28.03.20
Cine _ Dossier _ Películas

#ASLVIRALIZADO | Epidemia (Outbreak) | Por Quintín

2600 almas

La epidemia se origina en los monos africanos y se propaga gracias a los intereses militares. Se transmite por la sangre y por el contacto sexual. Se habla de “castigo divino” y de “usar la misma jeringa”. El virus es absolutamente letal y puede mutar hacia cepas más peligrosas. Puede llegar a destruir la humanidad en poco tiempo. Epidemia es una película sobre el sida. Mejor dicho, es una película que mezcla todos los terrores colectivos que el sida ha generado. Estos terrores penetran el cine americano de tal modo que sus producciones actuales de más presupuesto no incluyen escenas sexuales ni actos de infidelidad matrimonial y hasta evitan los besos (¿cuántos besos vieron últimamente?). En Epidemia hay un beso entre un portador del virus y su novia. Ambos morirán en menos de veinticuatro horas. Hay también una escena en la que Dustin Hoffman se saca la escafandra protectora para demostrarle su amor a la infectada René Russo que parece una metáfora un poco cómica del momento de Noches salvajes en el que la pareja rechaza el uso del preservativo. Es la escena más audaz de la película. En algún momento, el presidente decide que un pueblo de 2.600 habitantes debe ser bombardeado para evitar que el virus se propague. Ese presidente es Clinton, como lo muestra el retrato en el despacho de Morgan y nos recuerda que estamos más cerca de la realidad que de la fantasía.

Pero, ¿qué nos dice Epidemia? ¿Que es sensato y patriótico matar a esos enfermos o que su eliminación es el resultado de la ambición y el prejuicio? Si bien la destrucción preventiva aparece revestida de una gran racionalidad, el nombre elegido para el operativo se parece mucho a “solución final” y el film incluye imágenes de los enfermos entrando a los hospitales que evocan a los judíos marchando hacia el exterminio. Tal vez sería bueno preguntarnos primero si es sensato buscar este tipo de interpretaciones en una película de entretenimiento. Es decir, habría que resolver primero si es lógico adjudicarles a estas películas un punto de vista ético o político. Evitemos generalizaciones tales como que todas las películas lo tienen, o que el director muestra su ideología en cada plano, o que es el sistema el que se expresa. A esta altura no sabemos bien qué cosa es el sistema, pero sí sabemos que los grandes vehículos de los estudios se fabrican mezclando la ensalada de clichés que circulan por los medios. Hagamos mejor una analogía entre el ritmo de la película y su tema. Desde Indiana Jones, hay una tendencia a que los films entren, a partir de un momento que es cada vez más prematuro, en una vorágine de peripecias que no deja tiempo para reflexionar siquiera en el argumento. Eso ocurre en Epidemia y los guionistas deben haber ensayado mil variantes para imaginar el encadenamiento acelerado de situaciones que llevan al previsible final. Ese apuro está representado por la escena en la que Dustin Hoffman le dice al piloto: “Subamos al helicóptero”, este le pregunta “¿adónde vamos?”, y Hoffman le responde: “no sé”. La película alude a su propio proceso de construcción. Otro tanto ocurre con su dilema moral básico. La trama gira alrededor de una pregunta: “¿Es condenable matar a los 2.600 ciudadanos indefensos de Cedar Creek para evitar males mayores?”. Esta pregunta recuerda a otra: “¿es condenable torturar a un prisionero que puede proporcionar información que evite la muerte de inocentes?”. El problema con esta pregunta es que solo la hacen los que defienden la tortura en esa y otras circunstancias. Del mismo modo, la otra pregunta solo la hacen los que están dispuestos a tirar la bomba en esa y otras circunstancias. El film muestra cómo se llega a formular esa pregunta, cómo se crea el clima para violar las normas constitucionales: a través de un consenso de expertos en el que los ciudadanos comunes carecen de toda participación y que además está condicionado por intereses que permanecen ocultos. Esto es lo peculiar de Epidemia: se burla de su propio apuro pero se apura; indica cómo se llega a hacer la pregunta que no hay que hacer, pero la hace.

Hay más. En 1977, Susan Sontag denunciaba en La enfermedad y sus metáforas los riesgos del lenguaje militarizado (invasión, defensa, etc.) para hablar del cáncer, que ocupaba entonces el lugar de enfermedad maldita que hoy tiene el sida. En Epidemia, cuyos protagonistas son médicos e investigadores militares (uniendo dos profesiones que la ciencia ficción siempre separó), se muestra la invasión del virus como un ataque en tres niveles (la célula, el organismo, la nación) que solo puede ser evitado por la unión de la ciencia con las fuerzas armadas. “Somos la última línea de defensa”, dice el siniestro General Dr. Sutherland. Las imágenes de terror del cine mainstream siguen siendo alucinantes.

El Amante, Nº 38. Abril 1995. Estrenos.

Texto incluído en “Los años irreverentes. Escritos completos en El Amante/Cine. Volumen 1”.

© Quintin, 2020 | @quintinLLP

Permitida su reproducción total o parcial, citando la fuente.

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