19.04.18
Entrevistas _ Teatro

Entrevista a Fabián Arenillas y a Rodrigo Raffetto, creador y actor de No es Fácil Decirlo

A Sala Llena entrevistó a Fabián Arenillas y a Rodrigo Raffetto, creador y actor de No es fácil decirlo, un nuevo estreno de la cartelera teatral porteña.  

Uno es un actor con mucha trayectoria en cine y televisión (Muerte en Buenos Aires, Ver para leer, Cita a ciegas) que hace su debut como autor y director de una obra de teatro en la que no forma parte del elenco. El otro es un actor muy reconocido por su participación en importantes campañas publicitarias y videos clips que entre rodaje y rodaje realiza obras de teatro del off porteño y graba sus propias composiciones: acaba de editar Plantas Bajas, su primer disco como cantautor. Ambos presentan actualmente los sábados a las 20:30 en el teatro Vera Vera (Vera 108) la obra No es fácil decirlo, y con solo verlos se descubre entre ellos ese tipo de relación que solo el teatro parece lograr: confianza, complicidad, mucho conocimiento uno del otro y un gran placer por todo el trabajo realizado. 

No es fácil decirlo es la historia de un amor trunco entre una actriz con mucha experiencia -y mucha inseguridad- y un joven actor tan idealista como apasionado. El dialogo entre los dos amantes, a veces violento, a veces irónico, siempre dolorido, consigue una de las obras más interesantes que actualmente se presentan en la cartelera. Una cruda reflexión sobre el amor, la necesidad de la ficción dentro de la pareja y las expectativas difícilmente cumplidas que uno tiene sobre el otro. Un texto muy inteligente llevado a cabo por una puesta en escena que despliega con mucha seguridad su particular mundo poético. Completan el elenco la actriz Estela Huergo como la dama en cuestión y el actor Mario Bodega como un misterioso personaje que sirve de confesor para los secretos de la pareja.  

Fabián, ¿cómo nació “No es fácil decirlo” desde el papel? 

Fabián: La escritura de la obra parte de una necesidad personal de escribir teatro y dirigir a un elenco en el que no estuviera yo como actor. La anécdota nace de algo personal, algo que me ocurrió en mi vida personal y ahora poetizo. Fue un proceso relativamente breve. Primero salieron cuatro escenas muy pegadas a mi historia, a lo que a mí me había pasado. Le conté a un dramaturgo muy importante en lo que andaba y me dijo: “Si tenés algo de tu vida personal, dale para adelante, eso sale  a lo loco”. Y así fue. Después de esas cuatro escenas la obra fue corriéndose para otro lado, pero la base personal sigue ahí, intacta. De todas maneras, yo no creo que esta obra sea una redención de esa historia mía, tiene más que ver con una sanación personal. Esos dos personajes soy yo, lo que yo pienso y siento desde mi lado masculino y desde mi lado femenino. La obra es mi propio conflicto. Es más, si hay momentos que son indudablemente míos, personalmente míos, no son los que me dejan mejor parado.  

¿Y cómo director cómo te parás? ¿Qué tipo de teatro te interesa? 

Fabián: Me gusta el teatro que entretiene, que la gente lo vive ahí, en presencia, no pensando que hará más tarde cuando salga a la calle. Me interesa el teatro que conmueve, mucho más que el que tiene solamente ideas. La reflexión no debe estar en lo racional, sino de lo que veo que sucede, en el drama mismo. A mí no me gusta el teatro que elude temas, que no profundiza. Si se toca un tema, sea en comedia o drama, hay que ir al fondo. Y con esta obra yo de entrada me platee eso: vamos a contar un melodrama. Pero sin miedos ni vueltas. No, ir con la pasión hasta el fondo. 

¿De qué habla esta obra? 

Fabián: Habla sobre preguntarse que pasa cuando uno siente que ama pero no lo puede sostener ni corroborar en su vida diaria. Por eso mismo me cerró tanto que los personajes sean actores, por ese juego entre sentir algo, mostrar otra cosa, mentirse a uno mismo y mentir a los demás. Yo creo que esta pareja  es una metáfora sobre el sentimiento real y el sentimiento ilusorio.  

Rodrigo, ¿las parejas tienen teatro?

Rodrigo: Si. Por lo menos en mi experiencia si (risas).

¿Para bien o para mal? 

Rodrigo: Es supervivencia. 

