30.05.19
Entrevistas _ Teatro

Entrevista a Hernán Darío Statuto, actor en la obra Ángel

Desde hace unas pocas semanas se presenta en Patio de Actores (Lerma 568), todos los viernes a las 21. horas, Ángel, la nueva obra de la siempre prolífica e interesante Patricia Suárez. Luego de haber disfrutado con esta propuesta, tuvimos un largo y fructífero diálogo con uno de sus protagonistas, Hernán Dario Statuto, quién no solo nos habla de su obra, sino también de su oficio, del teatro en la ciudad y su difícil realidad. 

Hernán, contanos como llegaste a este proyecto y que fue lo que te interesó para sumarte a él.

Marcelo Moncarz, el director, me convocó para charlar, darme el texto y probar una lectura. Ya había quedado pendiente un trabajo con él en otra ocasión que no pudo ser. Y también, hace unos años, yo había empezado a ensayar una obra de Patricia Suarez, la autora de Ángel, que por motivos personales finalmente no llegué a estrenar. Ahí conocí a Patricia como autora y me encantó. Me pareció una dramaturga que con planteamientos simples llevaba a una profundidad y complejidad difícil de ver en otros escritores. Así que cuando Marcelo me dijo que se trataba de una obra de ella, ya tenía un plus, aún sin haberla leído. Sabía que era muy probable que me gustara y era mi revancha de hacer una obra de ella. Finalmente así sucedió; leí la obra, me gustó y vi en Marcelo y en mis compañeros (yo fui el ultimo que me incorporé) artistas muy sensibles y talentosos.

¿Cómo fue el proceso creativo de la obra, desde la mesa a los ensayos? 

Después que Marcelo me probara con mis compañeros Nicolás Asprella  y Veronica Litvin, y viera que funcionábamos como grupo, solo hicimos una lectura de mesa. Era finales de diciembre y nos íbamos de vacaciones. Aprovechamos enero para estudiar y ya a finales de ese mes comenzamos a ponerle el cuerpo de entrada con la letra sabida y directamente en la sala Patio de Actores que es donde estrenamos. El director hizo un gran trabajo para que cada personaje esté en su tono para conformar la melodía, si se me permite la metáfora musical. Trabajó con los conflictos de cada uno, con lo que cada uno le daba al conjunto. Marcelo es un director muy sensible, muy talentoso y aprendí mucho de él. Mis compañeros son admirables también. Y además se trabajó mucho en equipo; enseguida al director se le ocurrió que debía haber música y se integró Alan Swiszcz con su guitarra, Jorge López con su diseño escenográfico y los vestuarios y por último las luces de Daniela García Dorato. Es muy lindo lo que todos ellos hicieron y sumaron a la composición actoral. De repente, cuando te ponen un vestuario o te dan un elemento que utilizás vas descubriendo al personaje gracias a la mirada del otro y eso amplía el mundo que uno imaginó. Pasa poco (o al menos en mi experiencia no fue frecuente) que quien se encargue del arte como en este caso Jorge López viniese a casi todos los ensayos para proponer, probar, definir. Y así fue. Fue un trabajo muy coordinado y solidario y eso en parte lo adjudico a que son todos muy buenos artistas y personas. Marcelo dice que es un proceso soñado y comparto. Siempre recuerdo que él cuando me dio el texto me dijo: “Te propongo que seamos felices”. A pesar que uno siga estudiando para mejorar, tenga problemas, le salgan mejor o peor las cosas, tiene que volver al origen de todo esto: uno empezó a hacer teatro porque eso lo hizo feliz y es importante recordarlo cuando las cosas a veces son difíciles y no salen del todo (como es en un proceso de ensayos). Pero a pesar de los vaivenes de la vida, una obra como Ángel me hace recordar que todo esto vale la pena.

¿En qué momento de tu carrera te encuentra, cuales son ahora tus intereses, tus preocupaciones con respecto al oficio?

