21.08.19
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#ASLTARANTINO | Los ocho más odiados | Disparo de nieve, por Agustín Mango

No tiene la fuerza del espíritu indie 90s de Perros de la calle, el valor revolucionario de Pulp Fiction, o el swag musical de Jackie Brown: uno apostaría a que Los ocho más odiados no figura en el “Top 3 de Quentin Tarantino” de nadie. Cada estreno de QT es un evento en la industria, una premiere a todo trapo en Cannes, un big bang de imaginación y creatividad que es automáticamente absorbido por la cultura popular y transformado en fuente viral de inspiración en todas las direcciones posibles (películas, actuaciones, guiones, series). Pero Los ocho más odiados fue recibida con relativa tibieza por la crítica americana, cuando no fue directamente tiroteada: se la tildó de errática, atrofiada, y hasta tediosa. Algunos incluso usaron la palabra “horrible”, otros la describen como la película más política de QT. Todos tienen razón, es todas esas cosas. 

El octavo film de Tarantino ocupa un lugar bastante tenue dentro de la filmografía de uno de los autores más vistosos del cine contemporáneo. Hoy en día, entrarle a Los ocho más odiados en plan revisionista no es tarea fácil. Hay una esencia bastante elusiva en este western de casi 3 horas que despacha relativamente rápido al que parecía ser el protagonista, un cazarrecompensas sensible llamado John Ruth interpretado por Kurt Russell, para luego pasarle la posta al Mayor Marquis de Samuel Jackson, un militar renegado devenido cazarrecompensas que dice ser pen pal de Abraham Lincoln. Decíamos que asir esta película para revisarla hoy es difícil. Por lo pronto, está el problema de delimitarla como film, porque, de hecho, no es una película sino dos: la versión estándar que se estrenó en todo el mundo y una versión roadshow más extensa para ser proyectada en unos gloriosos 70mm que no nos tocaron de este lado del mundo, con intervalo y una secuencia extra de títulos. Pero Los ocho más odiados es también una miniserie de 4 episodios de Netflix –solo disponible en el catálogo US (nostalgia de los VPNs)–, con escenas reeditadas y, aparentemente, unos 25 minutos extra de material. Así que, ¿de qué hablamos cuando hablamos de Los ocho más odiados? En este caso, de la versión estándar estrenada acá, la misma que puede verse en el catálogo LatAm de Netflix.  

No se trata solo de duraciones o formatos, la película en sí misma parece descomponerse más de la cuenta en la organización del cómo y el qué de lo que nos está contando. Esas imágenes imponentes de llanuras y montañas nevadas de Wyoming que parecen hechas para la pantalla de cine más grande del mundo nunca terminan de complementarse bien con la(s) historia(s) que Tarantino nos cuenta, todas encerradas en un paraje donde van a convivir (y morir) todos los personajes. una película de cámara? No es un problema de atomización o heterogeneidad de géneros, o en todo caso no es ese un problema, ni la razón que hace a la película un tanto inasible. Tarantino es Tarantino, y su alquimia mágica de cinefilia y género siempre da como resultado una jarra loca que puede gustar más o menos, pero pega o pega. Y Los ocho más odiados es un western épico invernal, sí, con el blanco de la nieve y el setting de posguerra (años después de la Guerra de Secesión) como protagonistas, y un grupo variopinto de pistoleros conviviendo en un parador en el medio de la nada a causa de una tormenta. Pero también es un whodunit a lo Agatha Christie con asesino misterioso y bebida envenenada incluidas, un festival de violencia y sangre, una magnífica variación sobre La Cosa de John Carpenter (¿Kurt Russell aislado en la nieve con un grupo de hombres que van muriendo uno por uno hasta que solo quedan dos?), y una mirada sobre la historia del racismo y la violencia intrínsecas en la historia contemporánea de la sociedad norteamericana. 

Hoy, con el diario del lunes del movimiento feminista actual, no sería muy difícil sumarle también una lectura atravesada por el #MeToo a esta película estrenada un año antes del escándalo de su productor y abusador de mujeres Harvey Weinstein. En la Daisy Domergue que interpreta la maravillosa Jennifer Jason Leigh funcionan elementos que ameritan interpretaciones en sentidos muy dispares: Daisy es prácticamente un objeto, un saco de boxeo para hombres violentos que constantemente la golpean, le disparan, le vuelcan un guiso encima, le vomitan litros de sangre en la misma cara que más tarde le empapan con los sesos de su hermano muerto de un disparo en la cabeza. Pero también es la líder de una banda de forajidos, que se ríe constantemente de sus captores, responde golpes y abusos con carcajadas e insultos con el rostro cubierto casi toda la película, negro de moretones primero, rojo sangre después. Pero si afinamos un poco, quizás no sea ninguna de las anteriores, o las dos al mismo tiempo: una forma en la que Tarantino empuja y pone en juego los límites de la corrección política, el feminismo y la misoginia. 

Los ocho más odiados, entonces, como no una sino muchas películas. Vamos más lejos: no solo como una especia de obra de teatro protagonizada por muchos de los tópicos, climas y trucos favoritos de Tarantino, sino también una mirada a las películas mismas que el director ya realizó sobre ellos. Entonces, una película de Tarantino que es tan Tarantino que se vuelve una película sobre las películas de Tarantino. ¿Una banda de criminales que coinciden en un espacio y se van matando entre ellos? ¿Un asesino afecto al monólogo interpretado por Samuel Jackson? ¿Dos cazarrecompensas como protagonistas? Quizás por eso mismo después de una primera hora muy fluida todos esos materiales empiezan a sentirse pesados y al mismo tiempo más débiles, y el tiempo se estira para que pueda entrar la mayor cantidad de películas distintas. Por supuesto, sería bastante ridículo acusar a Tarantino de repetirse a sí mismo, así que quizás sea más divertido pensar en Los ocho más odiados como una Cosa de otro mundo, un ente que asimila distintas figuras y las replica para ir eliminandolas, en un paraje aislado en medio de montañas nevadas que funciona como una miniatura de sociedad conformada por hombres violentos y armados en la que todos desconfían del que tienen al lado y eventualmente se matan unos a otros.

© Agustín Mando, 2019 | @agusmango

Permitida su reproducción total o parcial, citando la fuente.

 

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