08.06.18
Dossier _ Teatro

Teatro en la noche, por Diego Ávalos

Hace poco nos acercamos hasta un teatro para quitarnos un prejuicio. Lamentablemente nos fuimos con una condena. Cuando un espectáculo es malo, criticarlo es incómodo, pero no se trata de algo personal, sino de procedimientos teatrales que fallaron, siendo nuestra misión tratar de explicar sus motivos. Y esto no se hace en defensa del bolsillo de nadie ni contra otros bolsillos. Se hace porque se cree en un arte y su constante perfeccionamiento. Pero cuando un espectáculo en su falla no solo es malo en sus procedimientos, sino que además produce daño en los demás, el asunto es más delicado.

Se suele dividir al teatro porteño de una manera a grandes rasgos identificable: los teatros off, los teatros comerciales, los teatros públicos. Esta división de producción no hace justicia ni a la calidad ni al interés, pero por lo menos sirve para agrupar. Por supuesto que mucho queda afuera: el teatro que se realiza en casas particulares, en espacios públicos, en muestras, en cruces con conciertos o exposiciones. Pero aún dentro de esta división hay una zona muy ambigua que suele pasar desapercibida. Hablamos de esos teatros que en su mayoría están sobre la avenida Corrientes como las grandes salas privadas, están conformados por cooperativas como la mayoría del teatro off, y realizan teatro clásico como se supone que hacen las casas de teatro oficial.

Hablamos de compañías con actores por lo general amateurs, directores que solo realizan este circuito, una producción muy elemental y textos que en su mayoría son verdaderas obras maestras de la dramaturgia. Queriendo saber más sobre este tipo de representaciones, elegimos hace poco una de estas obras. Es cierto, nos acompañaba el prejuicio: el afiche, el vestuario, el programa, la escenografía y la ambición del texto elegido nos hacía temer lo peor. Pero no fuimos a reírnos, fuimos en verdad a dejarnos sorprender. Lamentablemente nuestros peores temores se hicieron realidad. Por casi dos horas un grupo de actores que no estaban a la altura de la misión destrozaron un texto clásico, en medio de una puesta en escena que inventaba nuevas formas del ridículo.

Nosotros no tememos nunca dar nombres concretos. Los artistas se exponen, la crítica sirve para enseñar: se señala donde hay un problema, se enseña que está bien. El conocimiento no es subjetivo; solo cuando se sabe se puede juzgar. Pero en este caso haremos la excepción. Señalar al elenco seria un cruel error. Son actores en formación que, como todo actor, o alguien que tiene ganas de jugar a serlo por un rato, quiere actuar. No importa que sea en un clásico, en una comedia ligera, en un corto o en un cumpleaños. El placer y la vida se les van detrás de ese sueño muchas veces conquistable. La responsabilidad aquí solamente es del director.  Porque elegir un texto de una dificultad extrema, exponer a gente inexperta en ello, disfrazarlos con cotillón de casamiento y encima cobrar una entrada a la altura de cualquier obra profesional, es directamente una estafa. Alguien que supuestamente ha hecho muchas obras sabe que cuando un actor no tiene voz, no comprende su texto, confunde posiciones, exagera situaciones porque no distingue la pasión de la sobreactuación y cae en el ridículo involuntario, es preferible refrenar cualquier ambición personal y resguardar a esos que le dieron lo más sagrado, lo esencial: su confianza.

Cualquiera puede equivocarse, errarle a una idea, verse sobrepasado por un impulso. Pero también es noble saber bajar a tiempo, no exponer frente a desconocidos, no cobrar como si lo presentado fuera profesional y no engañar al prójimo en sus ilusiones. Porque en esa sala no había solo parientes y amigos que son capaces de soportar cualquier cosa más por amor que por placer estético. No. Había público distraído, había prensa, había gente confiada que dejó su dinero y su tiempo esperando encontrarse con un buen teatro. Y nada de eso sucedió.

Otras salas, otras compañías, realizan un teatro similar pero con otras ambiciones. Son comedias pequeñas, picarescas, donde los cuerpos sensuales son el verdadero motivo del espectáculo. O shows de stand up con personas que recién empiezan, pases de comedia, cantantes de hits, trucos y números de algún viejo cabaret. Pero son nobles: no ambicionan más de lo que pueden. Su fin es el chiste fácil, la excitación momentánea, el pasatiempo que no daña y el entretenimiento de la frivolidad más inocente. Este teatro no daña. El problema es el mal teatro que no se comprende como tal, o no quiere saberlo.

En el teatro hay jerarquías, nadie puede hacer algo fuera de su rol. El teatro es un sistema y como tal funciona. Pero las jerarquías no son solo de organización. También lo son de símbolo y experiencia: cualquiera no puede hacer un clásico, cualquiera no puede montarlo, cualquiera no puede actuarlo. Por lo menos si se quiere representar realmente el peso dramático de tal clásico. Parece asombroso tener que decirlo, pero la corrección política es cada vez más agresiva y represiva. Contra ella insistimos: no hay versiones alternas, intentos, miradas subjetivas, experimentaciones que como tal ya valen. En el arte existe lo bueno y lo malo, lo bien hecho y el mamarracho. Comprender cuando algo falla, señalarlo, corregirlo y no repetirlo, es lo esencial para cualquier maduración. El sentimentalismo, las ganas y la pasión no alcanzan para el arte. El arte necesita conocimiento, amor, profesionalismo, experiencia, buen tino y generosidad. Compartamos la luz de lo bueno, siendo público o hacedores. Para la noche ya tenemos un mundo entero.

© Diego Ávalos, 2018 

Permitida su reproducción total o parcial, citando la fuente.

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