03.11.18
Críticas _ Teatro

Crítica: Cae la noche tropical, por Diego Ávalos

Cae la noche tropical, de Santiago Loza y Pablo Messiez.

La caída

Cae la noche tropical es la última novela publicada por el autor Manuel Puig. Podemos decir que es su novela de la autoconsciencia. Si el mismo Borges señala que el camino de todo autor es la limpieza de su estilo -de su recargado El Aleph hasta lo directo y esencial de El informe de Brodie-en esta novela Puig renuncia a varios de los recursos que lo hicieron reconocido. Mantiene los diálogos coloquiales de cierta clase social argentina fácilmente reconocible. Mantiene también algunos géneros de los llamados marginales: cartas, llamadas telefónicas, declaraciones policiales, un informe de vuelo. Pero esta vez todos estos recursos están puestos por necesidad narrativa, no por mero ánimo experimental. Afortunadamente también abandona la senda alegórica de varias de sus novelas más famosas, ese gesto por la idea que arruinó títulos como The Buenos Aires affaire y Pubis angelical, novela esta última donde la reconciliación entre las tres argentinas, la pasada, la presente y la del futuro, termina siendo un planteamiento tan discursivo como obvio. Cae la noche tropical es una novela que gana por su compleja simpleza, por su directa contundencia. Es la despedida de una obra entera, una reflexión calma sobre todo el trabajo hecho.

Pareciera que los autores con sus últimas obras se decidieran por imágenes que metaforicen este cierre. Es Telón de Agatha Christie, donde asistimos al último acto de Hércules Poirot. También es La tempestad de Shakespeare, donde el paso de una tormenta final deja una necesaria calma que termina por reconciliar a todas las pasiones. En esta noche tropical caída una manta se convierte en la imagen de un telón final sobre todo un mundo poético. El mismo Puig lo escribe al cierre: “El aterrizaje en Rio fue particularmente suave y los pasajeros aplaudieron la maniobra del capitán”. Esta frase es de propio reconocimiento final. Se llegó a destino, ahora es el lector quién debe cerrar el libro para poder aplaudir.

A partir de esta última novela de Puig, el dramaturgo Santiago Loza y el director Pablo Messiez crearon para la sala Casacuberta del teatro San Martín su primera puesta en escena. Lamentamos decir que esta propuesta ha logrado un resultado muy pobre. En las siguientes líneas desarrollaremos cuales son a nuestro parecer las fallas de tan esperado proyecto.

Cae la noche tropical cuenta originalmente la historia de Lucy y Nidia, dos hermanas argentinas de más de ochenta años que conviven en un departamento de Rio de Janeiro. La causa de la reunión es amarga: Nidia acaba de perder a su hija por un cáncer y vino de visitas para afrontar el duelo. Desde el comienzo de la historia ambas hermanas conversan sobre una vecina que vive junto a ellas, también argentina. Esta mujer, Silvia, está viviendo una complicada historia de amor que se resiste a concluir. Ambas hermanas, discutiendo de forma apasionada sobre la suerte de esta Silvia que las obsesiona, comienzan un lento pero seguro viaje a su pasado, a sus amores, a sus propias ganas de seguir viviendo.

La novela tiene dos secciones muy diferenciadas. En una primera parte se centra en lo que las hermanas hablan sobre Silvia y sus desventuras amorosas. La segunda parte, que es la más interesante, cuenta la separación de las hermanas. Lucy viaja a Europa y Nidia se queda cuidando su departamento. Aquí Nidia se convierte en la protagonista, son sus acciones la que movilizan la trama. Cada vez más llena de ánimo gracias a la historia de la vecina, Nidia decide dar un vuelco a su vida y ayudar a su portero y su joven esposa  para que puedan vivir su historia de amor. Esta ganas de solucionar la vida ajena con las mejores intenciones, como en  todo buen melodrama, tiene un resultado tan sorpresivo como amargo: secretos, mentiras, desapariciones y hasta un misterio policial.

