21.07.18
Críticas _ Teatro

Crítica: Sunset Boulevard, por Diego Ávalos

El reino perdido

La noticia sacude al mundo del espectáculo. En la piscina de Norma Desmond, gran estrella del cine mudo, hay un cadáver tiroteado. La historia del cadáver, de Norma y de esa piscina será relatada por Joe Gillis, un joven guionista que desde hace un tiempo se encuentra en la ruina.

Joe llegó a la “Tierra de los sueños” con la ilusión de convertirse en un gran autor de films, pero tiempo después es perseguido por deudores y rechazado por los estudios. De casualidad, aunque no hay casualidades en el reino de lo trágico, llega con su automóvil al jardín de una mansión de Sunset Boulevard, la calle de las estrellas. Dentro de esa mansión vive Norma, diva solo comparable a Greta Garbo, rostro perfecto de una época donde para actuar solo se necesitaban caras, donde se podía seducir “sin hablar”. Entre la antigua estrella y el ambicioso guionista se establecerá una dura relación de dominación, deseo y muerte.

Sunset Boulevard originalmente nace como un film dirigido por Billy Wilder en 1950, historia escrita por él junto al gran Charles Brackett. El film, en su muestrario de decadencia y glamour, pronto se convirtió en un clásico ineludible. Como dice el autor Ángel Faretta, es la muestra más obvia de la influencia de lo austrohúngaro en el cine de Hollywood: su aire a muerte e imperio, a reinados recargados y pérdidas irrecuperables.

En 1994 el famoso compositor inglés Andrew Lloyd Webber (Evita, Cats) presenta su versión musical en Broadway, volviendo a presentarse en 2017 con un concepto de puesta más reconcentrado y otra vez con Glenn Close en el papel de Norma. Este año Sunset Boulevard llegó al teatro Maipo. Y que producción tan destacada se presente en este templo del espectáculo argentino, tampoco puede ser coincidencia. El Maipo, con su arquitectura art déco, sus escaleras, sus esculturas, candelabros y alfombras, es el marco perfecto para la recreación de un espíritu de realeza en huida, del espectáculo como la última resistencia ante una nihilista modernidad.

Este concepto de la realeza es muy importe para comprender la historia de Norma Desmond. Norma se cree una reina: su palacio, su sirviente, sus adoradores. En el film original contempla maravillada a su Reina Kelly; en el musical a su Juana de Arco, la santa que también fue reina. Hollywood, ciudad cimentada por los restos del derruido Imperio Austrohúngaro (del cual provenía el mismísimo Billy Wilder), fue una realeza simbólica: poder, tradición, fortuna. Bien sabemos que el cine de Hollywood fue la oposición al mundo protestante anglosajón dentro de la disputa simbólica de Estados Unidos. Para hacer oposición, para propagar sus ideas antiliberales, debía cubrirse de distracción frente a sus enemigos, debía frivolizarse, debía inventar el concepto de lo “hollywoodense” y pasar como una mera fábrica de películas. Pero al decir de Faretta, la fábrica de Henry Ford no producía lo mismo que la fábrica de John Ford. La diferencia se encuentra en el símbolo, lo trágico, el heroísmo y lo sagrado. La diferencia es un mundo entero, la diferencia bien vale un reino.

Norma Desmond nunca pudo comprender la diferencia entre Hollywood y lo hollywoodense. Compró la frivolidad, se creyó la historia del reinado literal. Jamás comprendió que eso era la imagen que se creó para el afuera. Que sí fueron un reino, pero uno en las condiciones de la modernidad. No entendió que el verdadero poder no se disputaba en la fastuosidad de un museo sino en volverse industria. Una industria capaz sostener el verdadero sentido de una la puesta en escena,  del símbolo recuperado, de la idea de una tradición que volvía a resurgir. Hollywood dio el salto del mudo al sonoro para su perfeccionamiento, para volverse más parecido a la percepción que tenemos de la vida, como luego hiciera en su salto del blanco y negro al color. ¿Cómo Billy Wilder, uno de los dialoguistas más dotados de Hollywood, iba a crear una obra contra la palabra? El error es de Norma. Y esa es la gran paradoja que el musical tan bien demuestra: Norma solo puede expresar su dolor en “Sin hablar” –la canción más famosa del musical- gracias a su voz.  Norma Desmond está loca porque se cree una reina. Pero en su locura hay una verdad: fueron reyes, y ella la reina principal. Su propia vanidad no le hizo comprender que el presunto reinado de lujo y cortesía era un espejismo, porque el verdadero tesoro y trono se encontraba en otro lugar.

