24.04.20
Cine _ Dossier _ Películas

#ASLVIRALIZADO | La peste | Por Fredy Friedlander

Quintín, colaborador habitual de A Sala Llena, escribió en la época del estreno de La peste una nota muy crítica, refutando desde su principio la afirmación de Puenzo. Mientras que éste declaraba: “He sido fiel a los principios tanto míos como a los de los de Camus”, Quintín se ubicaba en la orilla opuesta. En sus propias palabras decía: “Puenzo en el film desvirtúa no sólo a la novela sino que la ataca en sus puntos más importantes. No sería exagerado decir que el director odia a Camus y al libro”.

Vista recientemente la película por este cronista (y releído el libro), se puede coincidir parcialmente con el comentario anterior. Resulta difícil comprender cómo puede trasladarse la acción desde la ciudad de Orán (200.000 habitantes) en Argelia a una urbe (mucho mayor como claramente se ve en el film) que se parece demasiado a Buenos Aires, por más que se la llame también Orán. La cancha de Boca, el tango “turístico”, el Cementerio de La Recoleta y otros hitos geográficos no logran convencer al espectador de que la acción transcurre en alguna ciudad no identificada de Sudamérica.

El otro aspecto donde la película y la historia divergen en demasía es el de los personajes centrales. Seguramente por cuestiones de la coproducción se privilegia en exceso a los actores extranjeros, en contraposición a los argentinos. Para interpretar al central, Benjamin Rieux, se eligió a un actor norteamericano en boga a inicios de los ‘90 (William Hurt). Otros dos personajes importantes como Cottard y Grand también fueron asumidos por actores de los Estados Unidos: Raul Julia y Robert Duvall respectivamente (a reconocer en este último caso su soberbia actuación, mérito en gran parte de Puenzo).

Más anacrónico aún es haber cambiado “el sexo” de Rambert, que pasa de ser Raymond a llamarse Martine y corporiza Sandrine Bonnaire. Las escenas eróticas de la periodista no tienen punto de contacto alguno con uno de los personajes masculinos mayores de la obra. Su colega Jean Tarrou (Jean-Marc Barre) al menos se acerca más al de la novela.

De la casi decena de figuras centrales de la obra, les queda muy poco espacio a los actores argentinos, pese a que la película fue filmada en nuestras latitudes. El que mejor parado sale es Lautaro Murúa por su rol como el padre Panetoux, con presencia en varias escenas. Sin embargo, como bien señala Quintín, la película “no respeta las convicciones de varios personajes, entre ellas las del obispo” (se sugiere releer los generosos párrafos pertinentes de su reseña).

Muy desaprovechado está Duilio Marzio como el juez de instrucción Othon  y aún menos justificado el ficticio predicador que encarna Norman Briski. China Zorrilla, como la madre de Rieux, tampoco encaja con la novela y en roles mínimos se los ve al ahora extrañado Horacio Fontova, a Jorge Luz, a Leticia Bredice y a Verónica Llinás, agregando un toque de erotismo ausente en la novela original.

Los valores formales del film son destacables, como la buena fotografía del Chango Monti, la escenografía de Jorge Sarudansky y el vestuario de María Julia Bertotto. Sin duda las imposiciones de los productores no ayudaron a que La peste fuera el homenaje que Camus merecía. La frase final del film se corresponde exactamente con el cierre del libro.

Resulta muy interesante comparar la novela con la situación sanitaria mundial en la actualidad. Existen parecidos y diferencias inevitables, aunque los primeros superan a los últimos.

En el siguiente análisis se citarán textualmente varios párrafos del libro para refrendar lo afirmado en el párrafo precedente.

Ya en el primer capítulo Camus escribe: “Ha habido en el mundo tantas pestes como guerras y sin embargo, pestes y guerras cogen a la gentes siempre desprevenidas”, frase de auténtica actualidad y vigencia. Y en otra parte agregaba refriéndose a los bacilos: “el caso es que no sabemos nada de estas cosas”. Hacia el final de esa primera sección se agregaba  que “los familiares eran sometidos a una cuarentena de seguridad”, y en el cierre: ”el prefecto de Orán proponía que declaren el estado de sitio. Cierren la ciudad”.

En el capítulo segundo aparecen algunas diferencias con la situación actual, producto de las distintas épocas en que ocurre la epidemia (y no pandemia). Al no existir  Internet ni otras formas digitales a mediados del siglo pasado, las comunicaciones se reducían principalmente a las telefónicas. Pero “por trastornos en las cabinas públicas y en las líneas… los telegramas llegaron a ser nuestro único recurso”.

Otra coincidencia destacable es la que señala el autor cuando afirma: “las penas de la separación se agrandaban por el hecho de que habiendo sido sorprendidos  por la peste en medio de su viaje, se encontraban alejados del ser que querían y de su país”.

Donde hay diferencias notables es cuando escribe que “el cierre de los comercios y de ciertos despachos, llenaba las calles y los cafés”. O cuando afirma que “los cines se aprovecharon de esta ociosidad e hicieron gran negocio” (qué distinto a lo que pasa actualmente con el negocio cinematográfico…). Acierta también básicamente la trama cuando menciona “que un comerciante de productos alimenticios de su barrio había acaparado grandes cantidades, para venderlos luego a precios más altos”.

Hay una perlita en el texto que sorprenderá al lector cuando el Padre Panetoux en el púlpito (en parte está en la película) expresa: “Se lee en la Leyenda Dorada que en tiempos del rey Humberto, en Lombardía, Italia fue asolada por una peste tan violenta que apenas eran suficientes los vivos para enterrar a los muertos”.

Habría varias coincidencias más que puede descubrir el potencial lector como por ejemplo cuando a la mitad del libro se lee: “La peste se hacía pulmonar…y se habían pedido nuevas medidas para evitar el contagio que se establecía en de boca en boca en la peste pulmonar”. (Y hasta se menciona a un precursor del barbijo cuando se mencionan “dos máscaras de gasa que Tarrou le diera a Rambert, para que se tapara con ellas”).

Hacia el final reaparecen vivas las ratas (responsables del contagio), señalando el fin de la epidemia (en el film sólo se ven en alguna escena aislada en un ascensor).

Las  frases finales del libro (y de la película) resultan una buena síntesis de parte del mensaje que quiso transmitir Camus (el otro sería una alegoría del nazismo). Parece conveniente citarla textualmente: “Oyendo los gritos de alegría que subían de la ciudad, Rieux tenía presente que esta alegría está siempre amenazada. Pues él sabía que esta muchedumbre dichosa ignoraba lo que se puede leer en los libros, que el bacilo de la peste no muere ni desaparece jamás, que puede permanecer durante decenios dormido en los muebles, en la ropa; que espera pacientemente en las alcobas, en las bodegas, en las maletas,  los pañuelos, y que puede llegar un día en que la peste, para desgracia y enseñanzas de los hombres, despierte  a sus ratas y las mande a morir en una ciudad dichosa”.

 

© Fredy Friedlander, 2020

Permitida su reproducción total o parcial, citando la fuente.

 

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