05.01.22
Cine _ Estrenos

Crítica: Beckett (Netflix), por Diego Maté

 

Hace varias décadas nos llegaban noticias del cine de segunda o tercera línea de Europa. La calidad de las películas podía ser dispar, pero la mayoría exhibía competencias elementales en el terreno de los géneros; la excepción eran, en todo caso, las películas de autor, donde ocasionalmente el estilo dominaba por sobre las convenciones. Hoy ese nivel de producción medio se transformó o ya no existe, y las películas (al menos las que nos llegan) están aquejadas, como Beckett, de un mal doble: ya no cuentan con el pulso ni las los saberes para filmar como antes los géneros fuertes y, a su vez, tratan de introducir a la fuerza alguna forma de quiebre, de desvío que genere el efecto de singularidad, de sorpresa estética.

La historia de Beckett es la misma que perfeccionó y popularizó Hitchcock, la del hombre común en una situación extraordinaria que sin buscarlo, incluso sin saberlo, pasa a integrar una trama con poderes que lo exceden. El protagonista y su novia están de vacaciones en Grecia, todo parece ir bien, y un día, manejando de noche, Beckett se duerme al volante. La novia muere en el accidente y, desde el auto volcado, el protagonista asegura haber visto a una mujer y un chico. Cuando declara en la comisaría del lugar, la revelación de ese dato lo transforma en el acto en la presa de unos asesinos confabulados con el comisario.

El director Ferdinando Cito Filomarino, al que no conocemos (es sobrino nieto de Visconti, pero dice preferir el cine De Palma al de su tío), tiene un arsenal de recursos para tramar un thriller poderoso: el motivo del stranger in a strange land, el obstáculo del idioma, el oficio del protagonista (es escritor, aunque apenas se lo menciona una o dos veces). Pero ya en las primeras escenas se nota la falta total de destrezas para filmar, ya no digamos el peligro o la acción, sino una relación de pareja o un paseo cualquiera. Eso se debe en buena medida a que Beckett se presenta un poco estruendosamente como una película cool, chill, cold play, suave. Filomarino presume de una puesta en escena desapasionada y distante, que renuncia voluntariamente a filmar o interesarse siquiera por las emociones fuertes. Cuando se inicia la persecución, el director, testarudo, insiste con esa mirada glacial; el resultado es un hilo de peripecias donde todas se sienten más o menos igual, sea un escape a través de las montañas o un forcejeo en un tren. 

No parece casual que haya elegido a John David Washington como protagonista. La actuación gélida y sustractiva de Washington iba perfectamente con una película cerebral como Tenet, más interesadas en la complejidad lógica de los puzzles que en el acto de contar una historia. En Beckett en cambio el hombre debe comunicar una gran variedad de estados límite como el terror, la extenuación o la ira, un repertorio afectivo que Washington no parece que pudiera manejar. Es que, en un momento, a Filomarino, sin abandonar el cool, se le da por llevar el thriller hacia una especie de naturalismo y todo converge hacia ese efecto: casi no hay música (en las persecuciones solo se escuchan los disparos); las heridas de bala, hasta las menos graves, incapacitan fatalmente a la víctima; la huída desgasta notablemente a Beckett y, en consecuencia, el protagonista se quiebra, se paraliza, sufre ataques de pánico, llora a escondidas. Esta revisión realista del thriller es un gimmick de poca monta que además se da de bruces con el tono despojado y frío que le gusta al director: imposible filmar el miedo o la desazón desde esa distancia. 

En una escena, nuestro héroe escapa sorteando balas a través de una montaña hasta llegar al pricipicio y descubrirse atrapado. La escena recuerda inmediatamente a una muy parecida de El fugitivo. Filomarino que sabe perfectamente que recordamos la proeza de esa escena y, entonces, toma otro camino: Beckett salta con dificultad a un nivel inferior de la montaña amortiguando la caída con un árbol y lesionándose. La pequeñez del momento se va toda en el gesto del director, que necesita comunicar abiertamente que su película no es El fugitivo, que acá las cosas suceden de verdad, que no es creíble que un hombre salte a una cascada y que el cuerpo se lastima, la huida cansa y las balas hieren. 

Nuestra pérdida, al final del día, es total: tenemos que tolerar las veleidades estilísticas del Filomarino sin acceder al menos a una cuota mínima de los disfrutes prometidos por el género.

 

 

© Diego Maté, 2022 | @diegomateyo

Permitida su reproducción total o parcial, citando la fuente.

(Italia, Brasil, 2021)

Dirección: Ferdinando Cito Filomarino. Guion: Kevin A. Rice. Elenco: John David Washington, Boyd Hoolbrook, Vivky Krieps. Producción: Luca Guadagnino, Emanuela Matranga, Francesco Melzi d’Eril, Marco Morabito, Gabriele Moratti. Duración: 110 minutos.

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