A veces la palabra “carrera” me asusta un poco. Quizá porque la misma metáfora implica una cuestión de velocidad, un lugar de partida y un lugar de llegada. El lugar de partida lo tengo (se ríe), el lugar de llegada no lo tengo muy definido aún, y el de velocidad estoy a contramano de una opinión que veo muy general en estos tiempos. Muchos colegas viven diciendo una frase: “Hay que hacer, hay que hacer, hay que hacer”. Si bien entiendo a que se refieren (el hacer como experiencia, como entrenamiento y no quedarse en lo mental siempre) también veo como eso se ha transformado en algo muy frenético, irreflexivo, el hacer por hacer, en la misma dirección y velocidad en que va el mundo. Conozco actores que hacen dos o tres obras el mismo día. Una locura. En mí, la pasión por la actuación que tengo desde chico, se fue sumando al teatro en general en todos sus rubros y al arte en su conjunto, por lo cual si no hay proyectos que me interesen actuar, me doy permiso de “No estar haciendo nada”. Me apasiona el debate sobre los métodos de actuación y amo dar clases, por eso, si no estoy actuando también estoy en actividad dando clases y entrenando desde otro lugar con mis alumnos. Cada clase estoy ansioso como con una función. También planeo en algún futuro escribir dramaturgia de un modo más sistemático y quizá dirigir, así que no me angustia si no estoy teniendo proyectos para actuar o si no quiero hacer alguno que me proponen y no me convence. Si me meto a actuar, en este momento, me interesa que represente algún desafío como actor y que la obra cuente una historia. Quizá parezca una estupidez lo que digo y alguien pensará “Todas las obras cuentan historias”, pero no. Por razones que no vienen al caso, últimamente creo que el teatro independiente dejó de contar historias y eso me entristece. Me parece muy bien la experimentación en todos los lenguajes que atraviesan la escena, pero siempre a favor de contar algo. Algunos, como dije, por un deseo de experimentación y otros quizá por otras búsquedas se resisten a contar, como si las historias ya no fueran valiosas. Debe tener que ver un poco con el momento que estamos viviendo: esta muerte de los grandes relatos que planteó el posmodernismo. Pero priorizo hacer algo que, bien o mal, mejor o peor, con aciertos y desaciertos, al público le contemos una historia. Hay algo en el ser humano que necesita de las historias; necesita que en este mundo tan difícil todos los cabos sueltos tengan un sentido y quizá, ojalá, lleguemos a un “happy end” (se ríe) El arte, pienso, debe cumplir un rol similar al de la ciencia: poder mirar desde otro lado y descubrir.

Estás trabajando desde hace un tiempo en la escuela Aplausos, la cual forma actores para teatro musical. ¿Cómo es la experiencia de cruzarte a esta disciplina tan particular? ¿Tenias prejuicios con el género?

Si, hace tres años. En un principio se me presentó como una oportunidad de formar actores, de educar en el oficio, dentro de la estructura de una escuela. No me interesaba por el momento gestar un taller propio con todo lo que eso implicaba.  Y allí descubrí (o re descubrí) lo maravilloso que es el género musical. Siempre escuché los prejuicios respecto a la actuación del musical, caracterizada muchas veces de “superficial” o “frívola”, sobre todo de los actores del denominado “teatro de texto” y más aun los que adherían a la poética realista. Yo nunca tuve ese prejuicio pero tampoco me había acercado demasiado al musical. Desde hace tiempo es un área que admiro mucho: los actores del musical no solo cantan y bailan sino actúan cantando y bailando, que es muy diferente. La actuación no puede verse como algo anquilosado, como una categoría cerrada. Hay elementos esenciales en todas las actuaciones en diferentes géneros y soportes, pero cada una tiene su especificidad y eso es lo rico. Muchas veces los que se anotan en una institución de comedia musical (sobre todo lo más jóvenes) vienen de la danza o el canto. Los menos, de talleres de teatro. Y entusiasmarlos en el teatro, que re descubran que cuando bailan y cantan están actuando es algo muy lindo. Como históricamente la actuación fue la zona menos priorizada en el musical, de ahí vienen prejuicios infundados sobre “la mala performance” de los actores en ese género. Pero no fue necesariamente así. De todos modos, en los últimos tiempos, los creadores de musicales tomaron conciencia del prejuicio con que cargan e intentan revertirlo. Aunque no actualmente, di clases un tiempo en una de las escuelas de Marisol Otero. Cuando ella me llamó para incorporarme en su escuela, le dije que yo no hacía musicales, que no era “de ese mundo” y ella me contestó que precisamente eso era lo que buscaba. Me encontré con un grupo maravilloso en el que hasta hicimos clases teóricas sobre quien era Stanislavski, Strasberg y cuales eran los problemas… Y actualmente, en Aplausos, me permito dar textos de teatro no musical. Su directora, Claudia Gutierrez, me apoya mucho en esa idea y muchas veces se queda a ver las clases y las disfruta. Yo también me quedo en las de danza o canto y los veo y escucho. Dar clases es algo que elegí y sigo eligiendo. La devolución de los alumnos es tan cálida como un hermoso aplauso.