Interpretar a Norma Desmond es un problema. La creación de Gloria Swanson ya es un prototipo de la diva demente, de la reina enloquecida. Lo sabio, como lo hiciera Glenn Close y ahora Valeria Lynch, es ir por otro lado, proponer caminos distintos. Close eligió la ferocidad, Lynch la vulnerabilidad. Se lamenta en Lynch que no haya recorrido la vena cómica y patética que el personaje tiene, su decisión fue por el dolor. Y no siempre resuelve las difíciles transiciones propuestas de la mejor manera. Sin lugar a dudas su Norma gana cuando conecta con la nostalgia y con la ternura. Sus dos momentos más grandes llegan con su emocionante “Como si nunca hubiese dicho adiós” –con un perfecto marco lumínico- y con “Mi año feliz” donde, junto a Mariano Chiesa, logra uno de los pocos momentos felices de los trágicos amantes.

Mariano Chiesa es para el rol de Joe el actor perfecto. Su calidad interpretativa, su voz, su presencia física, su humor –incluso para intercambiar pequeños guiños con la audiencia en plena presentación- hacen de él uno de los pilares de la obra. Entendió de Joe su cinismo, su desencanto, su cansancio. Pero también entendió que el personaje hace un camino de purgación que solo se puede pagar con dolor. Su gran momento es cuando al fin se devela frente a Betty (una creíble y emotiva Carla del Huerto) la verdad de su vínculo con Norma. La humillación de Joe es creíble por la máscara emotiva y dolorosa que logra Chiesa. Otro gran número por su fuerza y expresión lo consigue con su intensa “Sunset Boulevard” al inicio del segundo acto. La amargura hedonista de Joe se nos hace presente y palpable al borde de la tan peligrosa piscina.

 Destaquemos por último en el plano actoral las interpretaciones de Rodolfo Valss como el sirviente y titiritero Max y de Jorge Priano como el director de cine Cecil B. DeMille. Este último tiene la suficiente presencia como para caminar, hablar e imponerse como el gran director. Su pequeña canción frente a la salida de la estrella es una breve y delicada joya interpretativa. Valss triunfa porque le aporta a Max algo que en otras versiones se simplifica: no se quedó con la imagen del guardián tenebroso dentro de la oscura mansión. Creó un personaje dolido, enamorado, adorador. Su “Entre todas la mejor” hace honor al título.

Varios son los elementos para destacar de esta puesta de Claudio Tolcachir. Sunset… es un musical complejo y la puesta de Tolcachir se aprecia por su dinamismo, por su ritmo sostenido, por el limpio manejo de un ensamble siempre preocupado por interpretar su rol aún en la más mínima intervención. La producción de la obra es generosa y detallista: un colosal vestuario de Renata Schussheim, utilería de época con auto incluido, proyecciones, profesionales de altura como Jorge Ferrari en la escenografía y Elizabeth de Chapeaurouge en las coreografías. Pero donde mejores imágenes consiguen Tolcachir y Mariano Demaria, su iluminador, es con las escenas dentro del estudio Paramount.  Hierro, frialdad, humo y luces puntuales, logran la impresionante sensación de fábrica y templo a la vez. Tolcachir demuestra su buena raíz de director independiente cuando más conecta con los pocos recursos que son necesarios para darle a la imaginación la sensación teatral de lo grande.