Fabián: No es mentir. Es teatralizar… (Risas) Es como el teatro, hay que mentir y hay que ser verdaderos. Uno es muy imperfecto para ser extremadamente verdadero. 

Los dos se miran  divertidos y parecen conocerse bien. Estas charlas varias veces las habrán tenido.  Se intuye que ambos son las dos columnas que sostuvieron la gran empresa de montar una obra y que en el camino lograron superar la relación director/actor. Son socios en un proyecto en el cual pusieron tiempo, secretos y mucho corazón. 

Fabián, ¿cómo llegó Rodrigo a la obra? 

Fabián: Yo no quería amigos. No quería gente conocida. Y salí a buscar. Fue el actor Fernando Sayago quién me habló de Rodrigo en un rodaje. Lo investigué un poco y me interesó. Nos juntamos a hablar y supe que era él. Rodrigo fue muy importante para esta obra. Antes de la actriz que ahora tenemos pasaron otras dos que se fueron por otros compromisos. Y Rodrigo me aguantó y la remó. Hubo muchas idas y vueltas. Él fue mi ladero, el que me daba confianza. Me sentí muy acompañado por él. Y para un director eso es esencial. 

¿Y a vos qué te pasó cuando leíste la obra? 

Rodrigo: Cuando la leí me encantó, me decidí de manera instantánea que la quería hacer. Le encontré muchas coincidencias con una relación personal mía. Esa cuestión de estar viviendo en una casa ajena, ¡de que en cualquier momento te pueden pegar una patada en el culo! Cuando leí eso dije: “¡Esto es tal cual!” (Risas). Me gustó además como se decían las cosas. Y en los ensayos corroboré que la cuestión era decir ese texto, ahí estaba todo contenido. La cosa era descubrir la manera. Me acuerdo que al principio me molestaba tener que hacer tantas veces la misma escena del comienzo. Una y otra vez, me sacaba. Después entendí. 

Fabián: Pasa que yo sabía que podíamos pasar toda la obra, pero si la primera escena no estaba lograda y ellos no la asimilaban, era difícil avanzar. Es cierto, costó. Pero tiene que ver con enfrentarse a un texto que no va a directo a lo que está realmente pasando, tenés que ir llegando. El principio era fundamental, ahí está contenido todo. Yo creo que el público desde el comienzo lo entiende por donde va, y es gracias a ese trabajo tan detallado que hicimos. 

Rodrigo: Si, como un trabajo de ecualización muy fino. Sacar adelante ese subtexto, esa obra escondida dentro de la misma obra. Creo que es de lo más interesante de la propuesta. Dar a conocer una relación donde pasó mucho tiempo y debe notarse ese tiempo pasado; los reproches, el juego mismo de la pareja. Fue difícil hacer creíble ese cotidiano. El juego de discutir por discutir, el estar encerrados y charlar y como gracias a eso aparecen las dudas, aparece la historia en común, lo que nunca se dijo y siempre estuvo ahí. 

Fabián: Lo que pasa es que ellos no tienen problemas de sexualidad, el deseo siempre está presente. Tiene que ver con las expectativas del amor. En el caso de ellos, las cabezas les juegan en contra. Ella cree que el amor que tiene por él la puede llevarla a la destrucción. Y él tiene una idealización intelectual del amor, el amor como revolución, el amor para él es Cuba. Y ella ya está de vuelta de todo eso, ya no cree más. La idealización es la cuestión. Los dos sienten, pero es en el plano de las ideas es donde no pueden coincidir.

Hay en la obra un trabajo muy delicado y detallista sobre una poética realista casi extrema, por momentos parece cinematográfica. A veces esa poética se corre para lugares un poco más extraños, pero siempre el tono es realista, algo que evita toda sobreactuación, toda exageración. Explicanos tu idea a la hora de esta marcación. 

Fabian: Si, el tono realista era el que tenía que tener, fue así desde el comienzo. Me tuve que liberar de un miedo a que se convierta casi en un documental. Me lo replantee y no, era ese tono, estaba seguro. Por suerte los actores entraron perfecto en el código, nos les costó. Era lo que yo buscaba, una actuación cinematográfica. 

Rodrigo: En los ensayos se abrió el juego a hablar mucho sobre la historia de cada uno, sobre lo que pasó con nuestras parejas. Y yo creo que eso nos ayudó después a pararnos en otro lado, en ir hasta el fondo, a buscar esa realidad. Cuando se abrió ese juego de confesiones yo creí que en el fondo era una idea encubierta de Fabián desde el comienzo… 

Fabián: Un poco lo era… 

Rodrigo: Bueno, eso nos sirvió para introducirnos en ese mundo.  