Hermosos aplausos son los que les dedica la platea a los tres actores de Ángel al término de cada función. La obra conecta muy bien con el público gracias a su trama, a su apuesta por el melodrama y los sentimientos. Ángel es la historia de dos hermanos que se han escapado de su pueblo natal por una desgracia que uno ha desencadenado sin querer. Nicolás Asprella interpreta al hermano artista, místico, para algunos un peligroso enfermo mental. Hernán interpreta al hermano que debe hacerse responsable, el hermano que trabaja, que paga las deudas, que está cansado de convivir con un hombre al que ama pero también padece. La aparición de una chica y de un supuesto ángel con un mensaje salvador, hará que el vínculo de los hermanos se replantee hasta sus mismas raíces.

El vínculo que crean con Nicolás es central para la obra, la intimidad y dolor de esa relación. ¿Cómo fue el trabajo juntos? ¿Cómo armaron este vínculo? 

El proceso fue tan intenso que en algún punto el vínculo se dio a través de los mismos ensayos. Al no conocernos de antes, te diría que nos conocemos en el escenario de una manera mucho más intensa. Empezamos a saber quiénes éramos trabajando, que creo que es la manera más hermosa de conocer a alguien,  porque en este tipo de trabajo no ocultás lo que sos: paradojicamente, te mostrás de un modo más sincero aunque representemos a otros. Empecé a entender que le pasaba, como algo que hacía lo afectaba o no a través de jugar a estos hermanos. Y la complicidad surgió de allí.

Lo que logran es muy emotivo y creíble. Vos fuiste parte del elenco de Electric Mamma, esa gran comedia de Mónica Cabrera que resultó un gran éxito del teatro off y todavía hoy es muy recordada. El personaje que interpretabas en esa obra, y el mismo mundo poético de la obra, está en las antípodas de Ángel. Electric Mamma era una delirante pesadilla absurda. Aquí estas en un melodrama puro, con mucho de humor pero más aún de emoción. ¿Cómo encara un actor trabajos tan distintos y a la vez efectivos?

Uno de los gustos que me di fue siempre hacer cosas distintas. De chico pensaba que ser buen actor implicaba siempre hacer personajes distintos. No sé si hoy pienso de la misma manera, pero un poco fue mi búsqueda, independientemente de los resultados que haya obtenido. No hay un consenso general en la naturaleza de lo que es actuar ni en los métodos. De ahí la conocida frase “Cada maestrito con su librito”. Yo tuve que tomar postura sobre ciertas cuestiones actorales un poco porque me apasiona el tema y otro poco por dar clases. Lo primero me llevó a lo segundo. Pero cuando ensayo, me entrego a la propuesta del director, de quien siempre pienso me voy a llevar una enseñanza y pruebo todo lo que el proceso me permita. Marcelo me enseñó mucho guiándome en esta propuesta estética y confíe en que a cada uno nos llevase al lugar donde mejor contábamos la obra en general. Así como pretendo que el espectador salga distinto a como entró, también espero que cada obra me haga crecer. Yo creo que Ángel me hizo crecer mucho, me enseñó mucho, y en especial el director y mis compañeros.

Dijiste: “Yo tuve que tomar postura sobre ciertas cuestiones actorales”. ¿Cuáles son esas posturas? 