Lamentamos solo dos decisiones: proyectar partes del film dentro de la obra –las escenas de la persecución- y las posiciones de los actores en el descenso final de Norma. No es una buena idea traer al film dentro del teatro. La versión de Wilder debe ser un fuera de campo, sino se despiertan los malos fantasmas de las compasiones. Tampoco es bueno que Norma proclame su gran discurso final al pie de la escalera pero mirando hacia las cámaras y los personajes en escena en vez de al público, nosotros, los que estamos en la permanente oscuridad. Esa escena desde el comienzo se merecía el centro del escenario y que Norma nos hable como si fuéramos la misma cámara. La intensidad del momento se hubiera multiplicado de habernos conectado con su mirada, esta vez perdida para siempre. Ya lo dijimos una vez en otro lugar: Norma Desmond es la reencarnación americana de la también trágica Lucia di Lammermoor.

Un comentario más respecto a la puesta. En el final, cuando Norma termina de bajar las escaleras, mira a Max, creyendo que se trata de DeMille, y le pide permiso para hablar. En el film Swanson pide permiso y agradece al instante, demostrando que lo hizo por cortesía, no porque haya esperado una respuesta. En la puesta de Tolcachir, Norma pregunta y no habla hasta que Max le hace un gesto. ¿Norma Desmond realmente necesita de un gesto para hablar? ¿Es así Norma?

Nombremos por último el colosal trabajo de la orquesta. El director musical, Gerardo Gardelín, y el director orquestal, Gaspar Scabuzzo, logran interpretar con grandiosidad y mucho sentimiento la compleja y bella partitura de Weber, una partitura muy inteligente que con sus tantas variaciones y repeticiones logra la perfecta expresión de su drama. Escuchar un ensamble grande, afinado, fuerte, y la vez delicado, es una de las más bellas situaciones a las que un musical nos puede invitar. Se agradece el respeto por la música, el amor a la música.

Sunset Boulevard es una destacadísima producción dentro del teatro argentino. Una historia sólida, un gran trabajo en cada una de las áreas, un cuidado extremo en el detalle, en la prolijidad, en la imagen limpia y clara. Una verdadera invitación para todos los espectadores que aprecien tanto el musical como el film original. Un encuentro con un teatro de calidad, adulto, entretenido y reflexivo.

Si. Porque Sunset Boulevard es finalmente una reflexión sobre el tiempo y la muerte. Un boulevard atardecido, un sol derrumbado. Una reina vagando en solitario dentro de su palacio, esperando que retornen los deseos, aplausos y lágrimas de esos adoradores en la oscuridad. En nuestra vanidad y desesperación, en nuestra ceguera, todos somos una Norma que lucha contra lo inevitable. Nosotros y ella, cada uno en su privada oscuridad.

Teatro: Maipo – Esmeralda 443

Funciones: Sábado – 19:00 hs y 22:30. Domingo – 19:00 hs. Miércoles – 20:30 hs. Jueves – 20:30 hs. Viernes – 20:30 hs.

Entradas: Desde $300 hasta $1100

 Diego Ávalos, 2018 

Permitida su reproducción total o parcial, citando la fuente.

Actúan: Karina Barda, Belen Cabrera, Menelik Cambiaso, Walter Canella, Cristian Centurion, Mariano Chiesa, Mariano Condolucci, Marcelo De Paula, Carla Del Huerto, Ana Durañona, Pablo García, Jimena Gonzalez, María Hernández, Valeria Lynch, Facundo Magrané, Laura Montini, Silvina Nieto, Jorge Priano, Irina Ramirez, Emmanuel Robredo Ortiz, Rodrigo Segura, Patricio Witts, Mariano Zito. Actuación Especial: Rodolfo Valss. Escenografía: Jorge Ferrari. Iluminación: Mariano Demaría. Diseño de vestuario: Renata Schussheim. Sonido: Gastón Brisky. Entrenamiento musical: Gerardo Gardelin. Prensa: Anita Tomaselli. Producción: Lino Patalano, Gustavo Yankelevich. Coreografía: Elizabeth de Chapeaurouge. Dirección De Orquesta: Gaspar Scabuzzo. Dirección: Claudio Tolcachir. Dirección general: Claudio Tolcachir.

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