03.09.18
Críticas _ Teatro

Crítica: Tommy, por Diego Ávalos

Musical en soledad

Si bien Tommy, el disco publicado en 1969 por la banda inglesa The Who, no está considerado como la primera ópera rock, si fue el primero que se promocionó bajo esa nomenclatura. El hecho de haber sido luego un enorme éxito de ventas y de tener una famosa adaptación al cine, hicieron que quedara como el prototipo de lo que es una ópera rock, lugar compartido seguramente con The Wall del grupo Pink Floyd.

Tommy, cuyo verdadero padre es el compositor y letrista Pete Townshend, cuenta la historia de Tommy, un joven que luego de haber vivido un hecho traumático que lo deja sordo, mudo y autista, se convierte de la noche a la mañana en una súper estrella del pinball, las máquinas conocidas entre nosotros como flippers. Cuando Tommy sufre una misteriosa curación de su estado, se vuelve un referente para toda la juventud, cuestión que traerá graves consecuencias.

Como todo disco poético, el sentido final de la obra es ambiguo. ¿Cuál es el destino de Tommy? Sabemos que luego de que intentara crear un culto a su alrededor, son sus mismos fanáticos quienes lo abandonan. ¿Pero qué es de nuestro protagonista? ¿Cuál es el sentido de sus últimas palabras, el tan emotivo “Listening to you”?
¿A quién le canta Tommy una vez aprendido del error al que ha conducido su vida? ¿A su familia? ¿A sí mismo? ¿A Dios?

Esto último es lo que interpreta Ken Rusell en su famosa versión para cine de 1975. Rusell entiende que el disco Tommy cuenta directamente la historia de un anticristo. El hijo varón de una familia de tres que cuando sale al mundo organiza una secta a su alrededor, y en vez de salvar a los ciegos, a los sordos y a los muertos, los convierte en tales. Rusell refuerza este concepto de la inversión cristiana haciendo que el padrastro del niño asesine a su verdadero padre, jugando perversamente con la figura de José como el perfecto padre adoptivo.

En el final, cuando Tommy dice: “Listening to you I get the music, Gazing at you I get the heat”, mira al sol y a él se entrega, logrando de esta manera una perfecta metáfora trascendental, apoyada desde la puesta en escena por un bello y emocionante eje vertical.

En 1992 Pete Townshend y Des McAnuff presentan la versión para teatro musical de Tommy, basándose en el disco original y no en la película. Creemos que esto se debe a una cuestión de derechos. Ken Rusell firmó la película como único guionista, por lo que su interpretación del disco es de su exclusividad. Townshend y McAnuff hacen menos foco en el tema religioso de Tommy que en su mundo interior.

Tanto es así que cambian por completo el último tramo de la historia. Tommy ya no quiere ser el líder de su propio culto, sino que le pide a sus fanáticos que vivan su propia vida, aquella que él no pudo tener, cosa que desencadena la furia de sus seguidores. Consideramos que esta decisión dramática es un gravísimo error sobre el material original.

Lejos de ampliar la metáfora, la achica, dejando temas tan complejos como el peso de lo trascendente, lo sagrado, la religión organizada, los ídolos pop, la tecnología y la ciencia, en un segundo plano, reduciendo por ende todo a una cuestión puramente psicológica del personaje, a un problema de su interioridad. Además, esto último es difícil de comprender debido a lo débil de la dramaturgia en esos momentos culminantes.

La versión que se estrena ahora en el teatro Maipo es esta misma de 1992, más algunas modificaciones menores que fue adquiriendo con el tiempo. Esta versión presentada no tiene tan solo cuestiones por una dramaturgia problemática desde el origen. Su máxima cuestión es de dirección. La puesta en escena de este Tommy confunde cuadros musicales con situación dramática.

Cada uno de los cuadros está cantado, bailado, interpretado, pero ninguno de ellos tiene una idea clara de arco dramático, no hay un conflicto que los personajes transiten, no hay una idea narrativa que sostenga el interés de cada segmento.