Me refiero específicamente a las posturas sobre formación actoral que fueron dominantes en la segunda mitad del Siglo XX; la memoria emotiva y la sensorial, producto de las investigaciones de Stanislavski y que llegaron a la Argentina, sobre todo, filtradas por la mirada de Strasberg, aún cuando el mismo Stanislavski ya había desandado ese camino. Una de mis formaciones más fuertes fue con Raúl Serrano, profesor y pedagogo, que criticó muy duramente esa postura hegemónica cuando había mucho consenso alrededor de ella. Creo que sentó las bases para seguir investigando desde ese punto de partida. Hoy ya no es tan fuerte como antes, pero esas formas de enseñar y aprender teatro sobreviven en muchos ejercicios y prácticas y las considero nocivas. Después también se pusieron de moda formas de aprender teatro y se las idealizó por el hecho de ser ideas europeas, con esa obsesión que tenemos a veces los argentinos por intentar importar todo lo que viene de los países centrales, como si nuestras tradiciones y nuestras formas de hacer teatro no fueran valiosas y hubiese mucho que aprender de ellas. Sobre todo métodos que no tienen nada que ver con nuestra forma de ver teatro y nuestra forma de producción.

¿Con que se encontrará el espectador de Ángel?

En Ángel van a ver varias historias de amor: amor fraternal, amor de pareja… Se encontrarán en la dicotomía de pensar quien tiene razón y en la contradicción de pensar que todos la tienen un poco. Seguramente se vean reflejados en alguien: en Teo, en Patricia, en Santiago. Yo creo que el espectador se va a sentir interpelado y eso es lo importante: ir al teatro a sentir que te hablan a vos y a nadie más.

Hernán es un actor que no solo hace teatro, sino que también lo piensa, lo reflexiona, lo cuestiona y padece. Es un actor que realmente vive teatro. Y por eso nos pareció muy oportuna reflexionar junto a él sobre esta actividad que es tanto dolor como aplausos.

Antes nos hablaste sobre tu interés en contar historias, lo cual es una postura política. ¿Crees que el teatro puede modificar algo? ¿Cuál sería su función como evento artístico?

Es un tema complejo. La política me interesa muchísimo y como alguien que está disconforme con el orden establecido, me gustaría pensar que el teatro ayuda en algo a modificar el estado de cosas. Pero no estoy seguro que ese partido se juegue en el teatro. Por supuesto, el teatro es algo muy complejo, con muchas aristas y algo de político tiene también en tanto hecho comunicativo. Por eso muchas veces el teatro o el arte en general han sido incómodos. Pero nunca pondría primero la función política a la función estética. Si aún admiramos ciertas cosas que hizo Brecht no tiene que ver tanto con su función política, que él creía fundamental, como con su gran valor estético. Tengo muchos amigos que hacen otro tipo de teatro, como Teatro del Oprimido de Boal u otras vertientes. Los admiro mucho, pero al menos mi interés no pasa por ahí. Hay una frase famosa, que creo le atribuyen a Stalin, que dice algo así como “Un millón de muertes es una estadística; una muerte es una tragedia”. Creo que de modo esquemático podríamos decir que la ciencia se encarga de hablar de ese millón de muertes: de dar datos, cifras, interpretaciones, soluciones. Pero el arte, en este caso el teatro, debe contar ESA MUERTE, esa única tragedia, que podamos identificarnos, comprender, emocionarnos. Por eso los noticieros no nos dan cifras de la inseguridad, si sube tal variable u otra. El noticiero te muestra UN caso que te conmueve, que te hace pensar que pudiste ser vos, te hace pensar en la familia de la víctima como la tuya, y te hace pensar que algo pudo ser diferente pero fue no lo fue. Y, claramente, la línea editorial te orienta en un lado u otro. Pero lamentablemente no creo que los cambios que debamos hacer como sociedad los podamos motorizar desde ahí. El teatro tiene 2500 años y el mundo sigue siendo injusto, pero… seguro es más bello que si no existiera. Las modificaciones sociales creo que pasan por otro lado.

¿Cómo ves al teatro en general y al movimiento off en particular? ¿La crisis es tan solo económica? 

