06.04.20
Cine _ Dossier _ Películas

#ASLVIRALIZADO | La noche de los muertos vivos | Por Miguel Peirotti

En esta película, que es su primera, que fue construida sobre la base de poco y nada porque el zombie de I Walked With a Zombie (1943) de Jacques Tourneur –correcto etimológica pero incorrecto cinematográficamente– era un esclavo lento y flaco sin hambre y sin proyectos cárnicos, George A. Romero hizo regresar a la memoria colectiva del espectador de cine un sueño archivado en los anaqueles del FBI: nadie es enteramente confiable; menos, un negro. ¿Detalle gratuito? ¡Año 1968! Europa: mayo francés. Latinoamérica: insurgencia anti-totalitarista. EEUU: Panteras Negras con garras afiladas + Vietnam. El mundo: cisma. La sátira política renacía con el subgénero-zombie, que obtenía su partida de nacimiento sin que nadie lo supiera, ni siquiera el propio Romero. Cuando gastó los 114 mil dólares del exangüe presupuesto de La noche de los muertos vivos, en este director debutante no existía el menor ánimo exploitation más allá del mero hecho de querer recuperar la plata. La recuperó, y en millones, pero se la llevaron a toda los distribuidores, los “distribuitres” de antes que usaban arsénico (los de hoy, también). Quizás por este desencanto financiero –y por el éxito que supuso en taquilla su ópera prima – fue que Romero se lanzó luego a continuar las comilonas de sus muertos en vida y generó un mundo propio de zozobra y codificación en los abismos del cine de terror por venir. El copyright del zombie moderno, ya lejos de la liturgia vudú, es suyo, todos lo sabemos.

En el cine, vía la literatura, ya había germinado la idea de una humanidad fagocitándose mutuamente. Vampirismo. Pero a la elegante historia de la casi siempre pulcra gastronomía de los dráculas y nosferatus, que al día de hoy persiste a capa y colmillo y rímel, Romero interpuso un banquete disruptivo de mandíbulas feroces y uñas sin pintar, sin empatía por el prójimo ni poesía o romanticismo: una nueva clase de masacre. Ya no hacía falta una guerra nuclear para aniquilar a la humanidad, sino apenas algo teorizado como un virus y la posibilidad del encierro con tus vecinos más espantosos. Romero era entonces, 1968, un testigo molesto y exigente de la política exterior de su país, que enviaba tropas a la selva que el Vietcong devolvía en body bags. Romero era un rebelde y un quejoso y continuó siéndolo hasta su muerte. Afortunadamente para la salud del cine global de género, su rebeldía y sus quejas contra el sistema fueron conjuradas con películas que enviaron, no mensajes postales, letales diatribas audiovisuales contra la burguesía de la clase media acomodada (… en la butaca del cine para ver siempre lo mismo). 

Con su estética rústica y temblorosa de tesis universitaria mortíferamente eficaz (el paso del tiempo sólo ha destruido la calidad de las actuaciones y los DFX: defectos especiales), “La noche de los muertos vivos” es la indiscutible piedra basal de su género pero es también un punto de fuga en el que converge todo el cine de terror que vino en la década siguiente y en la de los ochentas, esa nueva belle époque clase B alentada por la posibilidad de una pobreza franciscana como caldo de cultivo mordaz y por la caja de sorpresas políticas y semánticas que puede hallarse en el interior de una tímida historia lineal en tres actos. 

 

© Miguel Peirotti, 2020 | @MPeirotti

Permitida su reproducción total o parcial, citando la fuente.

 

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