21.11.20
Cine _ Estrenos

Crítica: El cuaderno de Tomy (Netflix), por Horacio Bernades

La filmografía de Carlos Sorín es, para decir lo menos, desconcertante. Empatiza y a la vez hace implotar el mesianismo artístico en La película del rey (1986) y continúa esa línea en Eversmile New Jersey (1989). Ésta, coproducción con Gran Bretaña que contó con Daniel Day-Lewis en el protagónico, representa una catástrofe semejante a la que el protagonista de la anterior sufría durante el rodaje, por lo cual el propio Sorín decide no estrenarla en Argentina. El fracaso sufrido mueve al realizador a refugiarse en el purgatorio del cine publicitario. En el medio filma para la televisión La era del ñandú (1986), falso documental satírico escrito por Alan Pauls, que sigue siendo posiblemente su mejor película (o telefilm). Más de una década después del paso al costado vuelve al cine en 2002, totalmente cambiado, con Historias mínimas (2009). El opus más exitoso y “popular” de Sorín representaba un intento de mimetización con el minimalismo del Nuevo Cine Argentino que se imponía por aquellos años (Rejtman, Trapero, Alonso). Pero no del todo: filma un poco con actores no profesionales y otros “pro”, algunos episodios que aspiran a registrar “lo real” y otros volcados a la más llana comedia costumbrista. Todo en su patria adoptiva, la Patagonia más desértica y despoblada. 

El éxito restallante de Historias mínimas lo anima a proseguir en la misma línea con El perro (2004), superior a la anterior en la medida en que suprime el costumbrismo televisivo y abraza con más decisión la ficción documentalista, a la vera de otra celebridad de la época, Abbas Kiarostami. En El camino de San Diego (2006) se monta a un populismo de ocasión (eran tiempos de kirchnerismo), alrededor del culto semirreligioso a Maradona. Tras haber declarado -en el pico del éxito internacional de su trilogía minimalista a medias- que nunca más volvería a filmar con actores profesionales, tras el desgaste del método evidenciado en la última de ellas invierte lo dicho y presenta La ventana (2008), donde vira hacia un modelo más clásico: ficción asumida, actores profesionales, guion académico, narración en tres actos. Después de eso -y ya embarcado en fórmulas decididamente mainstream– sobrevienen, en sucesión, el jueguito policial inane de El gato desaparece (2011) y el drama familiar sin firma de autor Días de pesca (2012). Levanta la mira en Joel (2018), algo así como una relectura, otra vez patagónica y contemporánea, del mito del niño salvaje. Producida por la familia Bossi y distribuida por Netflix, El cuaderno de Tomy lo muestra regresando al lucrativo oportunismo de su larga etapa publicitaria, disfrazado ahora de melodrama cancerígeno.

Como más o menos se sabe, la nueva película de Sorín es una traslación cinematográfica de un hilo de twits producido cinco años atrás por una señora María Vázquez, diagnosticada de cáncer terminal. Hilo que luego derivó en un best seller llamado El cuaderno de Nippur, publicado post mortem. Best seller: tómese nota de esto. Post mortem: tómese en cuenta esto otro. El opus 11 de Sorín se centra en los últimos días de vida de María, que para sus tweets adopta el nombre artístico de Marie (Valeria Bertuccelli, con siete kilos de menos, cabeza rapada, maquillaje de gruesas ojeras y palidez cadavérica). Desde un primer momento María sabe, y su médico de cabecera (Mauricio Dayub) se lo confirma crudamente, que después de su infructuoso vaciamiento de útero no queda nada por hacer. Sin remilgos, María conviene con el facultativo poner término a su vida mediante una sedación terminal, eufemismo para eutanasia (la época, como se sabe, abunda en eufemismos). El espectador sabe entonces de entrada que se trata del paso previo al final, que la protagonista atraviesa en compañía de su marido Sebastián (Esteban Lamothe) y el pequeño Tomy en cuestión, de cinco años (Julián Sorín).

