05.02.16
Festivales _ Novedades _ Teatro _ Temporada Alta Cuarta Edición

Festival Temporada Alta : Lo que los otros piensan ( Uruguay)

Dramaturgia y dirección: Domingo Milesi. Producción: Ignacio Fumero Ayo. Asistente de dirección: María José Morales. Diseño de vestuario y maquillaje: Paula Martell. Diseño de escenografía e iluminación: Gustavo Petkoff. Diseño sonoro: Francesca Crossa. Sonido: Rodrigo Llofriu. Actúan: M. Helena Pérez, Martha Vidal, Laura Baez.  Prensa: Marisol Cambre.

No ser libres tortura, serlo también.

Entramos a la sala y ya nos deslumbramos. Un maravilloso wolkswagen hecho de latón con escala a tamaño real se encuentra de frente al público, alumbrado con sus dos faroles delanteros. La realización escenográfica que lo compone es de una estética con una genial mezcla entre realismo y unos toques de hiperrealismo que le dan un aire poético. (Técnicamente: el auto no tiene techo pero posee asientos originales de uno real y un avejentamiento en la coloratura de la chapa.) El capot casi toca la primera fila de asientos del teatro. Impone su magia, expectante, para que nos terminemos de sentar y así comenzar la función. (La iluminación es impecable y también el meticuloso trabajo de sonido.)

Dos hermanos viajan por algún lugar, hacia algún lugar. Hablan de todo y de nada. Se tiran culpas, se endilgan cuestiones, se debaten menesteres. Y hacen silencios. Hablan sin decir y dicen sin hablar. La insatisfacción de una vida mediocre de dos hermanos aparentemente solteros y solos, reina en el auto como si se hubiera prendido la radio. O como si sus quejas fueran parte del motor que chirría en cada pozo, y sus vidas fueran un engranaje más de ese rodado que va por alguna carretera sin rumbo. Pero algo hay en ese desplazamiento en el tiempo, algo sostiene el movimiento que avanza, a su modo, torpe o no, la vida. Y si hay vida aparece la muerte. Y hay muchos tipos de muerte.

A los pocos minutos de molestarse el uno al otro, como cuando tenían cinco años pero con el patetismo de las temáticas adultas, surge entre los hermanos el tema de la madre. De como ella los molestaba a los dos. Y como toda molestia en ese vehículo está destinada a ser parte del todo. La madre aparece en el asiento de atrás. Se eleva desde el suelo, acomodándose en el asiento, vestida de un blanco impoluto en un diseño de otro tiempo. Tiene los labios pintados de rojo y guantes de encaje y habla como si fuese una diva de Hollywood. Se dirige a sus hijos con nimiedades, los mismos exclaman: ¡Ay, mama!. Pero notamos algo particular: es más joven que ellos. Entonces nos hacemos preguntas: ¿esta muerta? ¿La recuerdan y es un simbolismo artístico de la puesta en escena? No necesariamente, quizá, se cierre el telón aportándonos una respuesta acabada.

La madre también se queja. Y ellos se quejan de ella. Es dramática, egocéntrica, con poca conexión con la realidad, moviéndose como una actriz en el plató, en un asiento de un viejo wolkswagen en el medio de una oscura carretera. En un momento sus hijos atinan a dejarla allí sola y seguir. Pero es su madre. Y entonces se despliega esa especie de infelicidad, esa libertad coartada, de los unos a los otros, una falta grave de plenitud, típica de las familias que no pueden vivir juntas pero tampoco pueden vivir separadas. Son las familias que se inventan problemas que, cuando se ven desde afuera, da la impresión de que alguien prendió una radio.

Es excelente el trabajo corporal de los actores en el espacio y en relación a la escenografía. El momento en el que el auto se queda varado y tienen que “empujarlo”, corriendo a la par y reduciendo la velocidad como si el auto avanzara; o el continuo leve vaivén que hacen sus cuerpos sentados en los asientos, para dar la sensación de realidad de desplazamiento del auto y que debe estar coordinado entre todos. Y sin dudas es impactante el trabajo de composición actoral de las tres actrices, en particular de la que hace de varón, que logra engañar por completo al público que nunca supo su verdadero género durante toda la función.

Una obra sobre el camino que emprendemos para vivir. Que sea cual sea debe ir hacia adelante para crecer. Generando una voz propia que dice lo que tiene que decir, dejando a nuestros progenitores atrás. No en el medio del campo. En el asiento de atrás. Aunque  a veces haya que cambiar de auto. O tomar un avión.

Teatro: Timbre 4 – México 3554

Funciones: Miércoles 3 de Febrero

calificacion_3

Por Natasha Ivannova

 

 

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