20.08.19
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#ASLTARANTINO | Django sin cadenas | Dandy desencadenado, por Fernando Ganzo

En el punto culminante de su séptima película, Quentin Tarantino dirige a Jamie Foxx realizando una elegante demostración de doma de caballo, ejecutando pasos sofisticados, girando sobre sí mismo y realizando otras acrobacias elegantes que le permiten pavonearse ante su amada. Pocos momentos definen mejor el cine de Tarantino. Si podemos dividir los cineastas exitosos entre aquellos a los que les gusta presumir y aquellos que prefieren pavonearse (el matiz es importante), entre aquellos que hacen siempre gala de su pericia técnica y su lujosa economía y aquellos que sencillamente se dejan llevar por el placer de ser más canchero que nadie, Tarantino estaría sin duda entre estos últimos: los que se pavonean. De ahí que a sus ojos el mayor gesto deslumbrante que su actor pueda hacer sea el de, sencillamente, demostrar su talento con su caballo (talento, por cierto, real, puesto que se trata del verdadero caballo de Jamie Foxx). En la película más cara de su carrera, con los actores mejor pagados de su carrera, el summum del lujo para Tarantino es un tipo haciéndose el canchero en su caballo.

Más allá de ello, los momentos más llamativos de la película (exceptuando ciertos paisajes) son sin duda también los más violentos. Pero, lógico en alguien co tendencia a pavonearse más que a presumir, Tarantino los lleva al extremo: siendo evidentemente una obsesión de realismo en su obra (pensemos simplemente en el choque de coches de Death Proof), aquí la violencia es casi siempre exagerada, chocante por grotesca, casi cómica, cartoonesca (la primera víctima del cazarecompensas alemán King Schutlz se queda en el suelo con el cráneo abierto echando borbotones de sangre a chorro limpio). Y el tipo tiene suerte: en una película en la que recrea paso a paso los suplicios vividos por los esclavos negros en los Estados Unidos de América (cadenas, latigazos, peleas de mandingos, perros devorándolos, de hecho, las únicas secuencias realistamente violentas del filme), es su tendencia a pasarse de la raya la que protege la película de todo sentimentalismo. De ahí que alguien como Bell Hooks, a diferencia de Spike Lee, la defendiese en cierto modo contra 12 años de esclavitud, de Steve McQueen, sin dejar de recordar que, lógicamente, ya no podía más de ver en el cine a personas de su raza siendo torturadas, violadas, masacradas. La violencia justiciera de Django, como todas las de Tarantino en su tramposo esquema narrativo de víctima-vengándose-de-verdugo (sea la víctima una mujer –Kill Bill–, varias mujeres –Death Proof–, los judíos –Bastardos sin gloria–, o los esclavos –Django–) será cómica más que sádica, y, hasta cierto punto, total. Django es el esclavo que destruye todo, incluyendo todo discurso. Es casi paradójico: llevando la violencia al extremo, lo que finalmente encuentra Tarantino es una forma de, casi, pudor. Y hay finalmente algo de provocador, en todo ello, de profundamente liberador: el gesto más fuerte no es el de ver por primera vez a un esclavo convertido en rapidísimo pistolero, sino en habilidoso jinete a lomos de su caballo.

Todo esto participa de una tendencia entonces creciente en el cine de Tarantino, ya presente en Bastardos pero acá omnipresente, y que terminaría convirtiéndose en su tema predilecto: el disfraz, la interpretación, la apariencia. Para empezar, la de Christoph Waltz en el papel del cazador de recompensas alemán empático con los esclavos: imposible en el momento del estreno de la película no tener aún reciente su papel de nazi insaciable en Bastardos, sobre todo teniendo en cuenta que el gran público sólo le conocía entonces por ese papel. Los alemanes acá son los buenos como allá eran los malos. Todo es un disfraz, y en casi todas las secuencias de la película, de hecho, Schultz y Django interpretan, literalmente, papeles: primero Django será un vallet, después el experto en mandingos, y Schultz recorre el país fingiendo ser dentista (con la ayuda de un divertido carromato). Por no decir que Django interpreta en cierto modo durante toda la película el papel de un Sigfrido al rescate de su Bruhnilde a ojos de Schultz. De ahí que la violencia (y sí, esto es problemático al referirse a la esclavitud, pero que una película sea apasionante nunca fue incompatible con que fuera problemática, casi al contrario) nos resulte casi un juego: porque toda la película se sume en un juego de ficción algo dandy, un baile de disfraces permanente, insistiendo en los diversos looks de Django, en la creación de un nuevo cowboy, de extraño atuendo e insólito color de piel, a lomos de un caballo. Será la primera vez que Tarantino filme caballos, de hecho. El más inolvidable, aquel en lomos del cual Daddy (Don Johnson) muere encapuchado en pleno germen del Klan. Nunca más dejará de filmarlos. Como si su cine entrase en una fase regresiva, queriendo jugar con cowboys al galope, al mismo tiempo que sus personajes se divierten jugando a ser otros. En su siguiente película, Los ocho más odiados, otro western, casi todo el mundo estará en un momento u otro interpretando una farsa. Parecía lógico que llegara pues a Había una vez..en Hollywood a filmar a actores interpretando a actores, incluso a dobles de actores.

 

@ Fernando Ganzo , 2019 | @GanzoFernando

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