Hay tanto teatro en Buenos Aires que, hasta para uno que es asiduo, es imposible abarcarlo. Por eso toda generalización siempre termina siendo un poco injusta, pero creo que el panorama es muy ecléctico. Hay teatristas con una producción constante, algunos muy interesantes, que (me gusten más o menos) profundizan en una poética. A veces esos mismos alternan entre el teatro comercial, el oficial y el off, lo que demuestra una gran pasión y compromiso con lo que hacen. Pero en la gran mayoría hay una atomización gigantesca. Más que un teatro independiente tenemos un teatro de cooperativas eventuales que después de cada proyecto se disuelven. Desconozco en profundidad, pero creo que en otros países hay compañías estables que llevan años reponiendo obras, publicando sus dramaturgias, presentándose a festivales. Acá las hay, pero en una proporción muy baja si tomamos en cuenta todas las obras que se estrenan en un año. Así mismo, de la enorme cantidad de salas que hay, muy poquitas tienen un público constante y recurrente; la gran mayoría tiene un público dependiendo de las obras que haya. Es muy difícil la afluencia de público en general. A excepción del teatro musical, que tiene un público muy fiel y unificado, el mal llamado “teatro de texto” no tiene esa concurrencia. El teatro comercial se llena gracias a su parentesco televisivo por compartir figuras populares, pero después es difícil llenar pequeñas salas. Conocí gente que nunca en su vida había ido al teatro y para mi concepción resultaba increíble. Pero si. Por supuesto que las crisis económicas tienen que ver con esto, pero más allá de eso hay una gran desintegración social. El sociólogo Bauman habla de la sociedad y la modernidad líquida y me parece una metáfora maravillosa. Esa analogía con lo líquido (que pierde su forma, que no perdura) es algo que pasa cotidianamente. No es casual que hoy por hoy una de las propuestas de teatro con más afluencia de público sea Microteatro. No lo critico: me parece una linda propuesta y de ahí pueden surgir cosas excelentes. Pero no deja de ser un síntoma de nuestra época: un teatro que al público le exige menos atención, menos tiempo de concurrencia, que puede ver entre trago y trago y que a su vez a quienes hacemos teatro nos implica menos compromisos a largo plazo también. No es culpa de la sociedad: nos han llevado a eso. Y quieren que encima disfrutemos la incertidumbre, que nos adaptemos a cambios contantes como si el cambio fuese algo positivo per se.

Pese a todo, ¿por qué se elige hacer teatro?

Es una pregunta que me hago muchas veces a mi mismo (se ríe), y aún no conseguí responder. Recuerdo que cuando murió mi abuelo le escribí una carta. Pensaba por qué lo hacía, si ya nunca la leería. Y me contesté a mi mismo que quizá las grandes cosas que hacemos los seres humanos sean aquellas que no tienen un motivo. Son cosas que nos hacen trascender. Quizá las cosas más valiosas que hacemos son aquellas que no tienen motivo ni nos dan plata, pero la hacemos igual. Como tener un hijo: si pensáramos todos los riesgos y gastos que traen, nadie los tendría. Si pensamos que esa mascota que adoptamos va a vivir menos que nosotros y su muerte nos dará un dolor inmenso, tampoco las tendríamos. Pero lo hacemos para dejar algo nuestro en este mundo; para que su paso en él no solo deje una huella de carbono. Lo hacemos por amor. Y porque básicamente todo se resume en la famosa frase de Hamlet: “Ser o no ser, esa es la cuestión”. Ya que estamos en este mundo, seamos. Si no, no tiene sentido. Creo que por todo eso los que hacemos teatro, a pesar de lo difícil que es, decidimos seguir.

© Diego Ávalos, 2019

Permitida su reproducción total o parcial, citando la fuente.

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Una respuesta a “Entrevista a Hernán Darío Statuto, actor en la obra Ángel”

  1. Virginia Rubín dice:

    hace mucho que no leo una entrevista tan jugosa y nutritiva
    muy buenísimas preguntas y respuestas que no escarcean nada ..opíparas ,sinceras ..ampulosas ..hasta didácticas ..los felicito

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