04.02.16
Festivales _ Novedades _ Teatro _ Temporada Alta Cuarta Edición

Festival Temporada Alta : Ye Caterina ( Chile)

Dramaturgia: Macarena Losada. Traducción: Tamara Ivanets. Diseño de arte: Gonzalo Velozo. Fotografía: Ana Luccia Chiarello. Diseño gráfico: Zeke Maciel. Asistencia de dirección: Karen Pavez Díaz. Producción: Teatro The Naidens Compañy, Paula García. Colaboración general: Julio San Martin .Coreografía: María Eugenia Gómez. Dirección: Felipe Rubio. Actúan: Mónica Acevedo, Marisol Barberis, Jimena García Conde, Mariana Giménez, Mariana; Soledad Giménez, Matías López Barrios, Luz Moreira. Prensa TABA: Marisol Cambre

El único arte caduco no es el ballet, sino aquel que no dice. La única pérdida es la imitación del movimiento ajeno. Y la única patria, la identidad.

La sinopsis de la obra relata los vaivenes emocionales de una profesora de Ballet de la ex URSS exiliada en Argentina debido al régimen ruso. Es el momento de la muestra anual con sus alumnas, y mientras se preparan, se tocan conflictos muy disímiles que van desde la política y la crueldad de los regímenes dictatoriales a la anorexia, sin un hilo conductor entre ellos que no sea el cuadrilátero de los ensayos de danza. En donde la pelea se torna por momentos demasiado densa y por momentos demasiado superficial. La estructura del texto teme ir a lo profundo de una sola temática, y busca -estéticamente, casi de forma desaforada- un diagrama “equilibrado” que alterna permanentemente el drama con el humor, perdiendo fuerza y profundidad.

En este contexto Ye Caterina muestra a una profesora de danza envejecida, triste y dramática que decanta una exigencia grave sobre su alumnado, compuesto en escena por tres actrices argentinas, con una personalidad aniñada, actoralmente algo dibujada. La obra chilena utiliza a un elenco argentino, lo que no es extraño en una coproducción chileno-argentina. Pero la protagonista, de nacionalidad chilena, habla en “argento” intentando mimetizarse con el habla natural de nuestro país, a la vez que trata de componer un personaje ruso. Este enjambre de identidades resulta innecesario cuando la acentuación natural chilena de la protagonista podía estar plenamente justificada en su personaje, por un posible paso por ese país o la misma España (no necesitaba usar la “ll’’ del modo en el que lo hacemos los argentinos). Pero si su personaje, denso, sobrepasado de Chejov, oscuro y dramático hasta el cansancio se roba la obra a pesar de caer en la sobreactuación, es debido al trabajo con el lenguaje.

La sinopsis completa de la historia no termina de entenderse. La mezcla de tiempos mal estructurada y la necesidad de mechar siempre momentos cómicos en lugar de desarrollar el conflicto, hace que se pierda entre las butacas, volátil, lo que tanto pesa en el alma de Caterina. Un artista torturado hasta la muerte por un régimen déspota; una mujer que dejan morir en Rusia porque no hay lugar para ella en el avión; la maternidad truncada de Caterina; un joven gay que desapareció y pudo haberse suicidado. Situaciones muy dramáticas no desarrolladas puestas en competencia con el elevamiento de una balanza por parte de la profesora como si en ello hubiera una verdadera gravedad. La cita y reproducción de la escena final del film El cisne negro, es de una superficialidad insospechada al lado de lo que intenta construir el personaje de Caterina. No son 35 sino 21 gramos, los que se necesitan para configurar el cuerpo perfecto.

La carencia de escenografía podría haber sido un gran acierto con un trabajo más esforzado y sensible en la iluminación, por el que -por ejemplo- las bailarinas apenas se distinguieran al ensayar. La belleza con la que se podrían haber compuesto cuadros pictóricos a lo Monet, con un halo de misterio, hubiera dado fuerza artística a la situación emocional de Caterina al graficarla a través del simbolismo poético. En este sentido es destacable la bailarina de rojo, que con un vestuario realmente atinado es por momentos casi el único elemento artístico visual. Y si bien no es muy original, también es un acierto el sonido en escena realizado con una caja de música antigua, en un ritmo cuidado que va al compás de las emociones del personaje.

El espacio escénico está delimitado por varas de luces de led que forman esta especie de cuadrilátero de ballet. Esto resultaba interesante de no marcar una diferencia en uno de sus costados, lo que rompe con la figura geométrica que arma. Ese lado del cuadrado (ubicación: telón de fondo) es tras el cual se colocan las sillas para el reposo de los artistas dentro de la escena, si no están actuando. Como convención espacial esto se ve como un recurso demasiado utilizado, al menos en nuestro país (como lo expusiera tanto Veronese) y hubiera sido interesante que la obra trascordillerana expusiera uno propio, desprendido de una investigación interna.

Chejov y su “clima chejoviano”, han provocado una particular fascinación en compañías de arte dramático de lugares con una identidad débil que adhieren fuertemente a la cultura norteamericana. Y a menudo más que una fascinación real, esto es una especie de sostén y amarra para no indagar sobre la densidad de sus propias identidades. Sobre las que sería muy interesante y sano para toda la humanidad que se indagara.

Porque a todas las naciones las formamos todos como humanidad, en tanto seamos honestos con nosotros mismos.

Teatro: Timbre 4 – México 3554

Funciones: Domingo 31 de Febrero

Entradas: $ 150

calificacion_2

Por Natasha Ivannova

 

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