29.03.20
Cine _ Dossier _ Películas

#ASLVIRALIZADO | Virus (Gamgi) | Por Diego Maté

Resulta que un día tuvimos coronavirus y todos hablaban de Contagio. Se decía cualquier cosa: que la película predijo la pandemia, que Soderbergh pasó no sé cuánto tiempo investigando para la filmación, etc. De vez en cuando, cada tanto, se mencionaba el cine: la película causó impresión, parece, por el tono discreto y contenido con el que se contaba los estragos del virus. Una especie de realismo, justo sobre un tema que el cine parece haber tratado siempre con exceso. De acuerdo. También puede suceder lo opuesto: exacerbar el exceso, multiplicarlo varias veces por sí mismo, llevar los efectos de una pandemia hasta límites insospechados. Lo contrario de Contagio, entonces, debe ser una película como la surcoreana Virus.

Virus habla del viejo tema de la pandemia desde los modos del cine catástrofe, y lo que al comienzo parece un tono amable que alterna el peligro con la comedia romántica, en cuestión de minutos se transforma en un cuento infernal. Todo empieza cuando se abre un contenedor atestado de inmigrantes ilegales contagiados y escapan unas cuantas ratas. La gente abraza el pánico y los lazos sociales más elementales se disuelven en poco tiempo. Como toda película de catástrofe, Virus pivotea entre grupos de personajes emplazados en diferentes espacios de la historia: médicos, rescatistas, políticos, militares. La situación se vuelve incontenible, Virus muta rápidamente en otra cosa y deviene un monstruo inclasificable: los protagonistas son conducidos a un campo de contagiados donde rige una cuarentena militarizada, y allí no tardan en descubrir que el gobierno está incinerando montañas de cadáveres infectados y de enfermos todavía agonizantes. Es como si el cine catástrofe se cruzara con una película sobre campos de concentración: la histeria masiva frente a la debacle general cede ante el cuadro de un exterminio colectivo. Superada la visión de un purgatorio terrenal, sigue un desenlace en el que los contagiados se levantan contra la opresión gubernamental y se enfrentan desarmados al arsenal de las fuerzas armadas coreanas. Del exterminio pasamos a la rebelión, del drama humano a los gestos de desobediencia, de la indefensión al heroísmo, etc.

Lo que hay de fondo es algo así como una melodramatización del género: el relato pasa a estar minado de revelaciones y grandes confrontaciones, todo se vuelve signo de un peligro inminente, la situación empeora sin un límite a la vista y la música y las imágenes aportan dosis necesarias de desborde. El exceso generalizado informa además a los personajes, todos visiblemente estereotipados: el rescatista ve a una persona en peligro y se lanza a socorrerla sin importar la situación; el presidente lucha con abnegación contra la influencia foránea en su gabinete (solo le falta ser piloto de avión como Bill Pulman en El día de la independencia); el enviado de la CIA pone cara siniestra y disfruta ordenar el bombardeo aéreo sobre la marcha de los infectados; el chico que sobrevive al contenedor, y que podría ser clave para desarrollar una vacuna, posee todos los rasgos de un emisario divino enviado a ayudar a la humanidad (hasta tiene un par de escenas que hacen acordar al ET en cautiverio y a punto de ser estudiado). 

En suma: lo que hay es un gusto por el cine y su historia, confianza en que el espectador comprende ese pacto lúdico y se entrega a él sin prejuicios impertinentes, sin buscar el detalle verídico ni esperar el comentario realista. Película que no predice ni advierte ni informa, que deja esas cosas a los noticieros y prefiere, en cambio, jugar con la destrucción total.

© Diego Maté, 2020 | @diegomateyo

Permitida su reproducción total o parcial, citando la fuente.

 

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