01.04.20
Cine _ Dossier _ Películas

#ASLVIRALIZADO | The Host | Por Josefina García Pullés

Héroes y tumbas

Me costó mucho sentarme a escribir este texto. Había visto The Host más de una vez, pero verla en este contexto fue casi como debutar con ella. Me resulta difícil pensarla sin ver al sufrimiento cercano y actual en cada escena. Entonces llegó la introducción a este dossier, y el texto de Hernán Schell me reinició un poco el sistema para encarar este texto. “Si la realidad nos espanta y nos desconcierta y no hay nada que podamos hacer contra ella, por lo menos podemos embellecerla un poco”, dice la frase final de su texto. Y tiene razón.  

La idea de un monstruo acechante, supongo, no le es ajena a nadie. Desde la infancia hasta nuestro último día de vida, algún monstruo ha existido alguna vez a nuestro alrededor. Y, claro, nos ha acechado. Viniera disfrazado de oscuridad, de vejez, de muerte, de soledad, de desempleo, de desamor o hasta de Glenn Close (esa sí que daba miedo), ese monstruo seguro nos estuvo rodeando, invisible pero nunca imperceptible. Hoy esa aterradora criatura nos tiene a los argentinos (y a medio mundo) encerrados en nuestras guaridas, en un pseudoconfinamiento maquillado como distanciamiento social, extremadamente necesario pero cotidianamente asfixiante y prolongado al infinito. Yo, de a ratos, me siento en un búnker esperando el ataque. No hay casi nada que sea lo que era hace… cinco minutos. Los sonidos, las formas, el paisaje, los olores de donde vivo me son tan ajenos como los de cualquier lugar desconocido. El silencio de mi barrio, las calles vacías, las colas de gente con barbijo afuera de la farmacia, las personas haciendo compras con guantes, la verdulería con cintas de “peligro” bloqueando la puerta, el carnicero con todo cerrado excepto una minúscula y justa ventana por donde me pasa el pedido…  Siento a este país (o a mi parte de él) un lejano oeste esperando a batirse a duelo. Sí, mi percepción puede ser algo exagerada, pero es que no me acuerdo de mí sin la idea de algún monstruo dando vueltas. Y esto que hoy sucede es como haber impreso todos mis monstruos en 3D. En ese contexto (y en este contexto), entonces, me pongo a ver mi adorada The Host. En ella hoy todo se ve distinto, pero nada se ve menos bello o impactante que la primera vez que la vi. Es que el cine es un rescate. Es mi rescate. Y si llega el bombardeo, que sea mientras veo una película. Esta película. Entonces sí, escribo. 

La magistral The Host es la historia de un monstruo. No, The Host es la historia de una familia. Bueno, es la historia de un monstruo y de una familia. Todo empieza cuando un médico estadounidense le pide a su ayudante surcoreano que vacíe las botellas de formaldehído en el fregadero. Atónito, el joven le advierte que todo eso iría a parar al río Han, y el yanqui, inamovible, le responde: “el río es muy amplio, hay que pensar ampliamente… Es mucho más grave que esas botellas se queden juntando polvo aquí”. Bueno, ya lo sabíamos: todo es culpa de los yanquis (y de los chinos, ahora). Unos años más tarde, dos pescadores ven una criatura muy extraña nadando en ese río, la señalan, hablan de varias colas, de un pez mutado… Corte y vamos a una especie de kiosco. Un hombre duerme y babea con su rostro reposado sobre la mercadería que una chica intenta comprar. Es Gang-Doo Park, y su viejo padre es dueño de ese puesto de comida que está a orillas del mencionado río. De esas aguas, mientras ellos sirven comida a sus clientes, emerge una especie de Jabberwocky (lean el texto de Diego Trerotola publicado en el número 179 de la revista El Amante) que, homenaje a Einsestein y sus escalinatas de por medio, intenta devorar a todos a su paso. El monstruo es enorme y se mueve rápido. En esa persecución, Gang-Doo escapa con su hija Hyun-seo, quien corría junto a él cuando tropiezan y ella termina en manos (bueno, enredada en la cola) del monstruo, que la lleva al río, cruza del otro lado y luego desaparece. 