Loza y Messiez eliminaron toda esta línea narrativa. Se centraron en la historia de Silvia como relato dialogado de las hermanas. Es decir, eligieron aquello que parecería más teatral de la novela, las dos hermanas charlando. Por lo tanto obviaron lo que era más complejo de traducir a escena, las desafortunadas aventuras de Nidia en la vida de Río de Janeiro. Esta decisión trae dos problemas graves. Por un lado de dramaturgia. Por el otro de interpretación de texto.

Plantear dos personajes contando la vida de otra persona se convierte en un desafío, ya que se corre el riesgo de que en lugar de una escena lo que se instale sobre el espacio sea una roca. En la novela ese diálogo funciona porque al ser solamente  leído, se activa la imaginación del lector, quién debe completar una voz, un espacio, una acción corporal no descripta pero intuida. Si en escena tenemos por mucho tiempo a dos personajes charlando sin un conflicto de intereses, no asistimos a una cuestión teatral, sino a una cocina cualquiera. Puig sabe que la vecina es una mera excusa, un MacGuffin en toda ley. El relato alrededor de Silvia poco a poco va transformando a las dos mujeres, las va moviendo de sus prejuicios, miedos y vanidades. El conflicto no es Silvia, sino preguntarse si la vida vale la pena, si el amor y su ilusión son necesarios para seguir viviendo. La puesta en escena de la obra poco trabaja estos subtextos, priorizando la cuestión de la vecina ya no como excusa sino como centro. Pocas son las señas que nos brinda la dirección sobre el lento apasionamiento de las dos mujeres gracias a la historia de la vecina: un vínculo más disfrutado  con la comida, con la bebida, con las plantas. Un notorio cambio en el vestuario. Pero con eso solo no alcanza. La obra brilla por su falta de juego teatral, de sugerencia y misterio.

Cuando Silvia aparece en escena, se nos muestra su departamento en el piso superior a donde viven las hermanas. Pero esta aparición no mejora nuestro espectáculo, por el contrario. Mientras las hermanas dialogan sobre la mala suerte en el amor que la mujer sufre, nosotros la vemos tirada en su cama, tomando pastillas, llorando por su amante ido. Pero en vez de tener un contraste interesante para contemplar, un juego de contrarios que cree un nuevo sentido, tenemos una imagen que apoya todo el discurso de las hermanas, volviendo a la superposición completamente innecesaria.

Pocos son los momentos donde tenemos verdadero juego teatral, donde la imagen, las distancias, los cuerpos y sus acciones nos permitan corrernos de lo literal para llegar a una zona de verdadero interés escénico. Mencionemos especialmente el momento en que Nidia lee la última carta de su hermana Lucy. Las dos hermanas separadas por varios metros, una en un cuarto superior, como si ya estuviera en el cielo, la otra en la cocina, leyendo sin saberlo la carta de quién se ha ido para siempre. Otro buen momento es cuando Silvia se entera de la muerte de Lucy, mientras en la cocina una ignorante Nidia se dedica a realizar ejercicios físicos. Una paradoja poética que logra ironía y tristeza. Pero ni siquiera estos momentos salvan la obra, son meras joyas perdidas en un mar de pesadez literaria.

En el plano interpretativo  es muy regular el nivel de las actuaciones. Leonor Manso confunde a una mujer de barrio con una mujer de un pueblo del interior, dándole a su interpretación una tonalidad ya muchas veces repetida en sus personajes televisivos (¿o será que se confunde con su Raba de Boquitas pintadas?). Por su parte, Silvia Fernanda Orazi interpreta a la vecina, generando con su largo monólogo uno de los momentos más cansadores de toda la puesta. Un tono declamatorio y frío que grita “Teatro San Martín” y al mismo tiempo provoca somnolencia. Otra vez lo mismo: faltó cuerpo, faltó teatralidad, faltó salirse de una lectura ilustrada y brindarle a la escena más de lo que el texto narraba.  Quién mejor sale parada es Ingrid Pelicori con su papel de Lucy, la hermana mayor. Es quién mejor entendió cómo actuar guardando un secreto: la tristeza mal simulada ante el viaje a Europa, la conciencia de que quizás no haya retorno posible.