Este conocimiento del espectador condiciona, como es obvio, la recepción de la película entera, que apunta a una empatía compungida con la protagonista y sus seres queridos. Podía haberse elegido narrar el curso de la enfermedad en tiempo presente, lo cual habría permitido acompañar a la heroína en su lucha contra el cáncer, como sucedía por ejemplo en la ejemplar Un milagro para Lorenzo (Lorenzo’s Oil, George Miller, 1992). Se opta por la instancia de lo irremediable. Resultado: un mar de lágrimas a punto de convertirse en tsunami, una resurrección del tearjerker estadounidense sin ingenuidad o puesta en escena que lo rediman. Hay una coartada que apunta a refutar esta certeza: el humor negro y sumamente ácido de la enferma, que pone freno a todo intento de compasión por parte de sus allegados y sube la apuesta, bromeando sobre lo indefectible de su situación. Se supone que esto llevaría a un elogio de la resiliencia, la capacidad de superar la fatalidad con humor y hasta elegancia, etcétera. Pero es solo eso: una coartada. En momentos puntuales María (o Marie) se quiebra y deja asomar alguna lagrimita o temblor de labios, cuestión de que el espectador (y sobre todo espectadora) no se olvide de que en unos días va a morir, gracias a una oportuna inyección de potasio en las venas.

Todo (o lo poco) que el guion del propio Sorín hace para presuntamente poner paños fríos al programa de emocionalidad flagrante que El cuaderno de Tomy presenta como carta brava, el susodicho cuaderno se ocupa prolijamente de reconvertir en aquello que supuestamente quiere negarse. Poniéndolo en claro: “Marie” legará a Tomy un cuaderno (una situación semejante animaba a Mi vida sin mí, 2003, de la catalana Isabel Coixet) en el que le deja algunas “enseñanzas de vida” escritas al borde de la tumba, junto con internalizaciones aleccionadoras. Lo que los estadounidense llaman inspiring. Este carácter da, tanto al libro original de la moribunda como a la película misma, su estatus de libro, y película, de autoayuda. De allí el éxito, semejante al que podían tener hasta ayer nomás autores como Jorge Bucay, sucedido hoy por Gabriel Rolón. Las instrucciones de vida que la madre deja al hijo concluyen en mandamientos lisos y llanos: “Sé tal cosa, no te dejes vencer por tal otra, tené en cuenta lo de más allá”. Flor de mochila para el pibe. A la vez, y dirigida ahora no al niño sino al espectador, se cuela entre las páginas del cuaderno, la lacrimonegería que libro y película pretenden refutar con chistes superadores. 

Peor todavía, la película de Sorín, que quiere disfrazarse de cruda y honesta, muestra la hilacha de la comercialidad, la apelación al más vulgar sentido común, en dos o tres elecciones de guion francamente escandalosas. Créase o no, las amigas de María (un malón de nombres o rostros de probada atracción mediática, cuestión de sumar espectadores por ese lado: Malena Pichot, Paola Barrientos, Mónica Antonópulos, Anita Pauls, Romina Ricchi, Catarina Spinetta, Carla Quevedo, Diego Gentile, que se presenta como “amiga” y la solitaria Ana Katz) festejan la aparición de ella en televisión (¡en el programa de Vero Lozano y Leo Montero, que la reportean “en vivo”!), del mismo modo en que una mamá de cerebro quemado se emociona con el saludo del nene a cámara, por el solo hecho de haber “salido en la tele, junto a los famosos”. Y peor de los peores, la emoción de Pichot & Cía se eleva a la enésima potencia cuando se enteran de que las declaraciones de su amiga en Telefé están teniendo miles de retuits. En otras palabras, no lloran porque la enferma esté por pasar a mejor vida, sino porque se hizo famosa de la noche a la mañana. Lo cual les permite sentirse un poquito famosas también. Mientras tanto las ojeras de Bertuccelli crecen en la cama, a un par de metros de distancia de sus cholulas amigas.

