugar entre nosotros podría ser  la vida o la transición a la muerte, mientras tanto el lugar es el que comparte el público con los protagonistas de este espectáculo.

Una obra de teatro físico que fusiona la actuación y el circo. Sin descuidar ninguno de los aspectos, en este sentido, tanto las actuaciones como la parte circense son de alto nivel.

El teatro físico explora y expone las posibilidades narrativas de los cuerpos, llevándolo a un terreno acrobático, como en este caso, se extrema  la dramaturgia corporal. Podría decirse que esta obra logra un lenguaje muy completo, una poética teatral circense.

Sino se trabajan en profundidad, la acrobacia o la danza misma pueden volverse repeticiones de movimientos mecánicos, generando un distanciamiento entre la virtuosidad del intérprete y el público, contrariamente esta obra da un sentido a los movimientos para expresar más allá de las formas. De esta forma acerca al espectador  todo lo que acontece en escena transmitiendo sensaciones constantemente. Las actuaciones impactan tanto por la destreza física como por los detalles actorales, los gestos, las miradas, etc.

La puesta coordina a la perfección el tiempo/espacio para que confluyan el humor, el drama, el despliegue acrobático y el actoral pudiendo generar una trama, logrando empatizar y conmocionar.

Toda acrobacia conlleva un riesgo, en general cuanto mayor riesgo se corre mayor es la emoción implicada. A la vez podría decirse que detrás de una emoción existe un acto acrobático interno, ya sea algún órgano contorsionándose o la mente enfrentando el vacío, alejándose del dolor, buscando el equilibrio, pujando por la vida. Cuánto más emoción se pone en juego mayor es el vértigo implicado.

La acrobacia involucra emoción para quien la realiza, pero  sobre todo para quien la observa. En paralelo la oscilación emocional en escena es lo que produce efecto desequilibrante en el espectador. Queda demostrado que a través de el lenguaje físico, implementando técnicas circenses se puede emocionar y hasta llevar a la reflexión.

Los movimientos acrobáticos deben ser certeros, para evitar fatalidades y lograrlos con integridad, las acciones deben ser realizadas en el tiempo y lugar adecuados en cuestiones de segundos, no hay lugar a duda. Sin embargo la obra abre un abanico de interrogantes. ¿Cuánto vértigo puede producir una hoja en blanco? ¿Cual es el riesgo que se corre al crear? ¿Un escritor controla a sus personajes, o son ellos los que una vez creados son los que van manipulando la trama? ¿El arte trasciende a la muerte?

Sin plantearlo explícitamente, se comunica  a través de imágenes, de acciones, del movimiento, generando así una estética particular. Tanto visualmente como narrativamente se hacer ver lo difuso entre el límite de lo real con lo imaginario y quizá como toda obra de teatro, pero esta vez con un sustento literario, expone que lo que prevalece es la concepción de lo efímero.

Como epilogo cabe citar a Sogyal Rimpoché  quien escribe en “El libro tibetano de la vida y la muerte”: “… ¿Qué es nuestra vida sino una danza de formas efímeras?…incluso esta página no tardará en ser solo un recuerdo…”

Teatro: Espacio Callejón – Humahuaca 3759

Funciones: Sábado – 23:00 hs

Entrada: $ 200,00 / $ 180,00

Jonathan Sassón

Dramaturgia: Maximiliano Chiprut, Anahí Dratman, Juan Guiraud, Gabriel Paez. Dirección: Gabriel Paez. Asistencia de dirección: Miguel De Madrid. Elenco: Maximiliano Chiprut, Anahí Dratman, Juan Guiraud. Diseño de luces: Miguel De Madrid .Diseño de escenografía: Maximiliano Méndez. Música original: Jerónimo Guiraud. Diseño de vestuario: Las Elvis. Video: Matías Silva. Fotografía: Facundo Fraga. Diseño gráfico: Diego Feijoo. Producción: Marina Bacin.

 

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