Eso, todo eso, es simplemente la introducción de esta película en donde Bong Joon Ho -reciente ganador del Oscar a mejor director y mejor película por (la mucho inferior) Parasite– mezcla su conocido humor negro con un CGI impecable y una sarta de críticas revoleadas cual coronavirus: Estados Unidos, el gobierno surcoreano, la institución familiar, las instituciones educativas, los medios de comunicación, el sistema de salud… caen en las garras de Bong, que da cada mordisco con excelencia, sutileza y, sobre todo, con un original humor. ¿O no es el multitudinario “funeral” de las víctimas del ataque una clara muestra de todas esas cualidades del director? En esa escena, además, nos presenta al tío y a la tía de Hyun-seo: él (Hae-il Park), un graduado universitario medio borracho que luego se quejará de no conseguir trabajo a pesar de haber contribuido a democratizar el país; ella, la gloriosa Doona Bae (quien ya había trabajado con Bong en Barking Dogs Never Bite e inmensa actriz de Linda Linda Linda), deportista profesional y medallista de bronce por competencia en arco y flecha. Ambos, junto al padre y el abuelo de la pequeña, miran su foto y luego lloran desconsolados y descontrolados: ahí se lanza este director con su incómodo humor que, como el cine, salva. 

A los Park, más tarde, se los llevan en cuarentena obligatoria no sin antes meter a Gang-Doo, quien confesó haber sido salpicado por la sangre del monstruo, en un saco amarillo con cierre. Y es que se cree que la criatura es portadora de un virus contagioso y que todos ellos deben permanecer aislados en una especie de hospital. Allí, esa noche, Gang-Doo recibe una llamada de Hyun-seo (su celular había sido tema de conversación antes del ataque, ¿qué se creen?), quien le cuenta que está viva y en una especie de alcantarilla. La odisea de esta familia por escapar del panóptico de la cuarentena y encontrar a la muchacha en una geografía cercana a todos los desagües de la red cloacal es la historia que sigue. Y lo que sigue, además, es increíble y extremo y hermoso. Hay un gobierno inepto que intenta frenar un virus inexistente, siempre burlonamente asesorado por Estados Unidos. Hay experimentos crueles con pacientes (a Gang-Doo le perforan el cráneo), hay bastante slapstick, algo de gore y una constante intensidad emocional, enmarcada en la desesperación de una búsqueda pero, sobre todo, en la personalización de la víctima (algo que no suele verse en pandemias como la que atravesamos): aquí hay un monstruo que acecha en general, pero hay alguien que lo sufre en particular. A Hyun-seo el sistema la presume muerta pero está viva, y es ella quien ve al monstruo vomitar toneladas de huesos humanos (la mayoría, de cuerpos que hasta hace poco estaban junto a ella en ese hueco) mientras espera un salvataje que oficialmente depende de una red de seres con máscaras de plástico y trajes de astronauta. Entonces, claro, va tomando fuerza el antihéroe: ese padre soltero (acá no hay madres, y las que se mecionan o se han muerto o se han ido, pero Bong parece homenajearlas en su siguiente película Mother), torpe y algo tontuelo que ya al principio, cuando ostentó aquella caja de fideos instantáneos llena de monedas, auguraba convertirse en buen partido… ¿Quién más, si no, podría amenazar a todos con una jeringa llena de su propia sangre (si hay algo que nos cuenta esta película, y esta pandemia, es que la amenaza siempre es el cuerpo del otro)? ¿No es convertirse en él la peor pesadilla de quienes lo cazan? Si la amenaza es él, el proletario contagiado… Si la amenaza es él, un ser intenso, apasionado, incansable pero poco lúcido y poco educado… Si la amenaza es él, que no le teme a un oficial, ni a un médico, ni a ningún monstruo. Si la amenaza es él, que, dormido, se rasca los genitales en el funeral de su hija pero entiende casi todo lo que dicen los yanquis. Entonces ya no se persigue al monstruo si no a quienes ha invadido, para lograr conservar sus cuerpos alejados del resto. El monstruo, en cambio, los quiere cerca. Devora a todas las presas que ha matado menos a Hyun-seo, a quien puede haberle robado la vida pero nunca pudo robarle el cuerpo. Y ahí está lo mejor de la película, que no es el padre, ni el abuelo, ni sus tíos. Ahí están la heroína y su resistencia, que no es otra que la de mantener su cuerpo intacto hasta el final del cuento.

© Josefina García Pullés, 2020

Permitida su reproducción total o parcial, citando la fuente.

 

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