08.05.20
Cine _ Dossier _ Películas

#Aslviralizado | La amenaza de Andrómeda | Por Guido Pellegrini

La amenaza de Andrómeda (1971) es una película en la que no ocurre nada. Por eso es interesante dentro del cine catástrofe de Hollywood. No hay escenas de acción ni héroes o heroínas. No hay apocalipsis ni zombies. Hay un extraterrestre, pero es un cristal microscópico que se propaga como un virus. Hay, también, algunos clichés del género de la ciencia ficción. Como en Alien (1979), el complejo militar industrial es el malo de la trama, y la búsqueda de un arma bacteriológica desencadena una crisis autoinfligida. Pero al contrario de Alien, el monstruo es apenas una imagen amplificada en una pantalla. Y los protagonistas son doctores y científicos en un laboratorio subterráneo. Dan ganas de aplaudirles a las nueve de la noche. 

La amenaza de Andrómeda es, como Contagio (2011) de Steven Soderbergh, un film sobre procesos y burocracia, sobre la reacción de un gobierno ante un enemigo invisible. Conocemos a personajes con nombre y apellido, pero su psicología importa menos que su función. Sin embargo, mientras Contagio, en esta época de Covid-19, parece un documental, La amenaza de Andrómeda nos resulta más fantasiosa. Nos muestra el futuro del pasado, un laboratorio híper tecnológico para los estándares de 1971, que hoy tiene un encanto retro-futurista. 

En las primeras escenas, descubrimos que un satélite del gobierno estadounidense cayó en pleno estado de Nuevo México. Aunque el impacto no causó una gran explosión ni mucho menos, casi todos los habitantes del pueblito de Piedmont están muertos. Se sospecha la presencia de un virus o bacteria del espacio exterior, y se reúne a un equipo de especialistas –nuestros personajes principales– para ir al epicentro del acontecimiento con trajes protectores, extraer el satélite, buscar sobrevivientes y luego analizar todo en un laboratorio secreto, conocido como Wildfire, en el estado vecino de Nevada. 

Este prólogo, que incluye una caminata por el pueblito repleto de cadáveres, es lo más hollywoodense de La amenaza de Andrómeda. Hay suspenso e impacto visual. Lo que viene después es lo que divide aguas, porque una vez que entramos en el laboratorio prácticamente no salimos. Y lo que ocurre ahí adentro es duro, seco y extenuante trabajo científico. Algunos espectadores se quedarán hipnotizados por el exhaustivo paso a paso; otros se quedarán dormidos. Yo me incluyo en el primer grupo. 

Lo más similar a La amenaza de Andrómeda, dentro del género, es 2001: Odisea del espacio (1968). Vemos la misma obsesión por la ambientación, la tecnología y el realismo, y son de los pocos exponentes cinematográficos de la ciencia ficción dura, que proyecta escenarios y futuros factibles. También comparten un artista clave, Douglas Trumbull, encargado de los efectos especiales. Si bien en La amenaza de Andrómeda no hay naves ni viajes cósmicos, el laboratorio contiene sendas computadoras, microscopios electrónicos y monitores. Muchas de las imágenes aparentemente digitales son, en realidad, trucos ópticos elaborados por Trumbull y su equipo, desde el mapa tridimensional del laboratorio, que parece arrancado de un videojuego, hasta las animaciones del cristal extraterrestre en plena expansión. 

Y también como en 2001, los sets son claves. El laboratorio cuenta con cinco subsuelos. Para llegar al quinto, el más esterilizado de todos, es necesario atravesar una batería de inspecciones y desinfecciones, y hasta pelar capas epidérmicas. Cada subsuelo tiene su color, del rojo al blanco, impreso en las paredes y en los uniformes unisex. Al llegar al quinto subsuelo, los científicos empiezan sus análisis, usando brazos robóticos para tratar materiales infectados y escafandras para cuidar a los dos sobrevivientes de Piedmont, un bebé y un viejo alcohólico. Vemos cada fase de este lento procedimiento. Es una película obsesionada por los detalles, a un nivel fetichista. 

El director Robert Wise -responsable de otros clásicos de la ciencia ficción, como Star Trek y El día que la tierra se detuvo– y el guionista Nelson Gidding adaptan minuciosamente la novela de Michael Crichton publicada en 1969. Sin embargo, introducen un cambio clave, al incluir una figura femenina dentro del grupo masculino de especialistas: la doctora Ruth Leavitt, que en la novela se llama Peter. Fue una idea de Gidding a la que Wise, al principio, se opuso: no podía imaginar a una mujer en un rol serio y científico. Por suerte, Wise lo pensó mejor y aceptó el cambio. 

Ruth, interpretada por Kate Reid con intensidad emocional y aires de rebeldía política, termina siendo el personaje más memorable, incluso según el mismo Wise. Es la única, en todo el elenco, con una personalidad fuerte y cierta profundidad psicológica. Sus colegas son más acartonados y se mezclan en un budín de varones sin atributos. (De todos modos, no se puede decir que La amenaza de Andrómeda sea feminista. Hay una escena donde el viejo alcohólico acosa sexualmente a una enfermera y los demás se ríen como si fuera algo tierno. Es un momento bastante llamativo, por decirlo de manera amable). 

La frialdad de La amenaza de Andrómeda es, a la vez, su peor y mejor cualidad. Es una película difícil de querer, un instructivo de cómo funcionaría un laboratorio como Wildfire y cómo se abordaría una crisis bacteriológica de tal magnitud. Pero esto es lo que convierte al film en un objeto atípico, especialmente en el cine. Hay novelas de ciencia ficción, como Cita con Rama de Arthur C. Clarke, que están igualmente preocupadas por la indagación científica, por los enigmas de lo extraterrestre más que por su monstruosidad o espectacularidad. Pero películas hay pocas, salvo excepciones como esta y, de a ratos, La llegada (2016). Y por eso vale la pena visitar los cinco subsuelos de Wildfire, del rojo al blanco, y quemarnos las pestañas en el camino. 

© Guido Pellegrini, 2020 | @beaucine

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