02.04.20
Cine _ Dossier _ Películas

#ASLVIRALIZADO | La Jetée + 12 monos | Por Sebastián Santillán

En el momento del parpadeo

La actual megacrisis sociopolítica global, disparada por la pandemia del COVID-19, vuelve a poner en consideración a 12 monos (1996), la distopía de Terry Gilliam inspirada en La Jetée (1962) de Chris Marker. La ciencia ficción, que habitualmente suele valerse de la creación de universos narrativos futuristas, en realidad siempre está enraizada en una posición crítica concreta sobre su presente. Es interesante detectar cuán atados a los contextos geopolíticos y estéticos de su tiempo histórico están las dos películas y cuánto nos pueden interpelar a nuestro presente.

La Jetée, una película clave de la modernidad cinematográfica de los sesentas, es una obra hija de la Guerra Fría, de la paranoia ante la eventual devastación nuclear producto de la contienda política entre Estados. El argumento es simple y a la vez complejo: desde un futuro devastado, un viajero del tiempo es enviado al pasado para intentar detener aquello que desencadenará el apocalipsis futuro. Una de múltiples virtudes de la película de Marker es que rápidamente se desentiende de ese argumento modélico —arquetipo de innumerables películas, desde Terminator a Avengers: Endgame—, al comprender que la motivación más profunda siempre es afectiva: el viajero intenta recuperar el rastro de una bella mujer cuyo rostro quedó grabado en su memoria. La película está casi integralmente creada a partir de fotografías fijas, es decir del dispositivo visual más utilizado en el siglo XX para construir los recuerdos. Hay, sin embargo, un momento clave en La Jetée donde se prescinde de las fotos: la extraordinaria escena en la que la bella ensoñada, a punto de despertar de su plácido dormir, abre sus ojos y parpadea. Es un instante muy breve pero cautivante y embriagador, en el que los recursos propios del cine se hacen presentes entre el ensueño y la oda romántica. Al igual que en Hiroshima Mon Amour, en La Jetée la devastación nuclear es, ante todo, una cuestión sentimental y afectiva.

Lanzada más de treinta años después, en 1996, 12 monos es hija de un contexto geopolítico completamente diferente, que alguna vez se intentó definir bajo el discutible concepto de “Unipolar World”. Con el derrumbe de la Perestroika y la disolución de la U.R.S.S., el mundo parece dirigirse hacia un único modelo, el famoso neoliberalismo. La amenaza nuclear, que inquietó al mundo durante décadas, parece haber quedado en un segundo plano. Los Estados, otrora todopoderosos, ceden su protagonismo al mercado, ahora amo y señor del mundo. Es interesante que el apocalipsis nuclear —y por consiguiente gubernamental, sólo un Estado está capacitado para crear una bomba atómica— de La Jetée deviene un amenaza bacteriológica en 12 monos: un virus, aparentemente desencadenado por una empresa privada, matará a 5 mil millones de personas. Los Estados se muestra impotentes cuando no directamente ausentes ante la devastación. Pero como Hollywood es Hollywood, siempre se puede apelar a que un héroe que salve las papas. En 12 monos el encargado es Bruce Willis —en aquel momento no muy lejos de su rol en Duro de matar—, como el viajero del tiempo encargado de la desmesurada tarea de salvar al mundo del apocalipsis viral. Si 12 monos envejeció muy dignamente no es tanto por el entonces elogiado guion de David Webb Peoples y Janet Peoples, sino porque Terry Gilliam logró aprovechar el desconcierto que en aquel entonces reinaba en Hollywood para evadir el formateo convencionalizado, lo que le otorgó a la película capas de sensualidad plástica y estética —desde el vintage diseño de producción hasta una banda sonora con Astor Piazzolla de leitmotiv— que hoy parecen difíciles de pactar con la industria.

El siglo XXI, tiempo de hiperconexión en el que conviven el cinismo con el esperpento, el ascenso tecnológico y geopolítico de Oriente con el derrumbe catastrófico de Occidente, el acceso masivo a los medios de comunicación con los memes, encuentra nuevamente a Occidente ante la ancestral amenaza de la epidemia. Los discursos apocalípticos conviven por igual con los negacionismos y la impericia. Pero también puede ser tiempo de lanzarnos a esa nueva oportunidad de construir  afectivamente esos momentos vitales, que merecen ser recordados eternamente, incluso en el apocalipsis. Esos momentos que tal vez duren un parpadeo, pero valen toda una vida.

© Sebastián Santillán, 2020

Permitida su reproducción total o parcial, citando la fuente.

 

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