Cae la noche tropical no solo falla por la parte seleccionada de la novela original sino también por la lectura que de ella se hizo. Si hay un tema recurrente en el personaje de Nidia, el personaje que realizar la verdadera transformación, es la cuestión de la fe. Nidia, quién he perdido a su hija, no cree que sea posible reencontrarse con ella en el otro mundo. Después de la muerte no hay nada. Un ateísmo curioso para esta señora  argentina de barrio, pero totalmente posible. Mientras la trama avanza, y gracias no solo a la historia de Silvia, sino por sobre todo a la historia de la joven esposa del portero de su edificio, Nidia poco a poco comienza a cambiar no solo en su percepción de la vida, sino también en sus más profundas convicciones espirituales. El cambio es sutil, pero preciso. Es el arco de esperanza que el personaje recorre. En la puesta teatral esto está incompleto, Nidia afirma su falta de fe, pero sobre esta cuestión no se vuelve más, quedando como dato, ya no como tema.

Pero el recorte sobre la construcción de Nidia es todavía más grave. Nidia, a pesar de toda la amargura sufrida por la traición efectuada por su portero, decide regresar a Río de Janeiro menos por su propia salud que para consolar a la esposa abandonada por él, una chica muy desprotegida  que está sola en la gran ciudad. El último gran acto de Nidia es un sacrificio de amor, comprende que en salvar al prójimo está la salvación propia. Puig, en su novela final, se reencuentra con su raíz cristiana, tan denostada en sus comienzos literarios, léase sino Boquitas pintadas. La Nidia teatral vuelve a Río por ella y por su salud, por su frío y su bienestar. Se cubre con la manta y sonríe en su cómoda e individualista soledad. Un cambio tan radical  ya no es una decisión de puesta o de dramaturgia, sino la creación de un personaje completamente distinto.

Digamos por último que es una pena que los realizadores de esta obra no hayan tenido en cuenta un film del que quizás Puig, viejo amante del cine, haya tenido suficiente información. Hablamos de Las ballenas de agosto, película de 1987 dirigida por Lindsay Anderson, basada en la obra de teatro de David Berry, y última actuación en pantalla de la gran Lilian Gish, actriz con la que nació el cine. Aquí tenemos una historia muy similar: una casa en la playa, dos hermanas ancianas que conviven, un fuerte contrapunto, los vecinos como tema de conversación, los recuerdos del pasado, los muertos, los fantasmas y las ganas de seguir viviendo.  Pero además la actuación,  el juego doble, la sutileza. Porque en el arte lo esencial es el misterio de lo no dicho, de lo libre de ser interpretado. Los discursos caen pesados, y en arte lo único imperdonable son las falsas caídas.

Teatro: San Martín – Av. Corrientes 1530 -CABA

Funciones: sábado – 20:30 h

Entrada: $ 220,00 – Domingo, Viernes y Sábado y $ 110,00 – Miércoles y Jueves

©Diego Ávalos, 2018 

Permitida su reproducción total o parcial, citando la fuente.

Autoría: Manuel Puig. Versión: Santiago Loza, Pablo Messiez. Actúan: Leonor Manso, Fernanda Orazi, Ingrid Pelicori. Vestuario: Renata Schussheim. Escenografía: Mariana Tirantte. Iluminación: Gonzalo Córdova. Música original: Carmen Baliero. Entrenamiento corporal: Lucas Condró. Asistencia artística: Florencia Wasser. Asistencia de escenografía: Sofía Eliosoff. Asistencia de iluminación: Paul Pregliasco. Asistencia de vestuario: Mariana Seropian. Colaboración artística: Patricio Binaghi. Dirección: Pablo Messiez.

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Una respuesta a “Crítica: Cae la noche tropical, por Diego Ávalos”

  1. saul leon Sznycer dice:

    coincido plenamente con la critica, la obra me resulto un embole soberano, falto de teatralidad y sustancia dramatica y poetica, un pastiche de la tele llevado al teatro.

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