 ¿Cómo es Fabián como director? 

Rodrigo: Fabián es actor, entonces hay muchas cosas que ya compartimos. Te indica no solamente con la palabra, sino también con el cuerpo, y eso para mí fue muy útil. Es muy claro lo que quiere. Nos pidió sentimiento, nos contuvo y nos dio libertad. Su tranquilidad, el no ponerse ansioso, fue lo necesario para que la obra y los personajes crecieran en nosotros. Lo lindo es como remarcaba lo positivo, lo negativo iba dejándolo que se vaya, no se concentraba en eso, esperaba que vaya decantando solo. Trabajar remarcando lo bueno para poder seguir creando con libertad, sin que la corrección apague esa creatividad.

Fabián: Esas cosas las sé como actor, reflexiones de tus propios procesos, de tus propias experiencias. Creo que para las obras donde se pide transitar de verdad un sentimiento no es necesario ni torturar a los actores ni quebrarlos. La cosa es dejar que aflore la confianza y la capacidad de cada uno. Es una de las capacidades que más admiro de Rodrigo como actor. El poder estar ahí sin sobreactuaciones, equilibrar el sentimiento y lo que hay que hacer. Aún en situaciones estridentes, no perder nunca la compostura. Yo nada más tenía que confiar en él, sabía que él no me iba a hacer de más, él no tiene las mañas de la sobreactuación, él solamente con creer ya funciona. Y eso me impresiona mucho.

Bueno, en ese sentido Rodrigo tu monologo es uno de los momentos culminantes de la obra. Un momento de pura teatralidad que hace estremecer a la platea por la fuerza del texto y por todo lo que ponés para ese momento. El silencio que se crea entre el público es impresionante.   

Rodrigo: A mí en ese momento se me juega mucho mi propia experiencia. Yo compongo y canto mis propias canciones. Y las hago de manera muy visceral, diciendo lo que me está pasando. El poder hacer el monólogo mientras toco un bombo me ayuda a conectarme con todo ese mundo mío. 

¿Cómo surgió la escena del bombo? Es una gran eficacia teatral.

Fabián: Para mí es un monologo muy conmovedor. Pero no sabía cómo encararlo. Sabía que no lo quería al personaje solo parado hablándole al público. Lo quería sacado, rabioso. Descubrir su locura, sacarlo de la racionalidad que todo el tiempo muestra. Pensé en un activista, hasta en un samurái… Y buscando llegué a un bombo. Le dije: “Como el peronista, que saca la bronca con el bombo, arranca por ahí”. Y ya para el segundo ensayo lo tenía.

Rodrigo: Eso me sirvió mucho. Relacionarme con el bombo, mirarlo, pegarle desde la bronca, sintiéndolo como su proceso personal de sacar su propia mierda, de tirarse al piso, golpear el mismo piso. Me conecto mucho cuando lo hago, es un momento que descubre mucho al personaje. La cuestión es no pensar, es confiar y dejarse llevar por la emoción. Es un momento que disfruto a pleno. 

¿Vas a seguir escribiendo y dirigiendo tus propias obras Fabián? 

Fabián: Si. Tengo ganas de profundizar y seguir, escribir otra obra y dirigirla. Si bien voy a seguir actuando, quiero escribir y dirigir. En eso mismo estoy. 

Rodrigo: Cualquier cosa ya sabés, acá estoy. 

Fabián: Estos actores no pueden estar sin dar un tirito. 

Los conocés bien… 

Fabián: (Lo mira a Rodrigo con una cálida sonrisa) Algo. Si. Algo… 

 

© Diego Ávalos, 2018

Permitida su reproducción total o parcial, citando la fuente.

 

Fotografías: Ricardo Richter

No es fácil decirlo, de Fabián Arenillas

Teatro: Vera Vera (Vera 108 – Capital Federal – Buenos Aires – Argentina)
Entrada: $ 200,00

Día y horario: Sábado – 20:30 hs – Hasta el 26/05/2018

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Una respuesta a “Entrevista a Fabián Arenillas y a Rodrigo Raffetto, creador y actor de No es Fácil Decirlo”

  1. Shela dice:

    La obra es muy buena y lado actuaciones están a la altura del texto.

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