Esta rendición de sus criaturas ante la estupidización televisiva y tuitera no es otra cosa que un acto fallido, que denuncia qué es El cuaderno de Tomy en realidad: el intento de duplicar el rédito de un best seller de autoayuda. No termina allí la desvergonzada especulación comercial de este remedo de producto de la factoría Pol-ka en sus peores expresiones (El día que me amen, pongamos). Tan desentendidos del cáncer que explotan como las entusiastas amigas de Marie, los chivos saltan como conejos de la galera de un mago: se menciona con nombre y apellido a Clarín, se muestran los facsímiles de las notas publicadas en el diario de Magnetto sobre el “suceso” de la enferma (cuestión de hacer lucrativa la posible remembranza de espectadores esclavos de los medios), se pone bien a la vista el nombre del centro de salud en el que la histerectomizada María terminará sus días. Peor de los peores de los peores, Esteban graba un videíto para el meneado Tomy, en el que se jacta (“tu papá es un genio”) de haberle conseguido a mamá internación en una clínica “megarrequetecontraultraarchi VIP”, mostrándole enseguida al desentendido niño que el lavatorio del baño de la habitación es de mármol. Nunca tan crudamente mostrado, en El cuaderno de Tomy el mediopelo argentino festeja la cultura de la celebridad y el acceso a un paraíso berreta (la habitación del sanatorio combina lámparas que no pegan entre sí, maderas y plástico, cuadros de stock, sillas y sillones que no hacen juego) mientras una de sus representantes se muere.

A propósito de Pol-Ka, en términos estilísticos El cuaderno de Tomy parece filmada por su amanuense predilecto, Marcos Carnevale: luz a giorno (el dotado Julián Apezteguía no puede hacer otra cosa), feísmo involuntario, voices over que recitan fuera de campo los textos que la cámara muestra al mismo tiempo en plano detalle, planos a la marchanta, actuaciones libradas al sálvese quien pueda. En verdad, hablar de actuaciones, en el caso de Pichot & amigas es pretender milagros, con sólo dos o tres planos per capita y ningún personaje para construir (salvo el de Pichot, que está definida como obse y esto es todo). Tampoco son personajes Marie, Sebastián y Tomy, claro: todo lo que se espera de ellos es que inviten a la misericordia ajena (Marie), estén de relleno (a fuerza de sobriedad, Lamothe es el único elemento que no desentona en este bazar de chucherías) o pongan ese toquecito de picardía que solo los niños de las películas malas saben dar (el pobre Julián Sorín).

El cuaderno de Tomy es, desde ya, la peor película argentina del año, una de las que más vergüenza ajena genera sin distinción de nacionalidades y el punto más bajo de una carrera que, hoy más que nunca, parece empeñada en arruinarse a sí misma. Su seguro éxito no preanuncia nada bueno para el realizador.

© Horacio Bernades, 2020 | @horaciobernades

Permitida su reproducción total o parcial, citando la fuente.

(Argentina, 2020)

Guion y dirección  Carlos Sorín. Elenco: Valeria Bertuccelli, Esteban Lamothe, Julián Sorín, Mauricio Dayub, Malena Pichot, Paola Barrientos, Mónica Antonópulos, Anita Pauls, Romina Ricchi, Ana Katz, Claudio Gentile. Fotografía: Julián Apezteguía. Producción: Agustín Bossi, Pablo Bossi, Pol Bossi, Juan Pablo Buscarini. Duración: 84 minutos.

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3 respuestas a “Crítica: El cuaderno de Tomy (Netflix), por Horacio Bernades”

  1. amadeo dice:

    ¿pero te gustó o no?

  2. Lolita dice:

    Encontré mi media naranja crítica, ya me siento mejor, amo el cine argentino, lo defiendo como madre enceguecida, pero con esta no puedo, alevosa, pandemica de superficialidades agazapada en un tema super jugoso y difícil de abordar, pero tú lo haz dicho, le faltó entrega, y transo se teanso con la deco, con la prepaga, con la mediatización, con el reparto que lejos pudo haberse hecho de cada escena una película, muy a las apuradas, muy por encima, diría que es una película cruda, porque le faltó cocción, aún así aguante el cine argentino carajo!!!

  3. Daniel López dice:

    Felicitaciones Horacio, había que animársele a un blockbuster con tanto “prestigio”.

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