En teatro, ni las canciones, ni las voces, ni las coreografías, sostienen por sí mismas una historia. Para que lo teatral suceda debe haber una organización de conflictos, de deseos, de personajes y de sus situaciones.

En Tommy esto no sucede, por lo que la historia nunca acumula ni emoción, ni dolor. Se vuelve plana y cansina.
Por otro lado los actores representan estados, pero nunca los viven. Las tensiones son forzadas, lo mismo que sus resultados. En esta versión de Tommy se prestó más atención a las composiciones visuales, a los diseños de baile, a las marcaciones espaciales, que a entender que sucedía en cada escena. O inventarlo si el texto no lo propiciaba. Falta de cada cuadro un centro de conflicto, un relato, un cuento que vaya de un lado a otro y así consiga interés por parte del espectador. Donde más se lamenta todo esto en el final, donde más que ambigüedad solo queda desconcierto sobre el futuro del personaje y la idea del relato.

Lo que si podemos destacar es la calidad de la dirección musical de Santiago Rosso y la excelencia vocal de todo el elenco. De todos ellos sobresale la completa entrega de Ezequiel Rojo a su personaje, generando un Tommy original, oscuro y a la vez emotivo. El crecimiento de su talento desde Bare a este Tommy, es no solo notable sino una verdadera esperanza para la escena musical en Buenos Aires.

Tommy plantea a los directores nacionales una gran cuestión a la hora de enfrentarse a materiales que vienen de afuera pero traen de origen problemas, en este caso de dramaturgia. ¿Sirven estos materiales cuando no se los puede intervenir y solo hay que respetarlos como vienen de casa, aún con todos sus inconvenientes?

¿No es el director el último responsable de lo que se muestra en escena y por ende es quién debe imponer una visión, un conflicto, un centro dramático para evitar que las historias se derrumben?
De lo que estamos seguros es que teatro es vivir lo que se cuenta. Representar es jugar a medias, jugar con el control de la cabeza, hacer la ilustración y esconder el corazón.

La escena necesita o sangre o grandes mentirosos. Ver el truco rompe la ilusión, quiebra la música y siembra soledad. Nadie va al teatro para quedarse solo.

Teatro: Maipo – Esmeralda 443.
Funciones: Martes a las 21 hs.
Entradas: Desde 400 $.

© Diego Ávalos, 2018 

Permitida su reproducción total o parcial, citando la fuente.

Puesta en escena y dirección general: Diego Ramos. Dirección Musical: Santiago Rosso. Música y letra: Pete Townshend. Libro: Pete Townshed – Des Mcanuff. Música y letra original: John Entwistle – Keith Moon. Elenco: Ezequiel Rojo. Mariano Zito, Micaela Racana, Francisco Eizaguirre, Walter Canella, Patrissia Lorca, Clara Lanzani, Federico Yernazian, Juan Fonsalido, Nicolás Serraiti, Manuel Di Francesco, Priscila Roca, Mariana Barcia, Evelyn Basile, Elias Farias, Federico Fedele, Leandro Tobares, Arturo Sporleder, Nicolás Souza, Martina Iglesias. Banda: Mariano Cantarini – Santiago Greco – Martín Lozano – Maximiliano Cataldi – Tomás Horenstein – Agustín Konsol – Santiago Rosso. Diseño de vestuario: Javier Ponzio. Diseño de escenografía: Luli Peralta Bó – Tatu Mladineo. Diseño de Iluminación: Gonzalo Gonzalez. Traducción y adaptación: Marcelo Kotliar. Diseño Gráfico: Matías Gordon. Prensa: WePrensa. Asistente de producción: Luciana Lippi. Asistente de Coreografía: Fiorella Tucci. Stage Manager: Micaela Monti.  Asistente de dirección: Florencia Druetta. Producción: Ximena Biosca – Estanislao Otero Valdez – Tamara Bur. Dirección Vocal: Matias Ibarra. Coreografía: Vanesa García Millán.

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