17.05.18
Críticas _ Teatro

Crítica: El violinista en el tejado, por Diego Ávalos

El musical nacional sobre el tejado

Un artista interpreta su violín en lo alto de un tejado. De un lado la música. Del otro el peligro de la caída y con ella la muerte. Esta bella imagen es el signo y desafío para cualquier puesta de esta obra clásica: un delicado equilibrio donde por lo mínimo debe llegarse a las alturas. O derrumbarse en el error fatal.  

El violinista en el tejado es un musical de Broadway del año 1964, basado en la novela Las hijas de Tevye de Sholem Aleijem. Estrenado con un gran éxito, El violinista sobre el tejado se ha convertido en un clásico del teatro musical, con múltiples puestas en todo el mundo (en Argentina es recordada la versión de Raul Rossi de 1969) y una famosa versión para cine de 1971 con el protagónico de Chaim Topol y la dirección Norman Jewison.

Cuenta la historia de Teyve, un lechero de una pequeña comunidad de la Rusia Zarista que ante los sucesivos casamientos de sus hijas debe ir cediendo frente a los cambios que las nuevas generaciones imponen. La obra se pregunta cuál es el sentido de la tradición, cómo se conserva, cómo puede modificarse para continuar viva. Mientras la historia de Teyve y su familia de desarrolla, somos testigos de la creciente discriminación que sufre la comunidad judía, vaticinio de un oscuro futuro.

El violinista en el tejado es uno de los musicales más complejos de realizar entre todos los grandes clásicos del género. Su dificultad se encuentra en el desafío que representa para el director y su elenco contar no solo una historia, sino un cambio de humor, un sentimiento abstracto que va desde los días felices, a su declive y finalmente al presentimiento de una inexorable tragedia. En El violinista… debe presentarse en su lento y melancólico final un emblema del futuro, un desgraciado anuncio que tomará forma de guerra, de persecución, de matanza. Este verdadero arco de sentimientos que la obra exige se inicia con un ambiente que debe parecer el de una comedia familiar. Es a partir del segundo acto que comienza la verdadera obra. Todo lo que en el primer acto son sospechas, en el segundo debe ser una terrible verdad. No es en vano realizar una comparación con las obras del gran autor ruso Anton Chejov. Estos personajes, aunque de otra clase,  comparten el mismo periodo anterior a la revolución de octubre. En las obras de Chejov son también las tramas excusas para sentir un ambiente de época, un estado del alma del pueblo, un presagio silenciado pero intuido. El violinista… necesita para poder lograr semejante desafío un director que sepa rodearse de un elenco perfecto. Un elenco que pueda cantar en el tejado.

Esta nueva versión argentina de El violinista… es un buen espectáculo. Muy interesante en sus imágenes.  Logra bellos momentos gracias a una excelente iluminación, vistosas coreografías, un moderno planteamiento escénico y una gran dirección musical, a excepción de algunas voces muy flojas, que más están sobre el escenario por cartel que por justicia. Pero es en el rubro actuación donde nosotros vamos a poner nuestra máxima atención. En el teatro hay jerarquías, y son los actores su principal motivo.

El musical argentino parece estar en una compleja disyuntiva, que no tiene que ver tanto con una cuestión generacional sino de formación. Tenemos actores que saben bien cantar, bien bailar y bien actuar. Pero este buen desempeño, ¿es bueno para todos los tipos de poéticas musicales? Creemos que no. Y El violinista… bien lo demuestra, lamentablemente. En esta obra todo el elenco cumple con su trabajo, la cuestión está en que no todos cumplen de la misma manera. Mientras por un lado tenemos actores que trabajan con sus emociones, en los cuales se percibe que todo movimiento, todo canto, todo baile y todo diálogo está embebido de una afectación real, bien entendida y expresada, hay otros que realizan un trabajo de buena forma, pero exterior, sin sutilizas, sin matices, sin una verdadera emoción propia puesta al servicio del personaje. En obras donde el sentimiento no sea esencial (comedias pop, comedias queer, infantiles) esto no será problema. Pero en obras donde el elenco debe no solo expresar su conflicto, sino también el conflicto de un mundo que se derrumba para dar paso a otro, la exigencia es distinta. En este sentido Raúl Lavié y Julia Calvo realizan un excelente trabajo porque bien supieron moverse en el difícil terreno de la comedia y el drama, logrando creaturas atravesadas por el sentimiento de un mundo que se les va. Son actores que despiertan admiración porque se ve en ellos al mismo tiempo tanto la profesionalidad como la inocencia que todo artista debe respirar a la hora de vivir sobre un escenario. Lo mismo Dan Breitman, un excelente actor que pese a tener los grandes momentos cómicos de la obra, bien sabe equilibrarlos con una deliciosa ternura, muy importante para su personaje. ¿Qué faltó en esta puesta? Que la mayoría del elenco estuviera a la altura del desafío. Los mejores pudieron expresar su conflicto y trascenderlo. Los demás no pudieron acercarse a ese complejo trabajo de sutil melancolía que necesita una obra tan cercana un cuadro chejoviano. Por todo esto, en sus tramos finales, uno intuye que el sentimiento sobre el escenario debería haber sido mucho más denso, oscuro, triste y desolador. El elenco no lo vive de esa manera, por lo que se queda detrás de la bella música, de la triste historia.

El actor del teatro musical debe comprender que antes que nada es actor. Sus herramientas son su cuerpo y su sentimiento. El público no solo busca un buen canto, una buena voz, una máscara y una gracia. El público busca la expresión de un sentimiento. Busca, cuando la obra así lo exige, un generoso corazón siempre listo para ser compartido. El actor no solo se forma en su talento. Primero siente, y sobre ese sentimiento da un paso, habla y sueña.

Teatro: Teatro Astral –  Av. Corrientes 1639 – CABA

Funciones: miércoles, jueves, viernes, sábado, domingo

Entradas: desde $400 hasta $900

© Diego Ávalos, 2018 

Permitida su reproducción total o parcial, citando la fuente.

Autoría: Joseph Stein. Adaptación: Gastón Cerana, Gustavo Zajac. Traducción: Gastón Cerana, Gustavo Zajac. Actúan: Sami Abadi, Adriana Aizemberg, Patricio Arellano, Dan Breitman, Diego Bros, Omar Calicchio, Julia Calvo, Menelik Cambiaso, Manuela Del Campo, Diego Frias, Sabrina Garciarena, Miguel Habud, Damian Iglesias, Raúl Lavié, Andrea Lovera, Diego Martín, Florencia Otero, Bruno Pedicone, Andrés Rosso, Eluney Zalazar. Diseño de peinados: Daniel Laurito. Diseño de vestuario: Alfredo Miranda. Diseño de escenografía: Andrea Mercado. Diseño de luces: Gonzalo Córdova. Diseño De Sonido: Gastón Brisky. Diseño Audiovisual: Matías Sánchez de Bustamante. Música: Jerry Bock. Letras de canciones: Sheldon Harnick. Fotografía: Nacho Lunadei. Comunicación: Uop! Estudio. Diseño gráfico: Fernando Eiras. Asistencia coreográfica: Mariana Zourarakis. Asistencia de dirección: Christian Alladio. Creatividad: Uop! Estudio. Prensa: We Prensa. Producción ejecutiva: Roro Pellegrini. Producción general: Julieta Kalik. Dirección de Producción: Ana Florencia Blejer. Coordinación técnica: Lucas Martinez Bojanich. Coreografía: Gustavo Zajac. Dirección musical: Mateo Rodó. Dirección vocal: Sebastián Mazzoni. Dirección: Gustavo Zajac. Dirección general: Sami Abadi.

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